LO ABSORDO

ADÈLE ROSENFELD

Era el edificio Castaigne, yo había oído Castagne. Los golpes sordos que percibía en la oreja marcaban el compás de mi pulso. Era el miedo.  Antes de cruzar la puerta vaivén como en los viejos westerns —salvo que aquí todo olía a plástico — estaba ese cartelito que decía “Otorrinolaringología (ORL) y cirugía cervicofacial, servicio de implantología”.  Me paré delante del cartel un momento, con la sensación desagradable de estar en un servicio de cirugía plástica de segunda. Solo otorrinolaringología me resultaba familiar. De chica, la consideraba una subcategoría  del estudio de los rinocerontes. Ahora, de adulta, me sonaba  más bien a  Orlan y sus implantes.

El corredor era oscuro, los asientos estaban todos ocupados. Me ubiqué bien en la punta, al lado de una mesa cubierta de publicaciones especializadas en sordera.  Hojeé una, y caí en la página de los testimonios sobre el aislamiento laboral; alzaba la mirada en cada línea para no perder  mi turno. Al levantar la cabeza por enésima vez comprobé que una vieja en silla de ruedas se había plantado delante de mí, justo frente a la revista Treinta millones de sordos.  Yo estaba leyendo una frase recuadrada en la tapa: “También el lenguaje puede ser tranquilizador, dar seguridad incluso: creemos aliviar la dureza de las palabras complicándolas. Sordos, ciegos, viejos, enfermos mentales, nos avergonzamos de hablar de ellos: de no oyentes a pacientes especiales, pasando por los no videntes y los de la tercera edad, vamos a terminar por referirnos a las personas muertas como a no-vivos.”  Cuando caí en la cuenta de que la vieja, o la señora mayor, o la persona de edad, ya no sabía cómo llamarla, me gritaba su testimonio con voz cascada, intenté un: “Mire, señora, seguramente soy tan sorda como usted”, pero no entendió y siguió con su monólogo ronco.

Un hombre joven de porte atlético acabó con el diálogo distorsionado: “Su turno”. Lo seguí hasta la cabina acolchada, cerró la puerta detrás de mí. Observé la enorme manija cromada y no pude evitar asociarla a los frigoríficos de los carniceros. Aquí se faenaba el sonido, en tajadas, meticulosamente. Colocó el casco sobre mis orejas, con delicadeza, como si fueran electrodos sobre la cabeza de una gallina y me entregó un joystick. Me llegaron los primeros sonidos, no todos, algunos pulsaban contra mi tímpano. La furia me ahogaba cada vez que sabía que el sonido estaba allí pero me estaba negado y debía esperar pacientemente a que dejara de golpetear sin decir nada. Intentaba adivinar cuándo el volumen aumentaba en la cara del que hacía el audiograma. Trataba de establecer una correlación entre el temblor de sus pómulos y los agudos que rasgaban el silencio. Era más fuerte que yo, la implementación de una estrategia de mentira.

Después vino el turno de las palabras. Tenía que repetir la lista como un loro herido. Era absurdo, muchas veces, y había que luchar contra la imaginación filtrándose por los intersticios.

 

“cabello,

limón,

roca,

soldado,

muguet,

botón,

vidriero,

vestido,

pelvis .”

 

La voz grave desgranaba las palabras que se atenuaban de a poco hasta perderse en la bruma. Había que perseguirlas en la penumbra y combatir los paisajes que se dibujaban, como refugios contra los agujeros de obús del lenguaje. Prefería ir hacia las imágenes creadas por la lista que oía. Aquí, era un universo anticuado de posguerra, la historia de un marido que regresaba a su tierra, regresaba de entre los muertos, redescubría la materialidad de un mundo olvidado. Estaba allí, nombrando las cosas con una voz monocorde, para recuperar la existencia que había sido suya. Dijo “cabello” y su mirada se perdió en los cabellos de su mujer que sollozaba en silencio, después su mirada se volcó en el cesto de la fruta, dijo “limón”, después levantó la mirada hacia la ventana  desde donde se ve la costa acantilada de Bretaña que nombró con su boca: “roca”. Y recordó de dónde venía: “soldado”, y todas las estaciones que atravesó siendo soldado. Dijo “muguet” mirando ese trozo de primavera que se balanceaba entre ella y él, y que acabó por destrozar su pecho. Bajó la mirada para esconder sus ojos empañados y pronunció “botón”, su uniforme lo devolvió a los demás soldados. Sus labios agitaron “vidriero”, bajo sus ojos, estaba muerto, sus labios siguieron murmurando eso que su mujer no oyó, “vestido” —el vidriero llevaba siempre con él un trozo del vestido ajustado de una mujer a la que amaba—, el soldado no pudo contener la sonrisa que lo atravesaba, hasta que pronunció “pelvis”, lo suficientemente fuerte como para que se sobresaltara su mujer y, asustada, lo mirara recordar la pelvis del otro soldado destrozada por un disparo de artillería.

“Ahora nos toca la izquierda”, me dijo el audiometrista refiriéndose a mi oído izquierdo. La historia del soldado resonaba en mi oído sordo. Los sonidos que golpeaban mi tímpano muerto eran la banda sonora de los recuerdos del soldado.

Me acomodé otra vez en los asientos delanteros del consultorio para comprobar los daños en el audiograma. Observé atentamente la curva cóncava en el papelito cuadriculado con abscisas y ordenadas para cuantificar  el sonido. Parecía una vista aérea de la playa del Desembarco: la marea de silencio había cubierto más de la mitad de la página.

Traducción de María Elena Spina.

Adèle Rosenfeld (Paris, 1986). Ha trabajado en el mundo editorial durante diez años. Paralelamente a su actividad, desarrolla proyectos de escritura diversa. En 2016, colabora con una artista visual en la temática de la obra L’Eau et les Rêves de Gaston Bachelard. Luego  se incorpora en  el género cuento con un tono ácido y onírico a la vez, inspirándose en sus libros de cabecera, Les Saisons de Maurice Pons y Ficciones de Borges. En 2018, ingresa en el Master de création littéraire de la Universidad de París-8, donde desarrolla un proyecto de novela en torno a un personaje sumergido en el silencio. 

María Elena Spina (Buenos Aires, 1957). Física de formación y escritora tardía: con el correr del tiempo, las fórmulas fueron dejando lugar a las palabras. Desde hace diez años asiste a talleres de narrativa. Escribe cuentos. Algunos de ellos fueron publicados en antologías y blogs. Actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa en la UNTREF. El francés es su segunda lengua, casi materna.