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Estoy en el metro, justo en el espacio antes de los torniquetes. Como aún no me he rendido al uso del smartphone, consulto un mapa completamente desplegado ante mí. Me concentro en la letra pequeña con la que figura el nombre de la calle a la que me dirijo, no presto atención al movimiento de pasajeros que entran o salen de la estación, no hay mucha gente, es por la tarde, no me encuentro en un lugar que me parezca peligroso ni me hallo en estado de vigilancia.

 

En un momento dado, siento un contacto en mi nalga derecha. Bien marcado. Un apriete nada furtivo. No es un accidente.

 

Necesito varios segundos para darme cuenta de lo que acaba de ocurrir. Dos tipos se alejan, están por pasar los torniquetes. Uno de ellos se da vuelta. Varios segundos más para entender que (una vez más) un hombre acaba de considerar el cuerpo de mujer que habito como si estuviera a su disposición. Varios segundos más para reaccionar. El que acaba de darse vuelta lo hace de nuevo. Es él. Sé que es él. Lo lleva escrito en los ojos. Corro. Lo alcanzo antes de que pase del otro lado. Lo agarro por el hombro. Es muy petiso y lo zamarreo con todas mis fuerzas, a los gritos, supongo que tengo ganas de pegarle pero esto lo advierto solo después, porque en el momento ni lo pienso —nunca me lo enseñaron, no fui condicionada para hacerlo: me limito a zamarrearlo. Nadie nunca me enseñó a defenderme, a entrever esta cosa elemental y necesaria como una posibilidad. Sin embargo, hace mucho, lo sabía, por instinto y por los libros. Pero lo desaprendí.

 

Ya no sé lo que le estoy diciendo. Sé que grito. O que trato de hacerlo. Tengo la impresión de que le grito, pero todo es difuso, siempre todo es difuso en estos casos, mi rabia es lo único de lo que estoy segura. Sigo zamarreándolo por el hombro, no se me ocurre otra cosa. Luego, impotente, lo suelto. Lo dejo ir.

 

Lo zamarreé por el hombro y tuve la impresión de haberle gritado, pero no fue suficiente.

 

¿Por qué no lo golpeé? ¿Por qué no tuve el reflejo de golpearlo? ¿Por qué, a los diecisiete años, cuando unos tipos se permitían cosas que me parecían inaceptables, les pegaba y no tenía miedo, y ahora he perdido eso?

 

¿Por qué, a los diecisiete, frente a aquel tipo que, al verme esperar detrás suyo para orinar en el baño de un bar, abrió la puerta para pajearse delante de la adolescente que era entonces, por qué, hace quince años, frente a ese tipo, después de haber orinado a mi vez, había vuelto al bar y me había tirado encima suyo para pegarle una cachetada, a pesar de la cabeza que me llevaba y de su corpulencia de gigante?

 

Le conté la historia del metro a mi hermanito. Me dijo que la violencia no resolvía nada.

 

Le conté esta misma historia al hombre con el que salía en ese momento. Quiso mostrarse generoso y comprensivo, y me contó una historia vivida por él como una agresión. Esta se resumía a que su jefe, un día, lo había agarrado por las caderas en la oficina. Pasados los cuarenta, esa era la peor intrusión corporal que había conocido en toda su vida, y creía sinceramente, al contármelo, que nuestras experiencias eran comparables. Tenía dos hijas, se suponía que estas problemáticas le concernían directamente, y mientras él hablaba yo pensaba en esas frases de Margaret Atwood que resumen la incomprensión total entre las partes: los hombres tienen miedo de que las mujeres se burlen de ellos, las mujeres tienen miedo de que los hombres las maten. Y yo me daba cuenta de su grado de ignorancia, pese a su buena voluntad, así como de lo poco que servían mis conocimientos en la materia para lograr que me oyera, y también me preguntaba si estas cosas solo se aprenden de manera empírica, si es necesario ser atravesados por ellas para poder comprender toda la dimensión de su violencia. La violencia de habitar un cuerpo que determinada cantidad de miembros de la mitad de la humanidad piensan que pueden disponer de él a su antojo.

 

Tengo una amiga a la que un día, mientras volvía de la secundaria, un tipo que pasaba por ahí la reventó a trompadas. Así, porque sí. Solo porque era una chica muy joven en una calle aislada, un cuerpo en movimiento al que humillar y violentar. En la temporada 3 de Transparent, el personaje de Sarah está en búsqueda de nuevas experiencias sexuales. La dominación practicada por mujeres le interesa, pero se lleva un chasco. En resumen, lo que le responden es que para eso no hay mercado. ¿Por qué?, pregunta. No hay dominadoras para las mujeres, porque a estas ya las tratan como a una mierda todos los días, gratis. A las mujeres las insultan, las injurian, las humillan, las agreden, las maltratan, las violentan de manera cotidiana. No hace falta la puesta en escena.

 

Entre los 16 y los 22 me comporté, actué, funcioné, pensé, sin tomar en cuenta jamás el hecho de que era una chica. Me negaba a limitarme, a circular y actuar de manera distinta por ese simple hecho. Haciendo un balance, nunca fui violada ni gravemente violentada, pero viví cierta cantidad de situaciones límites que podrían haber terminado mal.

 

Hoy tengo 32 años y, como en la novela de Alison Lurie[1], me encuentro habitando cada vez más un mundo de mujeres. Ya no voy a consultar a un ginecólogo hombre. La última vez que fui a lo del oftalmólogo, este puso los dedos sobre mi mejilla para guiar mi cara hacia el cabezal y tuve un sobresalto —sentí que retrocedía hacia el fondo del asiento, que me arrinconaba lo más posible. Nunca pensé convertirme en la clase de mujer que desconfía del género masculino, y sin embargo he aquí esta constatación tan simple, tan evidente: hoy compruebo que evito cada vez más la compañía de los hombres. Aparte de mis amigos cercanos, reduzco al máximo mis interacciones con estos. Con los años, me volví desconfiada y me atrincheré, a veces de manera errónea. No digo que sea deseable, es simplemente una constatación. Cuando salgo, me observo a mí misma desarrollando mil estrategias alienantes de protección y de prevención que conocen las mujeres para su autodefensa cotidiana, teniendo siempre en mente la posibilidad de una agresión —no hablo siquiera de insultos, porque el insulto es algo cotidiano.

 

Lo que cambió en mí en los últimos quince años no es "el conocimiento duramente adquirido del dolor", como lo escribe Julia Kerninon en su último libro[2], sino el conocimiento duramente adquirido del peligro.

 

Hoy sé que me pueden matar, ahí está toda la diferencia.

 

Necesito volver a aprender a defenderme, porque si mi libertad consiste en no ser importunada, todavía estamos muy lejos de lograrlo.

 

Es necesario cambiar la educación de los niños, de los varoncitos. 

 

Es necesario que los hombres —no todos, algunos entienden— dejen de echar la cabeza hacia atrás en un gran gesto teatral, o de alzar los brazos o los hombros como si nosotras exageráramos, y de actuar como si todo esto no fuera tan grave. 

[1] La verdad sobre Lorin Jones, Tusquets Editores.

[2] Ma dévotion, Ed. du Rouergue.

UN TEXTO DE

TRADUCCIÓN DE