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En la lengua de los habitantes de Oak Canyon no existe la palabra tiempo, como así tampoco formas gramaticales, construcciones, expresiones o partículas para referirse a la temporalidad. Sus verbos, siete veces más numerosos que en cualquier otra lengua, ignoran por completo la expresión del pasado, del futuro, del presente, como así también la duración, el cambio, la repetición, el principio o el final. Ahí donde la mayoría de las lenguas se contentan, para expresar lo que sucede ahora, antes o después, con declinar un solo y escuálido verbo —o en su defecto, la compañía paternalista/patriarcado de un verbo auxiliar—, la lengua oakcañonense propone, por lo menos, tres verbos diferentes. El pasado, el presente y el futuro son acciones distintas y no una misma acción suspendida a un presente que se deshilacha, sin cesar, patéticamente, entre pasado y  futuro.

La forma que adopta el mundo es la forma /murmurada/estornudada por el lenguaje. ¡Qué alivio ha de ser vivir en un mundo sin tiempo! Los habitantes de Oak Canyon desconocen el engorroso problema de definir algo que, cuando no me lo preguntan, sé lo que es, pero cuando me lo preguntan, dejo de saberlo. Tampoco se dejan tiranizar por un déspota tan caprichoso como ese fue ya no es, ese ahora que dejó de ser, ese será que aún no es y que cesará de ser, ni bien sea.

Pueblo sin historia ni porvenir, y no por ello menos feliz, los oakcañonenses ignoran por completo lo que significa llegar tarde a una cita, olvidarse de un cumpleaños, perder la lozanía de la juventud, esperar con impaciencia a que termine el invierno. No distinguen el anciano del adulto, ni el adulto del niño. Recuerdos y olvidos, pronósticos y profecías les son extraños. Viven por vivir y no pensando, o negando, todo el tiempo, lúgubremente, que van a morir.

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Para los pobladores de Tangerine Road, el mundo es una totalidad y resulta aberrante concebir las cosas, como hacemos nosotros, separando, por ejemplo, colores, puntos cardinales, animales, plantas, dioses, estados meteorológicos, virtudes y vicios de los hombres. Las cosas forman bloques y los bloques forman un mundo compacto, donde todo está ligado, como por un tendón.

Si le preguntamos a uno de estos nativos de qué color es aquel pájaro negro que está ahí, cantando en ese árbol, señalando con el índice un estornino posando en las ramas de una encina, nos mirará perplejo y al cabo de un tiempo de reflexión, dirá, no muy seguro de sí mismo: qua-ta-ha, palabra que no podemos traducir simplemente por negro, sino también ladronzuelo de cerezas, lienzo laboriosamente urdido por las diosas, torbellino de polvo que viene del oeste, prudencia, tal vez, tu padre quiere verte antes de morir.

Y si le preguntamos de qué color es aquel otro pájaro negro que se encuentra graznando, allá, en aquel otro árbol, mostrando un cuervo encaramado entre las ramas de otra encina, nos dirá con la misma incertidumbre: wa-thi-hou, es decir, negro, pero a la vez, medusa emplumada, resina vomitada por los dioses, viento del norte, nigromante, infortunio, nunca más, a mí tampoco me gusta.

 

3

 

Honalala, la divinidad venerada por los naturales de Morgan Cliff, es un dios de buena voluntad, siempre predispuesto a ayudar a los hombres, pero bastante torpe, al que hay que hacerle continuamente ofrendas, a fin de que se abstenga de intervenir en el curso del mundo, puesto que, cuando actúa, hay que prepararse para lo peor. Los habitantes de Morgan Cliff le piden encarecidamente que no haga llover (puede llegar a provocar inundaciones). Que no haga crecer al maíz (es capaz de hacer crecer una selva espesa, poblada de serpientes). Que no haga fecundos a los esposos infértiles (las madres pueden llegar a parir fetos con piel de cactus).

 

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Cerca de Hat Mountain fue descubierto, no hace mucho, uno de los pueblos más atrasados, por no decir el más atrasado, que existe actualmente en nuestro planeta. Aislado del resto de la humanidad por desfiladeros infranqueables, ha conservado en un estado de pureza excepcional costumbres que desaparecieron de la faz de la tierra desde hace miles y miles de años. Los naturales de Hat Mountain son verdaderos fósiles vivientes de la infancia del hombre.

No conocen la propiedad privada ni la familia. No construyen casas ni chozas. No practican ni la pesca ni la caza ni la agricultura ni la domesticación de animales. Desconocen la religión, aun en sus formas más rudimentarias, como así también la alfarería o el arte. No saben fabricar arcos ni flechas, ni encender fuego o cocer alimentos.

Como en la prehistoria, los naturales de Hat Mountain viven en pandillas, gobernadas por un patriarca tiránico que goza de todas las hembras y expulsa a los machos más jóvenes, una vez alcanzada la edad de madurez sexual, a fin de evitar toda rivalidad o pendencia.

La tiranía del patriarca suele declinar por sí sola. Aquel monstruo implacable que goza de todas las mujeres, se convierte, con el paso del tiempo, en un viejito enclenque, harto gastado por los excesos cometidos durante su juventud, que apenas si puede dar un paseo matinal, con sus piernitas flacas y torcidas, apoyándose en un palo. (Los naturales de Hat Mountain desconocen lo que es un cayado o bastón, que corresponde a un estado más avanzado de la civilización, ni mucho menos las muletas o la silla de ruedas eléctrica con control remoto, invenciones que solo se encuentran entre los pueblos en la vanguardia del progreso).

El caso es que las damas de Hat Mountain acuden incesantemente a solicitar sus favores, en recuerdo de las hazañas de antaño, tan celebradas por mito, sagas y chismes. El venerable anciano les ruega encarecidamente que lo dejen tranquilo. Pero las damas vuelven a acometerlo con sus proposiciones, caricias y toqueteos. El pobre hombre las rechaza, amenazándolas con un puño cerrado, no sin vehemencia, esfuerzo que lo deja extenuado, durante horas.

Con la esperanza de atizar la lumbre del deseo, las más jóvenes le sirven, una vez al año, raíces afrodisíacas, que el geronte se pone a chupar, con sus encías desdentadas. Lamentablemente, una vez terminado el banquete, el viejo se echa a dormir, para gran decepción de estas vírgenes. En medio de la noche, cuando se despierta sobresaltado por algún sueño, consagra una chispa de su energía libidinal, no a la fornicación que podría hacerle estallar alguna arteria, sino al reprensible vicio que perdió a Onán.

 

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En Ocotillo Valley, las muchachas llaman a sus abuelas kambosa, es decir, la que me aburre soberanamente, o para decirlo de manera más exacta aunque vulgar: la que me…, exhibiendo con desparpajo una forma de insolencia hacia los ancestros, como así también un esbozo de movimiento de rebelión juvenil, bastante infrecuente, por cierto, en las sociedades primitivas.

 

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Después de la llegada del hombre blanco, los nativos de Rancho Vistoso han expulsado de su panteón a los dioses benévolos, quedándose nada más que con una escoria de divinidades maléficas: dioses de la venganza y la guerra, dioses de la ira y la crueldad. En su religión todo es rapto, violación, pillaje, maldición, exterminio, sacrificio sangriento, fin del mundo.

7

 

Cuando un forastero llega a los parajes de Foothills, los nativos dejan de hacer lo que estaban haciendo para darle la bienvenida, saludándolo con una graciosa reverencia. Le preguntan de dónde viene, cómo es su país, cómo van sus cosas, cómo está su familia. Le preparan un lugar mullido donde pueda sentarse, a la sombra de un árbol. Le traen de comer exquisitos manjares y bebidas preparadas con esmero.

Una vez terminado este ágape, llega un niño sosteniendo una hoja de palmera, cubierta de hormigas rojas, que apoya sobre el regazo del forastero. Si el extranjero rechaza este regalo, apartando la hoja o poniéndose de pie, los habitantes lo invitan a tomar asiento de nuevo. Mientras el forastero protesta, los hombres más fuertes de la tribu le atan los miembros. Si ofrece resistencia, lo amenazan de muerte. No le queda más remedio que dejar hacer.

Formando un círculo en torno del extranjero, los habitantes de Foothills observan a las hormigas caminando por la piel. Cuando una lo pica, haciéndole proferir un quejido, gritan también ¡ay!, gimoteando tu sufrimiento es nuestro sufrimiento. Cuando una se cae al suelo, la levantan con una palito y la vuelven a depositar sobre el brazo, la pierna o el cuello. Mientras el pobre hombre se retuerce de dolor, los habitantes lloran amargamente.

Al cabo de un tiempo, llega otro niño con una rama de ciprés, que sacude delicadamente sobre el cuerpo maltrecho del forastero, a fin de espantar a las hormigas. Los mismos hombres que lo ataron, lo desatan. Mientras las mujeres le untan ronchas y picaduras con un bálsamo reparador, el jefe supremo le da palmaditas en la espalda, diciendo con una voz quebrada por la emoción: ¡Hermano mío, mi casa es tu casa, mi padre es tu padre, mis hijos son tus hijos, mi mujer es tu mujer! Los rostros de los indígenas resplandecen de alegría.

El forastero ya puede ser considerado como un verdadero miembro de la tribu.

 

8

 

Para designarse a sí mismos, los habitantes de Tonapahwa eligieron una palabra totalmente impronunciable, para que nadie pudiera nombrarlos: hapolawhajicohalallala. Si dicha palabra era proferida (¡y por favor, que esto nunca suceda!), acaecerían sobre ellos las peores catástrofes: diluvios, terremotos, hambrunas, epidemias, invasiones de langostas, muerte súbita del ser más querido. 

Ocurrió lo que lamentablemente siempre ocurre en estos casos: un día, llegó un etnólogo que deseaba escribir una monografía sobre sus costumbres y se instaló, no muy lejos, en una tienda de campaña. Todas las mañanas venía a visitarlos para fastidiarlos con sus preguntas: ¿cómo llaman a la hermana de la madre? ¿Y el padre del hermano mayor de la esposa del tío de la madre? ¿A qué dioses veneran? ¿Alguna vez comieron carne humana? ¿Cuánto cuesta aquella máscara?

Como era de prever, ni bien se hubo enterado de que el nombre de este pueblo era tabú, se emperró en conocerlo. Como los habitantes de Tonapah se negaban a hablar del tema, desplegó todos los estratagemas posibles para penetrar el secreto.

Procuró ganarse la amistad de algunos hombres, ofreciéndoles cigarros y licores, y como no lo logró, intentó hacerse amigo de algunas mujeres, obsequiándoles espejos y peines de carey, y como lo único que suscitó fue desconfianza, pasó días enteros jugando con los niños, regalándoles golosinas, gorritos y palos de béisbol, y como no obtuvo la más mínima información, pretendió hacerse íntimo de una vieja desdentada, acusada de hechicería, que nadie frecuentaba y que se negó rotundamente a frecuentarlo. Bastante irritado, amenazó al chamán con denunciarlo ante las autoridades federales por práctica ilícita de la medicina. Fue aun peor. Hecho una furia, llegó a pedirle al general Mac Douglas, comandante de Fort Summer, que enviara tropas que obligaran a estos salvajes a colaborar con su investigación, brindándole, sin tantos misterios, una información que consideraba imprescindible para el conocimiento de la naturaleza humana.

Los nativos no se dejaron intimidar por todas estas maniobras y resistieron. El etnólogo abandonó Tonapah, dispuesto a vengarse. Para nombrarlos en su monografía, los bautizó con el nombre más breve y más insípido que llegó a imaginar: los indios X.

 

9

 

Los habitantes de Snowflakes adoran a un trío de dioses con serios problemas tímicos.

Kowa creó el mundo y al terminar su trabajo, la vida ociosa le dio tanta desazón, que terminó metiéndose en la cama, dispuesto a dejarse morir. Dado que es inmortal, no sucumbió, pero terminó sumiéndose en una melancolía eterna, cada vez más profunda, perdiendo peso de una manera alarmante, hasta transformarse en un dios piel y huesos, casi imperceptible.

A Owi, su esposa, no le fue mejor. Desde el episodio depresivo de Kowa, no deja de deambular por el inframundo, arrancándose los pelos, rasgando sus vestiduras, golpeándose la cabeza contra las paredes, no sin proferir alaridos que hacen temblar la tierra, abriendo grietas que se tragan árboles, chozas, hombres, coyotes. Por más que hayan pasado más de diez mil años, no ha logrado todavía hacer el duelo de esta pérdida, rehaciendo su vida sentimental, enamorándose de otro dios.

Por su lado, Wistha-hí, divinidad hermafrodita, por la mañana hermano y por la noche hermana de Kowa y de Owi, tiene graves problemas de autoestima. Kowa le pidió que lo ayudara a crear el mundo, ocupándose de poblarlo con plantas y animales. Wistha-hí obedeció, no sin fervor y entusiasmo. Pero, ni bien hubo terminado, se arrepintió profundamente de su obra, y, desde entonces, no deja de hacerse amargos reproches por haber dado existencia a un mundo tan defectuoso. Se odia por haber creado ciertos hongos venenosos que pueden recogerse en los valles, durante la estación de las lluvias y que provocan la muerte de quien los ingiere, en menos de una hora. Se detesta por haber llenado el mundo de animales dañinos, como el lobo, el escorpión o el hombre blanco. Considera que otro dios, en su lugar, hubiera sido mucho más profesional. A lo mejor tiene razón.

 

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Durante la Danza de los Frijoles, que tiene lugar en Hasuwawa, dos días antes del equinoccio de primavera, los miembros del clan del Antílope suelen salmodiar, no sin solemnidad, el canto de gracia por los primeros brotes que han germinado bajo la nieve. En medio de la ceremonia, en el momento menos pensado, irrumpen unos personajes muy particulares, que algunos etnólogos han llamado clowns.

Como los clowns, estos personajes se visten de manera estrafalaria. Aunque, a decir verdad, no están vestidos, sino desnudos y ni siquiera desnudos, sino pintados con rayas blancas y negras. Son grandes bromistas, expertos en chistes y burlas, por momentos de pésimo gusto. Les encanta torcer las palabras, invirtiendo sonidos o comiéndose sílabas, para transformarlas en insultos, obscenidades, blasfemias. Poseen un talento sin igual para ingerir un sapo sin masticarlo, caminar sobre carbones encendidos sin quemarse o sumergir el brazo en una olla con agua hirviente, quejándose por lo fría que está.

Mientras el jefe del clan del Antílope eleva una plegaria en honor a los dioses de la lluvia y las mujeres espolvorean la plaza con harina de maíz negro y los hombres ejecutan una danza vestidos con toda la parafernalia, estos bromistas se revuelcan en el barro, salpicando al público, sin la menor consideración, sobre todo si entre los espectadores se encuentra alguna muchacha o muchacho que atiza su lascivia. No vacilan en exhibir sus partes pudendas y, en algunas ocasiones, llegan a toquetearse, orinar o defecar a la vista de todos, para luego lamer su propia orina como un perro o ingerir sus propias heces como si se tratara de un manjar. El público ríe, pero con una risa que confina por momentos con el terror, el horror y la repulsión. 

En realidad, estos mal llamados clowns son intermediarios entre el mundo de arriba y el mundo de abajo. No buscan simplemente hacer reír, sino entregar los mensajes de los dioses a los hombres y encaminar los mensajes de los hombres hasta los dioses. Para facilitar esta comunicación, han de poner lo más alto en lo más bajo y lo más bajo en lo más alto. Transgreden lo que está estrictamente prohibido. Mezclan lo que está separado: la carcajada y el llanto, la alegría y el pánico, el excremento y la oblación. Recuerdan a los hombres que existe un orden sobrenatural que rige el universo, que no se puede controlar y al que, para ganar su simpatía, conviene someterse. 

UN TEXTO DE