UN CUENTO DE 

Padre e hija están en la cochera de su casa, frente a ellos se extiende una calle empedrada de barrio vacía de gente, algunas bicicletas montadas por adolescentes pasan cada tanto. O gente anciana, o coches destartalados con sombríos conductores. El sol ya empieza a esconderse impaciente en esta húmeda tarde de verano. La niña tiene poco más de tres años, el hombre no alcanza los veinticinco. Ambos son delgados, pelilargos. Sanos. Él moreno, ella rubia.

La niña escala con destreza la verja verde que da a la calle: con la mano izquierda se sujeta a una reja, el pie derecho presiona contra otra; el pie y la mano sueltos se agitan en el aire. Con este impulso la niña deja ver una firme y hermosa musculatura en pantorrillas y muslos. Como un mono agarrándose a ramas de árboles de una selva (la verja es verde), la niña queda suspendida unos segundos y acto seguido se desplaza de izquierda a derecha, de reja en reja, con movimientos precisos, sonriendo. Luego la niña suelta la verja, se desplaza por el aire una breve distancia y queda parada en el piso de la cochera. La niña sonríe orgullosa de su destreza y fuerza. Toda una acróbata.

Por un instante la niña mira a su pensativo padre, mientras este a su vez voltea la cara y queda mirando unos segundos la calle al otro lado de la verja. Pasa una señora con bolsas de plástico en las manos. La señora saluda con un ademán. El padre de la niña saluda a la señora con un gesto de la mano y la observa alejarse a paso apurado.

 

La niña dice:

—¿Qué me dijiste, papi?

—Que sos cada vez más fuerte, cada vez más grande, ¡cada vez más mono!

—¡Yo soy mona!

—Mona, amor…

La niña vuelve a darle la espalda al padre y acomete otra vez contra la verja.

—Ahora que tenés más de tres años tendría que contarte algunas cosas, amorcito. Estuve hablando con tu mamá. Ella me dijo que se quiere volver a casar. ¿Vos qué pensás?

—…

—¿No tenés miedo de caerte? Si se te resbala un pie, podés golpearte muy fuerte…

De nuevo la niña se suelta de la verja, se desplaza como una bailarina en el aire, apenas medio paso de distancia, y queda parada en el piso. De entre los sudados cabellos que le cubren la cara, emergen unos ojitos brillantes, muy azules, redondos.

—Vení acá upa conmigo…

La niña extiende los brazos, se deja alzar y recuesta la espalda y la cabeza contra la barriga del padre que se sienta en las escaleras que dan a la puerta de entrada de la casa.

—Amorcito, si tu mamá se casa, va a querer que vos vayas a vivir otra vez con ella, tiempo completo, ya no mitad y mitad como ahora. Su novio vive lejos de acá. En Encarnación. Ellos quieren vivir allí. 

—¿Dónde va a vivir mamá? ¿Con quién?

—Contigo. Ella va a vivir contigo…

El padre abraza delicadamente a la niña y empieza a hamacarla cadenciosamente. La niña se deja estar, recostada contra el padre como un bebé, y entrecierra los ojos.

—Está linda la noche hoy, amorcito, ¿verdad? Estoy un poco melancólico nomás yo. Feliz de estar con vos, tenerte upa. Siempre quiero estar contigo. ¿Vos sabés eso, verdad?

—Sí, papi…

—Ya vamos a darte un bañito. No podés dormir así sucia. ¡Estás toda sudada! Chancha. ¡Sos una mona-chancha!

—¡Mona-chancha!

El padre besa y mordisquea a la niña en el cuello, en los hombros, en la barriga. La niña ríe a carcajadas, se mueve como si estuviera convulsionando, pero no abre los ojos.

—Es un placer estar contigo. Soy más grande y más ancho que esta casa... ¿Vamos al bañito?

—¡Todavía no, papi! Esperá más…

El padre hamaca suavemente a la niña, apretándola contra su pecho como si de repente se fuera a escapar volando o fuera a quebrarse. El cuerpo del padre adopta la forma de un moisés donde la niña recorre el río formado por la humedad del atardecer, convertida ella en un bebé de meses, que apenas supiera balbucear unos pocos sonidos.

—Me gustan tus ojos, amorcito. Me gusta su brillo. Tus ojos son ojos puros, ojos que los padres ya no tenemos. Nuestros ojos siempre se están gastando... ¿Sabés lo que significa tener ojos que brillan?

—¡Decime otra vez mona chancha!

—Te voy a contar cómo son los ojos de una mona-chancha. ¿Querés?

—¡Sí!

—Los ojos de la mona-chancha son grandes, brillan, crecen y brillan más a cada rato. Si mirás mucho rato a una mona-chancha podés ver inflarse sus ojos como globos, como piñatas. Si le acariciás los ojos a la mona-chancha, se abren y te dan caramelos. ¿Te acordás cómo son las piñatas?

—Yo tuve piñata en mi cumpleaños. Hugo rompió la piñata porque yo no alcanzaba...

La niña empieza a reír muy fuerte porque el padre le hace cosquillas en el estómago.

—¿Si vos me acariciás mi ojo va a salir caramelo?

—¡Oh! ¡Claro! ¡Muchos caramelos! ¡Todas clases de caramelos! Y va a salir un caramelo del medio, el más importante, un caramelo amarillo, chiquitito, el más dulce de todos los caramelos. Y ese caramelo tiene un nombre. ¿Sabés cómo se llama el caramelo amarillo de la mona-chancha?

—¡No! ¡Decime!

—El caramelo amarillo se llama alma. Y el alma de una mona-chancha crece y crece cuando sale afuera. Llena todo lo que hay de dulce amarillo... ¡Vos me dejás todo de caramelo amarillo!

La niña se retuerce de risa por la intensidad de las cosquillas que le hace el padre.

—Yo ya no tengo eso, amor. Soy un desalmado.

—¿Qué es lo que no tenés?

—Caramelo amarillo. Alma. Se me perdió.

El rostro de la niña se ensombrece un instante, pero enseguida vuelve a iluminarse.

—Yo sé dónde está tu alma, papi...

El padre queda perplejo ante lo que acaba de decirle la niña. Sopla un viento fresco que le revuelve el pelo y el corazón le late con fuerza, cabalga en el viento de la tarde, como el creciente galope de un caballo que terminará desbocado. La niña lo mira, emite luz, él recibe como una inundación la mirada de la niña, y, acto seguido, siente como si empezara a internarse en una cueva oscura, un pozo oscuro, escalera abajo, escalera de mano abajo, dejándose resbalar por las barandas para caer y sumergirse aún más rápido. Durante la caída piensa en la pureza de los niños, que hablan, según dicen, como los animales, todavía no contaminados por el cinismo y la amargura, el lenguaje puro de las cosas puras, el lenguaje traído, como un ropaje que va deshaciéndose con los años, del proto-mundo. El idioma de los dioses, de los extraterrestres. «Dónde carajos me va a llevar esta», piensa. Y con el viento agitándole los cabellos, dilatados el iris de los ojos para absorber la mayor cantidad de luz, se agarra con fuerza de los pasamanos de la escalera, detiene la caída, y levanta la cara y mira hacia arriba, a la boca del pozo, y allí está el rostro de la niña, que le dice:

—Está en la caja de zapatos de tu ropero.

Entonces el padre, invadido de locura y de ternura, abraza a la niña, la come a besos, y le dice:

—Vamos a bañarnos, amorcito, es tarde.

Dentro de la casa, mientras la niña juegue con los juguetes de la tina de baño, cantando fuerte, casi a gritos, para dar a entender que está cómoda, viva, sin problemas de ninguna clase, el padre no puede contener el impulso y va a su habitación y se para frente al ropero. Abre primero la puerta donde recuerda haber guardado tiempo atrás una caja de zapatos vacía. Tras la puerta asoman ropas, papeles y varias, ¡como diez!, cajas de zapatos amontonadas bajo pantalones y remeras. Entonces abre otra puerta y hay ¡otras dos cajas de zapatos! Inspecciona una al azar y adentro encuentra papeles (cartas, direcciones, teléfonos, etc.), fotos, souvenires de diverso tipo. Recuerdos. Épocas entremezcladas en desorden. ¿Qué habrá querido decir, o efectivamente dicho, la niña? Si se pusiera a revisar el contenido de todas las cajas, cuyo contenido no varía mucho una de otra, se le pasaría la noche. ¿Es el alma un objeto? ¿Estaría en alguno de estos objetos? ¿Una foto, un collar de cuentas, una palabra escrita en doblado papel viejo? Memoria. ¿Le estaría diciendo la niña que debe aferrarse más a su pasado, pues allí está su alma? ¡Pero si se guardó cada pedazo de vida en cajas de zapatos!

Ya sin ganas inspecciona por arriba otras cajas más y después las guarda nuevamente, sin premeditación de orden, en el ropero.

Cuando está metiendo la última caja entre unas toallas, se da cuenta que la niña ha dejado de cantar.

La llama:

—¡Amorcito! ¿Todo bien? ¿Está todo bien?

No hay respuesta.

Con grandes zancadas sale de la habitación, cruza el pasillo, gritando a medida que avanza:

—¡Corazón! ¡Hablame!

Cuando está a un paso de la puerta abierta del baño, escucha a la niña:

—¡Ya quiero salir, papi! ¡Se enfrió el agua!

El padre entra al baño y la busca en la tina. La ve. La niña está cubierta de espuma, pálida, los peces y los patos de goma bogan en el agua espumosa. La niña tiene la cabeza baja, la vista en la superficie del agua. Los ojos le brillan. Entonces saca las manos del agua, se las mira con atención. Tiene las manos arrugadas por estar tanto tiempo en el agua.

El padre siente cómo el corazón se desacelera, se agota. Y escucha la voz de su hija, una vos un poco temblorosa:

—Tengo las manos de una viejita.

Cuando la saca del agua, envolviéndola en una toalla, ella le muestra las manos a su padre. Efectivamente, las tiene arrugadas y traslúcidas, como de vieja.

 

 

 

Publicado en el libro “Osobuco” (Editorial Pánico el pánico, 2016)