CAMINATA NOCTURNA

MARÍA ELENA SPINA

Lo que me despierta, cuando ocurre, es la sed y una sensación de inminencia.

Me incorporo despacio para no inquietar a Marita. Es entrada la noche y se acabaron los ruidos de la calle. Aguzo el oído. Silencio la respiración. Adivino —porque ¿cómo podría oírlo?— el movimiento del agua de tu cama de agua al sentarte y tus pasos livianos en la moquette. Después escucho —ahora sí— las pisadas en el pasillo. Tus piecitos: descalzos si es verano, el roce de las medias si hace frío. Me asusta que puedas resbalarte sobre la madera encerada. Espero —son unos segundos— y pronto se recorta tu silueta pequeña en la abertura de la puerta. Entonces me paro y te sigo sin hacer ruido. Sería peligroso despertarte.

Camino detrás de ti. Las persianas están levantadas y se cuela algo de luz de la calle, o de la luna, si hay luna. Veo tu cuerpito: tu nuca, tus hombros, tu espalda. Ese cuerpo no es tuyo. Llevás la cabeza erguida, tenés el cuello fuerte, la espalda lisa. La espalda sobre todo: lisa y sin cicatrices. Te miro. Quisiera que la caminata no terminara nunca, que el pasillo fuera infinito y anduviéramos los dos, sin cansarnos, vos con tus pasos de animalito ágil, yo atrás, adorándote.

Entrás en la cocina. Cuando estamos allí siempre pienso en Marita, no sé por qué. Rodeás la mesa y te parás frente a la pileta. Sé que te vas a dar vuelta —siempre lo hacés—, y voy a ver tus ojos distintos, que no conocieron el miedo, ni el dolor, ni las inyecciones. Te miro, apenas: tu mirada es demasiado. Miro entonces por la ventana: los autos en la avenida.

¿Querés agua?, te digo.

Lleno un vaso, me lo tomo.     

            

Vamos, te digo.

Te alzo. Te huelo, buscando el olor a transpiración que tienen los chicos de tu edad. Te llevo hecho un ovillo liviano hasta tu cama, te acuesto, te tapo, si hace frío.

 

Esto no siempre ocurre.

Hay veces en que duermo la noche entera de un tirón, con un sueño denso y opaco, hasta que me sobresalta el zumbido del despertador. Entonces le digo a Marita:

Anoche no se levantó.

Ella me acaricia la cara.

Después planeamos el día: a quién le toca quedarse, darte un baño largo, masajearte las piernas, vestir tu cuerpo blando, empujar la sillita por el parque, engañarte.

Después nos preguntamos si tanto dolor es posible.

María Elena Spina  (Buenos Aires, 1957). Física de formación y escritora tardía: con el correr del tiempo, las fórmulas fueron dejando lugar a las palabras. Desde hace diez años asiste a talleres de narrativa. Escribe cuentos. Algunos de ellos fueron publicados en antologías y blogs. Actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa en la UNTREF. El francés es su segunda lengua, casi materna.