CIENFUEGOS

FRANCISCO PARRA

Prefiero no revelar el nombre por el que me llaman desde hace cuatro años. Es ridículo como el de todas las mascotas de este edificio. El verdadero, el que me puso mi primer dueño, Mario Gambini, intelectual de izquierda y miembro del PCA por cincuenta años, es Cienfuegos. Nací el 3 de marzo de 1998, el cuarto cachorro de cinco que nacimos ese día de la cruza de un Schnauzer y una maltesa, Lily, de quien heredé, estoy seguro, la elegancia y el buen gusto. Los nombres de mis hermanos son Kautsky, Rosa, Vladimir Illich y Yuri. Ignoro cuáles serán hoy en día sus identidades burguesas y si volveré a encontrarlos. Una sola vez me pareció ver a Kautsky (tenía, recuerdo, un mechón blanco que le dividía la barba y los bigotes) en una pileta del Club de Amigos. Lamía los pedazos de un chupetín que se había caído al piso y, aunque lo llamé entonando los primeros compases de la Internacional, no me escuchó o no me hizo caso. A algunos perros, como a la mayoría de los dueños, la vida burguesa los convierte en perfectos idiotas.

Todas las mañanas, cuando Clementina me pone la correa en el hall alfombrado del edificio, aprovecho para mirar mi reflejo en los grandes espejos laterales. Mi perfil derecho es idéntico al de Julio Verne en el retrato de Lock y Whitfield. Clementina cree que los espejos me inquietan y que por eso me muevo tanto antes de salir. No sabe que es el único momento del día en que puedo comprobar mi res extensa −todos los espejos del departamento están a un metro del piso. Me miro, entonces, de todos los ángulos posibles para ensayar la mirada de desamparo, de perrito mojado, que uso con fines estrictamente utilitarios, así como mis caras más agresivas, de perro cazador de patos en los bosques de Alemania por si me cruzo con algún perro desconocido en el parque. Sé muy bien a qué razas soy capaz de amedrentar con mi ladrido (es necesario ejercitar las cuerdas vocales varias veces al día) y a cuáles solo puedo mostrarles los dientes si están atados con firmeza.

Los dos años que viví en casa de Mario fueron suficientes para incorporar las bases del marxismo pos Tercera Internacional. Las discusiones de partido, los grupos de estudio y las tertulias intelectuales llenaban la casa de un rumor constante donde se mezclaba la doctrina, la pasión, la polémica. En casa de Mario, todos los objetos remitían a esa pasión política: los poemas enmarcados de Bertolt Brecht, los grabados de Mao y Lenin, los discos de Shostakovich que escuchábamos los domingos por la mañana, las películas de Pasolini que mirábamos todos los jueves por la noche.

De maestros como Gambini uno aprendía por mera proximidad: por sus gestos, sus miradas y sus sentencias. Doy fe que de los cinco cachorros Schnauzer yo era su preferido, quizás porque veneraba al héroe de Yaguajay por quien me bautizó y a quien, sospecho, llegó a conocer. Cuando tomaba un vaso o dos de ron, Mario parecía creer que el alma de Camilo había migrado a mi cuerpo. Podía pasarse muchas horas hablándome de geopolítica antiimperialista.

Por alguna razón, el destino ha querido que un lector de las tesis de Regis Debray y del Diario de Bolivia termine viendo películas dobladas al español los sábados por la tarde con una señora de setenta y cinco, católica y de derecha, que llora a moco tendido por las historias de amor más trilladas.

Cuando llegué a su casa en el año dos mil, tras el fallecimiento de mi maestro, me ilusionó ver la gran biblioteca que adornaba una de las paredes del living. En algunas miradas furtivas (trataba de contener mi excitación) logré distinguir los nombres de Hugo, Dumas, Flaubert. Creí que me había adoptado una mujer culta de la que aprendería una lengua extranjera, que Clementina era en realidad Clementine, una expatriada francesa que daba lecciones de piano para vivir. Se imaginarán mi asombro cuando comprobé que mi dueña ignoraba la más mínima palabra del francés y que la biblioteca del living era en realidad decorativa, los libros eran bloques de cuero marrón atornillados a los estantes. Todavía tengo pesadillas en las que intento sacar con mis dientes el primer tomo del Capital.

No tengo la fortuna de ser considerado un perro grande, eso ya lo comprobé en la bolsa de comida que me compra mi dueña y en la cajita de la pipeta para las pulgas. No diría tampoco que soy pequeño como se lee en los paquetes de esos productos. Soy más alto que el promedio de los perros de Recoleta, aunque no ignoro lo que se dice de la altura promedio de la población canina en este barrio adinerado.

Reconozco mis contradicciones: como alimento balanceado a base de salmón, detesto mojarme las patitas en los charcos los días de lluvia y me pongo de malhumor si no recibo mi cepillado diario. En mi defensa, Cienfuegos es un nombre que le quedaría grande a cualquier militante de izquierda.

Francisco Parra (Buenos Aires, 1993). Es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y estudiante de la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Publicó en 2019 su primer libro de cuentos, La piel infinita (La Docta Ignorancia Editorial).