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Frente a un relato histórico, dos posibilidades. La primera lleva a Flaubert, acumulando lecturas para describir la oreja de un elefante en Salammbô. Cada libro es una enciclopedia. El escritor se define como alguien que ha leído mucho para llegar a justificar el detalle más irrisorio. Bibliografía, rigor investigativo, suma de pormenores, el punto de contacto con la historia es bulímico y microscópico. El escritor se confunde con el sociólogo y el archivista. Es la tradición de Flaubert. La otra vía es la negación del pasado, el rechazo de toda arqueología no sustentada en los poderes arbitrarios de la imaginación. Es la escuela de Juan José Saer escribiendo El entenado, partiendo de una mínima célula real y abandonándose a una biblioteca imaginaria, interior, subjetiva. Saer no puede competir con Flaubert. Por eso el uno carece de imitadores y el otro construye una tradición y mucho más que eso: una manera de leer, una línea editorial que atraviesa las edades hasta convertirse en un imperativo.

 

La desaparición de Josef Mengele hace parte de la vasta literatura de la Segunda Guerra. El axioma de este conjunto de libros puede resumirse en entender lo que pasó, darle un sitio en el lenguaje a la barbarie. Olivier Guez nos hace entender, pues, la continuidad del mundo nazi en el Cono Sur. Desentrañar el itinerario de Mengele a través de la Argentina de Perón, el Paraguay de Stroessner, el Brasil del régimen militar donde el siniestro doctor se refugia durante casi 20 años; reconstruir cada paso desde la llegada a Buenos Aires, luego de tres semanas de travesía a bordo del North King, hasta su inhumación con una falsa identidad en el municipio de Embu, es una empresa que corre el riesgo de convertirse en una pesquisa de datos ya dispersos en la web. Sin embargo, se trata de entender. El novelista se convierte en la conciencia moral de la historia; devela el brazo excesivamente largo de los nazis, nos hace entender por qué Mengele escapa durante décadas a la justicia, cuáles son los engranajes que le permiten llevar una vida de perseguido, en algunos momentos exitosa y en otras desesperada. La vocación de este tipo de libros es la verdad, no la verosimilitud. Es por eso que se trata de una literatura que desde la primera línea, subyuga. No es posible leer Si esto es un hombre de Primo Levi, Melodías de Auschwitz de Simon Laks, sin experimentar el terror de la verdad.

Y la verdad es obsesiva. En dos ocasiones, como dibujando la oreja del elefante, aparece la biografía de Borges. El exotismo como garantía de veracidad: “echado de su puesto en la biblioteca municipal de Buenos Aires, Jorge Luis Borges es promovido a la inspección de aves y conejos”. Páginas después, mientras Mengele sigue su errancia, derrocado Perón, desaparecida la momia de Evita, “Borges es nombrado director de la Biblioteca nacional y profesor en la facultad de letras”. Siguiendo los avatares de la política, Borges se ve reducido a dos anécdotas, la primera un chiste que fue tomado literalmente y justificaba su reticencia frente al peronismo, la segunda un hecho constatado, símbolo del momento en que el hombre se convirtió en el vate nacional. Detalles de la obsesión microscópica del narrador.

Sin embargo, Olivier Guez lucha contra una imagen estereotipada y exótica del Cono Sur. Esa lucha es el breve espacio donde Guez toca las aguas turbias de la poesía y la novela, ya no siguiendo la lección de Flaubert sino el difícil ejemplo de Saer. Hablo de intersticios en que el derroche de información debe ajustarse a la contundencia del versículo. Porque de versículos se trata, de síntesis, de una forma rápida y ágil. Si hay una retórica en La desaparición de Josef Mengele, su figura dominante sería la litote: decir más con menos palabras, utilizar la sugerencia cuando todo parece dicho. Y es en este punto donde el libro se vuelve político. Al reconstruir la huida del médico que experimentaba en carne viva para descubrir el mecanismo de la concepción gemelar, Olivier Guez indaga en el presente: “Cada dos o tres generaciones, cuando la memoria se marchita y los últimos testigos de las masacres precedentes desaparecen, la razón se eclipsa y los hombres vuelven a propagar el mal”. La memoria como arma frente a lo absurdo. La literatura como trasfondo ético de la historia.

 

Guez ya había explorado la continuidad del nazismo en su trabajo como guionista. Fritz Bauer, un héroe alemán, película sobre el procurador que hizo posible la captura de Adolf Eichmann, es el primer capítulo de una novela que se termina a la manera de las tesis, con una ecléctica bibliografía: Dante, Hannah Arendt, Conrad, Tomás Eloy Martínez, Graham Green, Kafka, Alan Pauls, Rodolfo Walsh… Mostrar la desmesura de la investigación es en realidad un gesto más frente al carácter difuso de los géneros. La novela regresa a lo que fue la literatura antes de Flaubert, ese largo momento en que ciencia, filosofía y arte estaban juntos en una sola malla textual. En La desaparición de Josef Mengele, la ciencia es el ensayo biográfico, la filosofía se ha convertido en una conjetura sobre la persistencia del mal, y el arte en una de las formas de la novela policíaca.

Y habría que resaltar una última cosa. No es solo una novela que entra en la inmensa literatura de la Segunda Guerra, con sus personajes monstruosos, la vocación por la verdad documental, con ese poder hipnótico para que el lector se indigne y lea peleándose contra la Historia. Guez va hasta los rincones del nazismo y escribe una novela sobre América latina. Ese es su verdadero descubrimiento.

Reseña del libro La desaparición de Josef Mengele de Olivier Guez, Grasset, 2017.

UNA RESEÑA DE