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Magdalena miró a Jasón concentrarse, de espaldas al público, y respiró profundamente. Y mientras él levantaba por encima de su cabeza el brazo vigoroso y preciso, ella retuvo en sus pulmones todo el aire que acababa de inspirar, apretó en la mano derecha el ojo de Estambul y esperó. El último cuchillo se clavó a medio centímetro de sus cabellos. El público aplaudió de alegría, dejando de lado la atmósfera de pavor que, como todas las tardes, había invadido la sala del Gran Cabaré.

Magdalena se había casado con Jasón hacía algunos meses, después de un encuentro que podría calificarse de original. Durante una gira en San Petersburgo, la ciudad natal de Magdalena, Jasón, el mejor lanzador de cuchillos del norte de Europa, había sido atacado por un abominable dolor de muelas. Recostado en el sillón del dentista que lo había recibido de urgencia, Jasón vio esa mirada increíblemente dulce que le sonreía, a pesar del tapabocas, e instantáneamente se enamoró. Se concentró un buen momento, cerró los ojos; el dentista creyó que le había hecho daño y le propuso una segunda dosis de anestesia, o al menos fue lo que Jasón dedujo al ver la sonrisa en los labios del médico agitando delante suyo una jeringa de vidrio, tan larga como un antebrazo, que databa de la época soviética. Jasón se levantó con un diente de menos, y sin embargo con la voluntad plena de invitar a esa mujer a comer. Magdalena entró en el restaurante con un vestido negro ajustado que ceñía su silueta y la realzaba. Se había puesto unas medias de rejilla y unos zapatos de tacón. Se había soltado el pelo y se había sentado sonriendo. Devoró la comida. Jasón, por su parte, solo pudo deglutir agua con gas. Le dolía todavía la boca, y la hermosura de aquella mujer lo subyugaba tanto que no podía hacer nada sino contemplarla.

Dos semanas más tarde, Magdalena recibía una carta desde Francia. Hizo sus maletas, le dijo a sus amigas y a su madre que un lanzador de cuchillos quería casarse con ella. Se espantaron con el tipo de existencia que él podría hacerle llevar. Pero Magda estaba segura, debía decirle sí a ese hombre porque el destino lo había decidido. Se subió al tren segura de que la felicidad la esperaba allá, en París, y que no extrañaría nunca su vida en Rusia. Su patrón la había acompañado a la estación. Por la ventana, ella lo miró levantar sobre la cabeza, y agitar para decirle adiós, la mano que había visto con frecuencia enguantada en la boca de los pacientes. Pensó en el vínculo que esa mano había creado entre ella y Jasón. Magdalena sonrió.

Jasón la esperaba en la estación, vestido con su ropa de trabajo. Él se excusó. El espectáculo acababa de terminar, no había podido huir de la función, pero una buena comida los esperaba en casa. En el metro, la gente se quedaba mirando a esa mujer demasiado rubia y a ese hombre en un traje demasiado llamativo. Pero Magda y Jasón estaban absortos, pensando que nada podría separarlos.

Se casaron el mes siguiente, sin familia y sin amigos, un día de descanso en el Cabaré, con el fin de tener la noche entera. Después de haber dejado la Alcaldía, regresaron al apartamento. Jasón desvistió a Magdalena por primera vez, la hizo acostarse sobre la cama, y la miró sin decir una palabra durante varios minutos, detallando una a una las curvas de su cuerpo, como si quisiera memorizarlas para siempre. Luego le preguntó:

— ¿Por qué?

— ¿Por qué qué?, sonrió Magdalena.

— ¿Por qué dijiste sí, por qué viniste?

— Es una larga historia, pero no estoy segura de querer contártela.

— Entonces no digas nada. Shh.

Y le puso la mano sobre la boca, antes de hacerle el amor.

A los trece años, edad de su primera menstruación, la madre de Magdalena la había acompañado a casa de una vidente, una tradición transmitida en la familia de madre a hija desde generaciones, según contaban. Cada mujer del linaje había entonces, en el momento de la pubertad, recibido un consejo de supervivencia que la había perseguido hasta la tumba. Magdalena se acordaba de aquel encuentro como si hubiera ocurrido el día anterior. La adivina le había ordenado que le confiara el trapo manchado con la primera sangre. Encima había roto un huevo fresco, observado la sustancia transparente y viscosa extenderse sobre el tejido, y soplado sobre la yema para verificar un eventual cambio de color que ella sabía interpretar. Y entonces, dándole a Magdalena una palmadita en el trasero, había declarado:

—Ya está, mi niña. Cásate con el primer hombre que te escriba una carta. Con él serás feliz. Podrás amarlo y confiar en él.

No había que revelarle la profecía a nadie. Cada muchacha tenía la suya y debía conservarla en secreto. Fue lo que hizo Magdalena. Pero había un problema que Magda no había querido abordar. Su primer sangrado de mujer le había provocado tanta vergüenza que lo había escondido. El trapo que la vidente había utilizado, en definitiva, no era más que el quinto o el sexto que Magda ensuciaba en su vida. Magda se había preguntado a menudo si toda esta historia tenía un sentido, si debía seguir los consejos de la vidente. Y a fuerza de consagrar su energía y dedicar su pensamiento a responder a esta pregunta existencial, había terminado por fracasar en sus estudios. Había repetido dos veces los primeros años de la facultad, sin lograr obtener su licenciatura de biología, y había dejado todo para entrar en la unidad de ese dentista que buscaba una asistente para responder al teléfono y pasarle los instrumentos.

Seis meses después de haber iniciado esas tareas, Magdalena retomó contacto con un estudiante de la facultad que había conocido en el curso de biología. Él la invitó al cine. Luego al restaurante. Luego a casa de su hermana mayor que estaba de viaje. Hicieron el amor, el estudiante le dijo que la amaba, a lo que ella sonrió sin responder. Cuatro días más tarde, recibió una carta suya, lo que era sorprendente, pues las estampillas todavía eran muy caras, sobre todo para un estudiante. En un papel de estilo inglés con florecitas rosadas, que debió haberle cogido a su madre, el estudiante le declaró oficialmente su amor y le pidió que fuera su esposa. Esto afectó bastante a Magda. Según la visión de la adivina, debía confiar y amar a aquel hombre, el primero en escribirle. Pero en su fuero interno, una voz la alertaba del error, de la indiferencia, de la incompatibilidad con aquel ser banal y aburrido, y que sin duda se habría vuelto alcohólico antes de cumplir los treinta y cinco años. Dándole la espalda a la tradición ancestral de la familia, Magdalena había rechazado la oferta del estudiante, sin ninguna explicación en particular. Y nunca más había oído hablar de él.

De esa época, Magda no había conservado muchos recuerdos, y fue solamente releyendo algunas páginas de su diario que rememoró las circunstancia de aquel no. Los días que habían seguido, había anotado en el cuaderno todas las supersticiones maternas, como si fueran oraciones: no abras el paraguas Magda, no camines bajo la escalera Magda, no riegues el salero en el mantel, todo eso trae mala suerte. No te cases con ese hombre Magda, no serás feliz. Eso también, lo había escrito en aquella época, una certeza, una verdad abrupta que le había pasado por la mente como una estrella fugaz.

 

Para Jasón no había sido fácil tener de asistente a la mujer de la que estaba enamorado. En su carrera nunca le había lanzado cuchillos a una mujer amada, eso le hubiera parecido absurdo y demasiado arriesgado. Pues él lo sabía mejor que nadie, lo más importante en ese trabajo era la concentración, la ausencia total de distracción de la mente durante el ejercicio, el desapego. Siempre había creído que tenía que disipar a toda costa el más mínimo sentimiento, la más mínima idea flotante, so pena de fallar su tiro y herir a su blanco. Pero a fuerza de insistir para que ensayara con ella, Magda lo había convencido y habían empezado un entrenamiento con cuchillos de ventosa, para eliminar el peligro. Magdalena había resultado ser la más perfecta de las asistentes. Su mirada dulce y optimista magnetizaba al auditorio. Su absoluta calma tranquilizaba a Jasón, quien descubrió la posibilidad de sentir un vacío casi total durante los lanzamientos. Él, que ya era considerado como el profesional más talentoso de su generación, logró incluso progresar. Consiguió plantar los cuchillos aún más cerca de Magda, a ras de las vestiduras. La sala del Cabaré permanecía abarrotada la semana entera. El público rugía de placer al final de cada función, cuando Magda se apartaba de la tabla, dejando ver los cuchillos alineados que seguían su silueta, dibujando de manera exacta la forma de su cuerpo.

Jasón le había dicho a Magda:

—¿Cómo haces para tener semejante tranquilidad?

—Sé que puedo confiar en ti, y además tengo esto en la mano.

Esto, era un ojo de vidrio, el ojo amuleto de los turcos, traído en un viaje por el padre de Magda cuando ella era niña. A Jasón le pareció adorable. Cada día era más dulce y bella. La besó.

Una tarde en la que Magda había ido al peluquero, al entrar en el apartamento encontró restos de comida y entendió que Jasón había invitado a algunos amigos. Magda se acercó a la mesa y vio una mancha de vino tinto. Constató con terror que el salero estaba acostado sobre el mantel y que la sal se había derramado. No riegues la sal en el mantel, Magda, no riegues la sal, pensó, colocando de nuevo el salero de pie. Y al llevar el mantel para meterlo en la lavadora, se estremeció al imaginarse la desgracia que podría caerles encima y por primera vez desde que conoció a Jasón, se enojó con él. Debía hablarle de todo esto, aconsejarle ser más hábil y menos despistado, si una cosa semejante ocurría, encargarse inmediatamente de la sal, en fin, no dejar la puerta abierta a los infortunios, Jasón, pobre Jasón.

Hacia las seis de la tarde, se dirigió al teatro para prepararse, y como de costumbre, no se cruzó con Jasón que se encerraba siempre a meditar antes del espectáculo. Al entrar en escena de primeras, ella estaba más agitada de lo normal. Respiró profundamente para bajar el ritmo de su pulso y se amarró a la tabla con la ayuda de las correas de cuero. Pero cuando los redobles del tambor comenzaron, Magda se dio cuenta de que había olvidado el ojo de Estambul. Esto la inquietó muchísimo. Jasón apareció en su vestido verde con flecos, uno de sus preferidos, y Magda supo, al cruzar su mirada, que tenía miedo. En realidad, Jasón acababa de divisar, perdido en la tarima del bastidor oeste, el ojo azul de Estambul. Aquella noche, Jasón lanzó con la perfección legendaria que lo caracterizaba, doce cuchillos que hicieron latir a toda velocidad el corazón del público. La tensión era palpable, la atmósfera eléctrica. Magda miró a Jasón quien se concentró por última vez en la noche, y aspiró una bocanada de aire apretando el puño derecho alrededor del vacío dejado por el ojo. Ella vio el cuchillo que daba vueltas en el aire y al mismo tiempo a Jasón que se desplomaba sobre sí mismo, con el brazo derecho todavía levantado encima de la cabeza. El lanzador más célebre del norte de Europa acababa de ser abatido por un ataque cardiaco, al lanzar el decimotercer cuchillo de la noche. Los testigos dijeron que Magda había salido ilesa gracias al ancho collar que llevaba en el cuello y que le había servido de escudo, evitando que el filo se plantara en la yugular. Pero toda su vida, Magda tuvo la certeza de que Jasón había, incluso por última vez, calculado la trayectoria perfecta.

UN CUENTO DE

TRADUCCIÓN DE