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Un editor conocido mío me contó esta historia. A menudo se encontraba sujeto a las resoluciones editoriales del director general, que eran oportunistas y muchas veces incoherentes. Cuando el director decidía de la noche a la mañana publicar un libro desastroso (ya sea porque el autor careciera de talento o porque el texto estuviera hecho descuidadamente) el editor desplegaba todos los argumentos posibles para disuadirlo. Para intentar convencerlo, no le daba ningún argumento literario, ni siquiera comercial, subrayaba más bien el perjuicio para la imagen de la editorial. Pero el editor casi nunca se salía con la suya frente al director general. Sabía que si este había invertido una parte de su fortuna en la edición literaria no era porque tuviera inquietudes literarias ni porque quisiera defender estéticas audaces. Sus preocupaciones eran más bien de carácter mundano. Quería ante todo hacerse de amigos para asentar su posición en el medio literario parisino. ¿Oponerse al director general? ¡Qué ocurrencia! Después de todo él era el jefe, él era quien ponía el dinero de la empresa (a veces, había de reconocerlo, para liquidar las deudas). En cualquier momento podía decidir cerrar la editorial, y el editor acabaría desempleado. Si el director pretendía editar el libro de tal o cual persona, generalmente, el editor se ponía manos a la obra.

 

Como ocurría a menudo, el editor se vio obligado a editar un texto que le había sido impuesto por el director general, quien vislumbraba la oportunidad de ganarse la simpatía del autor: escritor y director de una editorial militante que publicaba principalmente ensayos filosóficos, un poco de literatura y dos revistas, todo esto de excelente factura. Al editor no le gustaba para nada el texto que le había sido impuesto, le parecía fatuo, ampuloso. Si de él dependiera no lo habría escogido. Pero, por supuesto, no le correspondía a él tomar la decisión. A sabiendas de los intereses que había detrás de la publicación, ni siquiera intentó oponerse a ella. Sabía exactamente lo que el director general, quien como de costumbre no había leído el texto, le respondería: ya sabes… es un aliado interesante para nosotros. Resignado, el editor empezó a trabajar en el texto en compañía del autor. Desde las primeras sesiones entendió que iba a sudar sangre. El autor se mostró antipático. Durante un mes, el editor trabajó bajo el control del otro, siempre listo a hacerle pagar el más mínimo descuido con comentarios hirientes. Decía una cosa y enseguida otra que la contradecía, era un tipo de una perfidia engañosa. La interacción era tensa, a veces violenta. El editor conservó la calma. Hizo de tripas corazón y decidió responder con humor a sus ataques, haciendo como si el autor estuviera bromeando. Tras duras penas, logró establecer el texto en acuerdo con el autor.

 

 

La orden de impresión se firmó. Los documentos se enviaron a la imprenta. Cuando el libro llegó a las librerías, el editor sintió un gran alivio, ya no volvería a trabajar con ese pendejo. Para el lanzamiento del libro, se había organizado una lectura en un teatro. El editor, educado, diplomático, tomó asiento en la primera fila. El director general se sentó a su lado. El editor se consolaba diciéndose que, una vez acabada la velada, esto habría terminado de una vez por todas, ya no tendría que lidiar con este tipejo infernal. El poeta dio inicio a la lectura. En la sala, el editor sufría al escuchar de nuevo ese texto que le parecía laborioso, pesado, pretencioso, desagradable, a fin de cuentas, el vivo retrato del autor. Como la lectura se prolongaba, empezó a preguntarse si, de casualidad, el poeta no tendría la intención de leer todo el libro (era un libro breve, pero igual). Y efectivamente, una hora después, el poeta llegó al final del libro. La conclusión del libro formaba una especie de ciclo, que conducía al lector al principio. Así, habiendo ya leído el libro entero, el poeta releyó el principio para evidenciar su procedimiento. Pero en lugar de detenerse al cabo de algunas páginas, condenó a la sala (y al inconsolable editor) a otra lectura completa de su libro.

Publicado en el libro Le poète insupportable et autres anecdotes (Ed. Questions théoriques, 2017).

 

 

UNA ANÉCDOTA DE

TRADUCCIÓN DE