UN TEXTO DE 

Traducción de 

Hace ruidos.

 

El vecino, el vecino de la derecha hace ruidos. Extraños.

 

Cuando vuelve de hacer la compra. Bueno, no sé, eso me digo: De hacer la compra, así lo veo yo. Vuelve de hacer la compra.

 

Con la compra. Sí: con la compra en bolsas al final de sus brazos.

 

Al menos, yo lo veo así. Así lo interpreto.

 

Interpreto el sonido a través de mi puerta.

 

Tampoco es que vaya a comprobarlo, pero permanezco atento.

 

Por lo demás, y por lo poco que lo he visto, las pocas veces que me he cruzado con él, no me gusta su mirada de maleante. Y tampoco lo demás.

 

Lo que oigo, lo que percibo de él. No me gusta nada lo que transmite, lo que desprende a su alrededor.

 

Que se quede consigo, entre sus paredes.

 

Pues para comprobarlo tendría yo que abrir mi puerta, mientras está él fuera, y entonces él estaría ahí, respirando, frente a mí. Con su barba. Su nariz. Y su mirada de maleante.

 

Fuera de su casa.

 

Yo fuera de mi casa, de la suya. Y fuera de mí mismo también.

 

Y él enfrente. Sin más remedio que ser visto así, en esa pésima condición.

 

Fuera, fuera de mi vista, vecino. Quédate en tu habitación, mi convicción. Fuera de mi vida. Vive lejos de mí, entre tus paredes, please.

 

No le gusto, ni él a mí, desconfiamos.

 

Una vez vio mi correo. Lo sé: yo estaba durmiendo, me despertó con esos soplidos que da, fuertes, cuando llega a su casa tras subir los escalones, de la escalera, con tanto esfuerzo, y como respiraba como respira, giré mi cabeza en mi almohada, y la incliné hacia fuera, fuera de la cama, y vi desaparecer la carta, mi carta, que era para mí, depositada por el portero (aquí no tenemos buzones individuales) y cuya mitad estaba bajo mi puerta, después oí su Hmm al vecino de la derecha, un hmm inquisidor: vio el membrete del Ministerio de Justicia en el sobre, es decir, había pedido yo un extracto de antecedentes penales (boletín n°3) para solicitar un trabajo de peón, y él se montó su película.

 

Delincuencia.

 

La delincuencia, mi vecino es un delincuente.

 

Desconfiamos. Nos gusta el cine.

 

Volvió a poner la carta en su sitio. No, pero.

 

En serio, la compra.

 

Eso explicaría su respiración. Corta, y larga, profunda, como los rápidos, amplificada hasta la muerte. Para morirse.

 

Además me lo pregunto. Cómo lo hace. Para no morirse al respirar así.

 

Si yo respirara así −seguro− me moriría. Quiero decir: es una señal. Una señal de que vamos a morir (morirnos de eso), es una señal de eso. Un síntoma que podemos detectar. Bueno, al menos eso me parece. Es un síntoma, es muy notorio, un hito. Si yo respirara así: me moriría, estaría muriéndome.

 

Morir.

 

De morir de eso, moriría.

 

De andar, de llevar las bolsas, pesadas, al final de mis brazos. Seguro.

 

Muerto.

 

A menudo he creído que se moriría por la respiración, el vecino. Allí, sin más, ante su puerta. De andar, de subir las escaleras, pesado, pachucho.

 

El vecino de la derecha. Sin aliento. En su rellano.

 

6 pisos y sin ascensor, pensáis.

 

Y pensáis bien.

 

No es tan fácil. No: en realidad. Es duro. Y además pesado.

 

Pachucho, el vecino. De la derecha.

 

A más no poder.

 

Pobre de él. Duro, duro. Pobre de él: vecino. Pobre. Pobre de él: el vecino: pobre. Duro.

 

Además es viejo. A más no poder.

 

Y de derechas. No es fácil, no es fácil vivir en la derecha. Al ser así de pobre.

 

Me da pena. Un poco. No demasiado, en realidad: me da igual. Es su problema, él que es mi síntoma, mi síntoma de vejez. De vecindad.

 

Además me cabrea.

 

Sus cositas, sus compras, su radio preferida, su ajetreo, bajar la basura y el vidrio, volver a hacer la compra, comprar el pan, sus idas y venidas al servicio que está al final del pasillo, laberíntico, tras cuatro recodos: el servicio (el suyo, yo tengo en casa: cagadero cargado), su ajetreo, pataleo. Deja de patalear. O hazlo en silencio, por favor. Me molestas.

 

Y luego quédate con tus olores.

 

No me importa que tengas un horno.

 

Tus olores de la comida, y de lo demás. Tu nariz. Tu barba. Y tu mirada de maleante: te las quedas con tu horno. Gracias. Me molestas un montón.

 

Vecino de la derecha. Y viejo, sin aliento en las escaleras, al subirlas.

 

Rápidas.

 

Pobre de él, de mí: de nosotros. ¡Ja! Pobre de nosotros.

 

Morir así, con la compra, en las escaleras. A duras penas, con todo el peso, sin aliento. ¡Ja!

 

Muertos.

 

Pero sus ruidos son extraños. Ruidos no muy esperados, que oigo, no, no son del todo bufidos: los ruidos. Son ruidos suyos. Lo que me preocupa.

 

Porque me preocupo.

 

No de que esté reventado: veo que se las apaña. ¿Hasta cuándo?

 

Pero me preocupa cuando está solo en casa, y se pone a hablar. A mí también me pasa, que hablo solo en voz alta claro por supuesto (aunque tengo un poco de cuidado con los vecinos visto lo que oigo como resultado), y ya. No es tan diferente de lo que estoy tratando aquí (en voz baja, casi muda), pero él. Con la radio, a veces: sí, soliloquia. Habla ella, la radio: habla él, bueno. Eso vale. Pero a veces lo hace totalmente solo. Solísimo, vaya. ¡En fin! Solo (creía yo), y resulta que gruñe. Dónde quiero llegar. Que habla: sí, pero. Que gruñe. Gruñe.

 

El vecino gruñe. Bufidos (más o menos). ¡Ja!

 

Y eso es lo que más me preocupa. (Un poco.) (Más o menos) más que lo demás (digamos).

 

Que gruña así, de esa manera. Es preocupante.

 

Me molesta.

 

Me parece que viven dos. Puede ser: la radio y él. Pero es algo más.

 

Otra cosa.

 

Me parece (quiero decir, bueno: escucho un poco, oigo cosas) que le habla a alguien, que no responde. Eso es. Pero que le escucha.

 

Pero le escucha y da bufidos. Responde con bufidos. Entrecortados.

 

Que responden.

 

Yo, bueno: me digo que son sus bufidos: gruñe. Pero eso es la lógica objetiva: vive solo, parece (eso parece), entonces: son sus gruñidos lo que oigo, sus gruñidos. Pero bueno.

 

Cómo se pasa de una voz simple, estirada (normal) a una voz que hace

 

RaaarRrraAAaaarhh, gluRhrr (etc.).

 

No es nada fácil de seguir. Lógica, objetiva, estirada. Para un hombre solo.

 

A menudo tengo la impresión de: que habla solo, pero por dos. Pero el 2 es complicado. Discapacitado.

 

Responde desde su garganta.

 

De hecho yo pensaba al principio que vivía con un 2, tipo: su amigo, su hermano, su compañero de piso, que tenía problemas. De salud: tipo, discapacitado. Pensaba yo: habla. Habla. El otro no habla: bufa. (Son dos.). Él: habla, el otro: bufa.

 

Como un animal, gruñe.

 

Pero lo que es complejo, problemático, es que yo creo que en realidad: son uno. Es decir, desde el tiempo −casi un año ahora− que vivo yo aquí: entiendo que vive solo, el vecino.

 

Además, el gruñido y la voz no se dan nunca al mismo tiempo: se responden.

 

Podría haber sido su mujer, su hermana, su mujer hermana su discapacitada, bueno. Que no saliera nunca. No se interrumpirían, nunca, en la discusión. Él le dice algo, ella responde con un bufido justo, la escucha es mutua, el diálogo continúa. Mis narices, no soy un pardillo.

 

Lo he estado pensando.

 

Puede ser el mismo, quien hace la voz y el gruñido. Es posible, lógico, hasta lo más deseable.

 

Vamos: ¡vive solo! Es un hecho, es demostrable, es una certeza, la he adquirido con el tiempo, lo sé: está él solo. Y está comprobado. Vaya que sí.

 

Con quien habla, soliloquia, hace preguntas respuestas: es él mismo. Habla, soliloquia, hace preguntas respuestas. Y el otro (que es él mismo, vaya) responde con bufidos ininteligibles. Y luego vuelve al lenguaje. El diálogo continúa.

 

Admitidlo, da un poco de miedo.

 

Admitámoslo, ¡lo admito! Con quien habla, soliloquia, hace preguntas respuestas: es él mismo. Al saber eso me siento mejor.

 

Y sin embargo, el vecino es otro. Y por lo tanto es preocupante.