Ella.jpeg

ÉLAN
ELLA HAMONIC

“¿Ya has naufragado en tu vida, Pippi?

–¡Naufragar! ¡He naufragado decenas de veces, en los cinco océanos!”.

Astrid Lindgren

 

“¿Sabés que también las islas pueden naufragar?”

 

Un pedazo de tierra flotando a la deriva en la superficie es un obstáculo para nuestros remos.

 

“¡Mirá, una isla flotante!

–¿De veras?

–Sí, es un trozo de selva que se ha desprendido y que la corriente arrastra.”

 

Mariela agarra fuerte el timón para evitar un posible choque con esa porción de tierra que avanza hacia nosotros. Desde su kayak, Inés mira cómo pasa esa isla que discurre a lo largo del Río así como mira pasar el hilo del año que se escapa.

Capitana de su propia nave, trae a su memoria las clases de geografía. La escucho entonar en castellano:

 

“¿Cómo se forman

y se deforman los deltas?

Al ritmo de las crecidas,

tierras movedizas

se hacen y se deshacen...”

 

Contemplativa, ha apoyado el remo delante de ella.

Momento de geografía interior.

La observo construir y reconstruir mentalmente los destinos firmes y los extravíos de los últimos meses. Ella trata de imaginar el contenido de esa isla, territorio en devenir. ¿Es posible que animales salvajes, cocodrilos y anacondas la hayan elegido como domicilio? Se pregunta si ella misma desearía naufragar allí.

Desde nuestro bote, alcanzo a distinguir la vegetación que ha crecido sobre esa pequeña parcela de tierra: algunos juncos, hierbas altas y verdes, varias ramas de madera muerta. A estribor, los bordes del terreno se han redondeado y perfilado por las corrientes. A babor, aún puede verse el desgarro formado por la tierra roja de cuando ese montículo se desprendió de una isla más grande, sin duda: huellas de una fractura en proceso de cicatrización, marcas de una separación.

Maru me cuenta que el delta del Tigre tomó su nombre de un tigre que bajó por el río Paraná sobre una isla a la deriva desde las tierras de Misiones y Entre Ríos. Dicen asimismo que el río a veces puede arrastrar consigo una buena cantidad de pirañas, que bajan desde las selvas septentrionales argentinas y brasileñas.

Intento imaginar la extensión en kilómetros recorrida por ese felino sobre un apoyo tan inestable que, al no poder moverse realmente, debió dedicarse a ver desfilar las orillas. Un naufragio a escala de un semicontinente.

Esa isla bien podría volver a prender, acoplarse a otro trozo de delta para formar una isla nueva y agrandada,

unión de sedimentos,

empalme.

El Tigre despliega sus imágenes como un reflejo de la sociedad argentina, un instante aplacado por el abundante flujo de agua. La isla nos ha perdido de vista, arrastrada por el río, dejando frente a nosotros los juncos, las garzas, algunas construcciones de estilo chalets de montaña suizos, sobre pilotes. Las casas de madera van sucediéndose. Al otro lado de los mosquiteros, el halo de luz ilumina desde el techo a una familia sentada a la mesa para la cena. Delante de sus miembros, una sopera apoyada en el mantel a cuadros rojos y blancos está rodeada por una vajilla llena de recuerdos de los antepasados, italianos quizá, europeos, sin duda. Más lejos aún, hay casas abandonadas que han suspendido el tiempo. Es posible imaginar las aventuras gloriosas y fiestas familiares que allí transcurrieron. En el delta, la naturaleza engulle voraz todas las habitaciones que el ser humano intentó construir y luego dejó a merced de las crecidas. Entre los árboles y las lianas, algunas casas se han ido reabriendo y han sido ocupadas por nueves moradores que han encontrado en ellas refugio, en busca de un sueldo en las explotaciones forestales, en las islas.

Frente a una de esas casas, un perro vigila. Por descuido, la crecida lo atrapa, lo ha rodeado, apresado en un pontón cuyo acceso a la orilla se ha inundado. Está desesperado al punto de ya no saber qué hacer. Su aullido estridente recorre las riberas. El animal busca una salida, llamando a un alma caritativa que venga a liberarlo. La sudestada no tardará en regresar, para llevarse consigo esas extensiones líquidas, liberando los caminos invadidos por las aguas.

El perro sigue gimiendo. Detrás de él, la casa se tambalea, su madera trata lentamente de volver al río, su estructura sobre pilotes está a punto de vacilar. Volver a levantarla parece una lucha a cada instante para sus atareades ocupantes.

Más lejos, en la confluencia del río Capitán con el Paraná de las Palmas, vino a naufragar un barco de tres pisos. El armador arruinado lo abandonó allí, hace ya muchos años. Una familia lo ha elegido para instalarse allí y nos acuna con algunas cumbias a todo volumen. El sol en su puesta atraviesa los distintos puentes y cabinas, y luego los juncos, para llegar hasta nosotros. La luz irradia ese gigante oxidado, tendido de costado, que comienza a brillar. Forma un cementerio de herrumbres reluciente sobre el paisaje verde flúo. Aún es bello y carismático este barco. Invita a pensar la belleza de las escalas del naufragio.

De día, el Tigre es un mundo en ebullición. Un día entre semana en pleno verano, la actividad es total. Entre los barcos de alquiler para nuevos ricos en busca de bares nocturnos al aire libre, sobre popas demasiado grandes para el calado del río, algunas embarcaciones de motores rugientes dejan pasar barcos madereros, ejecutores de bosques y fabricantes de muebles, cuyos troncos cortan la superficie del agua. El barco vivero reparte, a quien quiere, los beneficios de las Santa Ritas y otras buganvilias, mientras que el barco heladero reaviva las papilas azucaradas de los niños que acuden corriendo a la punta de los muelles.

Sí, por el día, el Tigre flamea, pero de noche queda abandonado a quienes se atrevan a aventurarse en él bajo la luz tenue de las estrellas. El cauce está tan libre como la Avenida del Libertador un día de Navidad, en ausencia de la marea de los autos. La luna está siempre ahí para iluminarnos el camino.

Seguimos nuestro trayecto por el arroyo Antequera, donde nos arrimamos a una playita. Es la playa de Willy, el mecánico de barcos de madera que un día hizo hundir su propio barco. Esta playa artificial de arena fina como las del Caribe reúne a les amigues del barrio para bailar cumbia al son de La Delio Valdez. Una cabaña, varias hogueras para ahuyentar a los mosquitos y una bola de discoteca sobre ese alegre alboroto que termina de darle una onda bolichera[1] al lugar. En la playa, miro a los niños bailar, las sonrisas a mi alrededor, los vecinos, los isleños.

Vuelvo adonde está Julieta, cuya silueta descubrí en la pista de baile de arena. Reconocí su pequeño bote de motor, amarrado en un muelle.

Le cuento de los últimos días para volver a pintar el viejo remo de madera con el que hemos llegado hasta allí:

 

“Hugo renombró la embarcación Chamamé, en honor a un ritmo argentino del Litoral. Anna pintó las letras sobre el casco con su índice, sin pincel, para suavizar los trazos.

– Quisiste decir “Llamame”, cha-ma-mé.

– Sí, appelle-moi en francés. 

– Ah, chanmé.

– Sí: loco, copado.”

 

Me digo a mí misma: una embarcación para encuentros con potenciales copadamente alcanzables por teléfono.

 

Un copado este barco.[2]

Bote.[3]

La beauté.[4]

 

Volvemos a empuñar los remos. La proa del bote de madera corta el agua del Toro, del Torito, del Rama Negra y, después, nuevamente, la del Capitán.

Guardo en las caderas algunas ondulaciones de esas cumbias colombianas. Trazar eses siguiendo las curvas del río, remar a buen ritmo evitando los muelles que a veces aparecen por sorpresa sin que hayamos tenido tiempo de advertirlos realmente. Pienso en Enora, que siempre ve la luna mecida por un Pierrot. El astro vela sobre nuestros ojos bien despiertos, atentos a no chocar con otro marinero-navegante de este río que tuvo la buena idea de agregarle una vela a su kayak: un remero optimista.

Los juncos bailan gustosos un vals al son del viento. En la línea de flotación, avanzamos siempre con un buen impulso. Comienzo a mostrar resistencia, y nosotros allí llevados por la inercia. Trato de traducirle a Hugo el término técnico de resistencia pero no encuentro mis verdaderas palabras.

 

“Algo que empezaste y que podés mantener por el tiempo porque lo cuidás sin esforzarte, lo mantenés con ritmo y tranquilidad pero anda solo siguiendo el flujo.”[5]

 

Para impulso, digo:

 

“Viste cuando empezás a correr y que querés tomar un poco más de arranque para ir más rápido. También, hay geografías que te dan más posibilidades. Corrés más rápido con inclinaciones: podés aprovechar para prendre de l’élan y agarrar velocidad. O en la vida podés andar con más o menos élan para ir adelante.”[6]

 

Hugo continúa:

 

–¿Algo como un empuje?[7]

 

De regreso en tierra firme, busco en el diccionario:

 

Élan

alce

impulso

ímpetu

empuje

 

Endurance

resistencia

aguante

 

“Envión”,[8] me sopla Sofía.

 

[1] “Bolichera”, en castellano en el original. [N. de T.]

[2] En castellano en el original. [N. de T.]

[3] En castellano en el original. [N. de T.]

[4] La belleza, beauté en francés, se pronuncia parecido a “boté” (forma de pronunciar en castellano bote con fuerte acento francés), de ahí la asociación entre bote y belleza. [N. de T.]

[5] En castellano en el original. [N. de T.]

[6] En castellano en el original excepto los textos en itálicas. [N. de T.]

[7] Ídem. [N. de T.]

[8] En castellano en el original. [N. de T.]

Traducción de María Teresa D’Meza Pérez.

Ella Hamoric. Antonella Casanova @dianeg

Ella Hamonic. Dramaturga, productora y diseñadora de experiencias educativas. Cursó la carrera de Ciencias Políticas en Lille y la maestría de Création Littéraire à l’université Paris 8 Vincennes-Saint-Denis. Desde hace muchos años, vive como nómade digital entre América, Asia y Europa. Lanzó ALEAS, un proyecto literario para documentar las transformaciones del mundo. En 2019, expuso su primera novela en instagram, La séparación, en el festival Ruptures, organizado en la École Normale Supérieure. Es co-fundadora de la asociación Sexe&Consentement. Escribió y puso en escena Con-Sentiment{s}, una obra de teatro que interroga los modos de expresión del consentimiento. El proyecto se puede consultar en  instagram.com/ellalalaha  

María Teresa D’Meza Pérez.jpg

María Teresa D'Meza Pérez nació en La Habana en 1971 y se educó en Moscú en la década de 1980. Es licenciada en Lengua y Literatura Rusas por la Universidad de La Habana (1994). Desde 2005 vive en Buenos Aires, donde trabaja como editora y traductora. Es cofundadora de la Sociedad Argentina Dostoievski. En 2020, terminó de cursar una Especialización en Traducción Literaria (FFyL-UBA), que defenderá con un estudio sobre historia de la traducción de literatura italiana en la Argentina, y en 2021 presentará su tesis de Maestría en Escritura Creativa (UNTREF) con un proyecto de no ficción narrativa.

Ella.jpeg