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UN CUENTO DE 

Dreamers, they never learn

«Daydreaming», Radiohead

 

 

 

Al cruzar la puerta, Lorenzo dijo «Olvidé a qué iba a la cafetería», pero nadie le puso atención porque sobre la cama de ese cuarto de hospital Lorenzo había dado su último aliento y un equipo de enfermeros avanzaba a su cuerpo, todavía tibio, no para intentar, sino para fingir que intentarían algo que trajera de vuelta a un hombre de 80 años, atestado de cáncer.

 

La sorpresa lo hizo retroceder hacia el pasillo, donde se topó de espaldas con un hombre que le sonreía amablemente. Le pareció extrañamente familiar, aunque no se atrevió a saludarlo o pronunciar su nombre, pues el momento lo sobrepasaba. El otro pareció entender su estado, pues le puso una mano sobre el hombro, del mismo modo en que un mentor lo hace con un pupilo recién llegado. «Vámonos, porque ya deberías empezar a cumplir tu promesa».

 

Sin pensar, Lorenzo siguió a su nuevo amigo hacia una puerta de emergencia. Bajó las escaleras sin decir una sola palabra; su guía le devolvía el rostro en señal de complicidad —¿de qué o para qué?— y se detuvieron justo al salir al estacionamiento trasero del hospital. Los ojos le dolieron con la luz del sol, y su calor le recordó que llevaba solo su bata, con las nalgas descubiertas. «No te preocupes, nadie se dará cuenta». Entonces Lorenzo se atrevió a preguntar en voz alta a dónde iban con tanta prisa. Le respondió que él tenía la respuesta y, según lo que dijera, él se encargaría de llevarlo a su destino. «Los fantasmas», le confesó, «tienen una memoria muy extraña. Por eso los dejamos recuperarla a su propio ritmo». Y renovó la marcha.

 

Atrás de él iba siempre Lorenzo, obediente pero confundido, ya sin miedo porque se sabía muerto. Sin la posibilidad de perder la vida ya no hay nada que se sienta una amenaza. Si recordara la existencia que acaba de abandonar, seguro haría todas esas cosas que no se había atrevido, como saltar de un edificio, fumar hasta el último día en que latió su corazón o, quién sabe, endeudarse tanto, que se convirtiera en una leyenda de los buró de crédito. «Dicen que contrató veinte tarjetas y las sobregiró todas en viajes y mujerzuelas». Pero no. Simplemente caminaba tras la estela de aquel desconocido, que quién sabe si era muerto, fantasma, vivo o, incluso, él mismo.

 

Cruzaron otra puerta de emergencia de un edificio adyacente y, en lugar de encontrarse en su interior, Lorenzo descubrió un estacionamiento público de varios pisos. De hecho, estaban en un tercer nivel; la parte noreste de la ciudad estaba iluminada por la luz de un invierno insípido, casi imperceptible. «¿Vamos por tu auto?», quiso saber. «Claro que no», le contestó. Lo miró mejor: llevaba puesto unos pantalones de mezclilla, tenis blancos, una camisa azul claro y un saco café oscuro. Era el hombre más normal de la historia, y debía tener menos de la mitad de su edad, aunque lo sentía más viejo, por seguro y, quizá, sabio. «¿Ya sabes quién soy?», le dijo antes de abrir una puerta del estacionamiento que parecía un armario. Lorenzo se quedó mudo cuando cruzó el umbral.

 

Ya estaban en el interior de una casa alfombrada, llena de ruidos: una olla con caldo hirviendo, un perro que ladraba desde el patio trasero y una mujer hablando por teléfono. No conocía a nadie y tampoco se explicaba por qué detrás de una diminuta puerta hay una casa entera, con libreros, escaleras, gente y, por dios, un patio trasero. «Tú», quiso detener a su acompañante sujetándolo de un brazo, «te he visto en otro lado, pero hace mucho tiempo.» Sonrió, de nuevo. Se estaba desesperando de esas respuestas en silencio. Abrió otra puerta, que parecía llevar a un baño. Por supuesto no lo era.

 

Entraron a una lavandería pública. La recorrieron de una esquina a otra, pasaron junto a un tipo que luchaba entre doblar la ropa y controlar a su hija pequeña. Las secadoras industriales giraban de forma monótona, y Lorenzo se quedó hipnotizado cuando reconoció el patrón de un vestido que se revolvía con el resto mientras el ciclo de secado los mantenía en movimiento: flores rojas se escondían detrás de una horda de calcetines, toallas y sábanas; resurgían de nuevo. Estampadas sobre un fondo blanco le bailaban a Lorenzo, como provocándolo. Vamos, sí nos recuerdas, míranos, míranos de nuevo. Hasta que el otro lo interrumpió, «Sigue avanzando». Se detuvieron ante la entrada de una oficina pequeña, abrieron la puerta y siguieron caminando.

 

Estaban dentro de una escuela. Los salones se alineaban uno frente al otro, como en el hospital donde Lorenzo había muerto. La diferencia es que había mucha vida: niños y jóvenes hablaban al mismo tiempo entre los pocos que guardaban silencio, incómodos, en una de los pupitres del fondo, a pesar de los esfuerzos de sus profesores para retener su atención. «¿Cómo va tu memoria?», quiso saber el de pantalones de mezclilla. Quizá debió haber tomado un par para él de la lavandería, pensó Lorenzo, pero antes de sugerir regresar notó otra cosa en su amigo: su sonrisa era grande, como de anfitrión esmerado, y sus ojos se abrían mucho cuando quería saber algo de él. La amplitud de su frente le firmó el recuerdo. «¡Seinfeld!», le gritó. El interpelado se detuvo e hizo una pose que decía ¿qué te parece? «Pero, ¡estás tan joven!». Seinfeld recuperó su postura e, invitándolo a seguir, le dijo, «Ya te dije que ustedes tienen una memoria muy curiosa, los fantasmas. Tenía que tomar una figura que reconocieras fácilmente.» Lorenzo lo miró con mucha atención, fascinado. «Al final de cuentas, no siempre es posible adoptar la forma de Sir Isaac Newton o el Coronel Klink», y le guiñó un ojo. Subieron unas escaleras y, antes de empujar la puerta de un laboratorio, Jerry insistió: «¿Y bien?». «Oh, recordé que cuando cumplí ocho años, mi madre me llevó a un balneario en las afueras de la ciudad. Tomamos un autobús destartalado, y junto a mi asiento había una mujer que llevaba un vestido blanco, sembrado de grandes flores rojas. No sé por qué, se me grabó». «Vas bien», dijo el otro, satisfecho. Cruzaron la puerta juntos.

 

Ahora todo era un parque y estaba anocheciendo. No había mosquitos, solo un montón de chiquillos resistiéndose al llamado de los adultos que los convocaban a cenar, a hacer la tarea o, dios sabrá, perder tiempo de infancia en cosas que en un futuro no les harán falta. Lorenzo no sabía si en ese abrir y cerrar puertas, en todos los cambios de escenario, habría también un cambio de latitud. Podrían estar en una ciudad distinta, era lo mismo: no reconocía el paisaje, pero cómo lo disfrutaba. Jerry lo invitó a sentarse en una banca, junto a una anciana que insistía en alimentar a las palomas con granos de arroz crudo. «Los asesinos seriales a veces ni se dan cuenta que lo son», afirmó el comediante señalando a la compañera involuntaria, «lo bueno es que las palomas ya no son tan estúpidas.» El frío metal del asiento se le encajó en las nalgas a Lorenzo. Envidió los pantalones noventeros del otro, mas no se atrevió a pedir un intercambio. Ya estaba muerto, qué importancia tenía. Miraron hacia el mismo punto, sin proponérselo. Una joven se acercó a los juegos donde gritaban los niños. Llevaba a su perro, un labrador obeso, sujeto de una correa que nunca se tensaba. Su peso no le dejaba correr mucho, aunque sí se emocionaba con los movimientos de los mocosos y las pelotas de colores que volaban. La chica se sacudía los pies después de cada paso: llevar sandalias a un parque, en invierno —insípido o no, invierno— no era la mejor de las ideas, pero intentó compensar el error de juicio con pantalones de lana y una sudadera gruesa. ¿Era domingo? Porque su desfachatez así lo sugería: atuendo de no-me-he-bañado-en-treinta-y-seis-horas-así-que-jódete, un moño en su cabello que apenas sostenía una melena enredada, naranja y rizada. Y ahí estaban sus pecas, descaradas, sin intención de esconderse de nadie.

 

Lorenzo se descubrió perdiendo la mirada. Cuando Jerry lo sacudió para regresarlo a su ahora, la joven y su perrote ya no estaban. «¿Otro recuerdo?». Oh, sí. Un medio día, cuando trabajaba en la oficina de exportaciones de una empresa de chips de celular, entró al baño justo cuando el resto se peleaba por ganar un buen lugar en la larga fila de la cocina que llevaba al microondas. Mientras el resto acomodaba sus pequeños contenedores de plástico (o vidrio, si era un maldito burgués) en orden frente al horno, Lorenzo entró a uno de los cubículos limpios del fondo a liberar el aire de su estómago. Pero su cuerpo tenía otros planes. Apenas alcanzó a desabrocharse los pantalones y bajar hasta las rodillas su ropa interior, un inmenso, consistente y bien formado excremento se despidió de su colon, en lo que sería la mejor cagada de su vida: sin residuos, sin dolor y con el obsequio de una sensación de ligereza absoluta. Se sintió tan bien, que antes de accionar la palanca se despidió con la mirada y, después de lavarse las manos, caminó con gusto hacia la cocina para contarle a todos el punto alto de su semana. «¿No me lo vas a contar?», dijo Seinfeld al notar el silencio que emanaba de Lorenzo. «Nah, no es importante», contestó. No quiso perder la oportunidad y pensó en preguntarle cuántos autos clásicos alcanzó a coleccionar cuando estaba vivo. Pero Seinfeld se le adelantó. «Sí entiendes que en realidad no soy Jerry Seinfeld, solo una figura familiar para ti, ¿verdad?». Lorenzo se ruborizó dos segundos.

 

Reanudaron su camino. Seinfeld abrió la puerta principal de un edificio de departamentos junto al parque. Juntos entraron a un pequeño recibidor de un consultorio diminuto. Títulos de veterinario colgaban de uno de los muros. Abrieron una puerta que decía «Jaulas» e ingresaron a un camión en movimiento. Ya era de noche, pero Lorenzo no tenía frío, solo curiosidad sobre lo que tendría que pasar para que esta extraña búsqueda terminara. En una esquina se pusieron de pie y bajaron del vehículo por la puerta trasera. Estaban en una biblioteca empolvada, y cuando cruzaron una de sus puertas era un café ocupado por ancianos que jugaban dominó y fumaban puros. Otra puerta: se escabulleron por tras bambalinas de un teatro en el que había una función de Macbeth. Otra puerta: estaban dentro de un banco, en pleno día y un montón de clientes esperando frente a los cajeros. Otra puerta: un motel de cuarta en el que se escuchaba el coro de gemidos, fingidos y espontáneos, que ignoraba el encargado de hacer los cobros, cuarto por cuarto. Otra puerta: una casa funeraria y la sala donde unas cuantas personas velaban un cuerpo. Lorenzo se asomó al ataúd cuando pasaron junto a él, solo por la posibilidad de que fuera él mismo. No lo era. Otra puerta: el baño en el que una niña cantaba «Por una cabeza» como si se tratara de su abuela, en Argentina, durante los años 40 al cobijo de una cantina caliente del barrio. Otra puerta: una casa abandonada. Otra casa: un escritor en su estudio borra la información de su disco duro mientras se toma el whisky de una botella barata. Otra puerta: la noche. Otra puerta: el día. Otra puerta: la lluvia incontrolable de cualquier otoño. Otra puerta: la indiferencia del mar. Otra puerta: un muro. Jerry lo miró, como disculpándose, y regresaron unos pasos.

 

Ya no era el mar gris oscuro, sino otra casa. Se encontraban justo al centro de la sala, desde donde podía verse sin problemas la única habitación al fondo, el pequeño jardín detrás de ellos, una cocina breve y ordenada, desde donde un radio reproducía una canción muy, muy vieja. Había carpetitas tejidas a gancho sobre todas las superficies: en las mesitas de café, sobre la televisión, debajo de un millar de figuras de porcelana y sobre el respaldo de los sillones. A Lorenzo le dio un vuelco, si en un fantasma todavía es posible, el corazón. Del baño, que estaba dentro de la recámara, surgió una vieja, seguro de la misma edad que él, de pasos titubeantes. Se sostuvo de los muros, cargados de fotografías, para andar hacia la cocina para prepararse un té de manzanilla. Seinfeld se hizo a un lado, para dejarla pasar, y también porque quería presenciar mejor la escena. Sabía que algo pasaría. La anciana apagó el radio, abrió el anaquel donde guardaba las tazas y vio a Lorenzo, de 80 años, de pie en su casa con nada más que una bata de hospital a lunares. Un chillido agudo salió de su garganta, la taza se hizo añicos al chocar contra el piso, el agua ni siquiera empezaba a entibiarse al calor de la estufa. «¿Qué quiere?», preguntó con miedo. «Soy Lorenzo, tu fantasma», dijo. Era algo que debía explicarle. Ese era el tercer y último recuerdo de su vida de vivo.

 

Lorenzo, entendió, era un fantasma con solo tres recuerdos recuperados: el vestido de la desconocida que vio cuando cumplió ocho años, la vez que cagó tan espectacular y espontáneamente —como los gemidos de los orgasmos legítimos— y cuando prometió al amor de su vida que iba a rondarla si es que moría antes que ella. Ahí estaba, listo para iniciar el trabajo de toda la eternidad, junto a la que le juró querer por siempre. Es que así había sido Lorenzo: le creyó todo a las películas. Así que, desde que tenía once años, al ver sabecuál título, supo que cuando se enamorara en serio tendría que hacer ese tipo de promesas, quizá porque no era certero que tuviera que hacerle honor a sus palabras, pero era romántico y, siendo honestos, se sentía bien pensar que era posible.

 

La vieja lo miró con mucha sorpresa. Primero, creyó que iba a morirse en ese momento. Después, al notar que no había hoz en las manos de Lorenzo, quiso procesar lo que acababa de escuchar. No reconocía al octogenario frente a ella, ni su nombre, así que decidió limpiar su pequeño desastre; siempre que quería recuperar la calma o recordar dónde había dejado las llaves, lo lograba con actividades mundanas. Esta ocasión no fue diferente: cuando barrió los pedazos de cerámica, otrora conocidos como taza de florecitas, hacia el recogedor, tuvo una pequeña epifanía. Lorenzo la miraba con expectación; ahí estaba, de vuelta y no sabía qué hacer a partir de ese punto. «Lorenzo», le dijo, «ya recuerdo». Con un paso seguro, tan distinto de la primera vez que la vio desde que había llegado a su casa, se dirigió a su cuarto y regresó con un anuario en las manos. Lo abrió sobre uno de los sillones para que lo inspeccionara. Le señaló una foto: era él, a sus 16 años, un estudiante flacucho y orejas grandes, de bigote incipiente. Lamentó que no se le regresara a la memoria todo lo que pasó en esa época adolescente, una que, eso sí podía afirmarlo, no había conocido Elba —«¡Elba!, por supuesto», recuperó—, la esposa que tanto temía extrañar durante la muerte. «No, yo no soy Elba», aclaró la mujer apuntando a otra foto de esa misma página: Lucía. ¿Lucía? ¿Lucía, la rubia de piernas largas que aceptó ser su novia solo para que la llevara al cine sin pagar, y que luego lo dejó por el mismo patán de toda su vida? ¿Esa Lucía era el amor de su vida? «Bueno, Lorenzo», intervino Seinfeld, «después de todo, fue a ella a la que le regalaste aquel camafeo de tu abuela, el que guardabas para «la indicada»».

 

Lucía tradujo en los ojos de su fantasma que había un terrible error. Lorenzo se aferró a su tercer recuerdo para hacerlo revivir: él, un martes por la tarde, que regaba las macetas que medio morían en el borde de la ventana del primer departamento que compartió con Elba, la pelirroja que se vestía siempre como si fuera domingo, y que aquel día preparaba un pan de plátano. Mientras cernía la harina en un refractario, su esposo la miraba con tanto gusto que no pudo contenerse. «Cuando me muera, ya lo decidí», Elba levantó la vista para ponerle atención, pero no interrumpió su tarea, «si me muero antes que tú, es decir, voy a regresar como fantasma y te voy a seguir viendo como ahora.» Ella soltó una risa franca. «Pues a ver si te acuerdas», le dijo, «porque tienes una memoria terrible» y le hizo una caricia con el pie a su labrador gordo.

 

No esperó a que Seinfeld lo hiciera, él mismo caminó hacia la primera puerta que vio y la abrió. Se frenó otra vez frente a un muro. Regresó. Otra puerta: el mar. Otra puerta: la lluvia; y luego el día, la noche, un escritor arrepentido, llorando frente a su computadora y una botella de whisky vacía. Una casa abandonada. Un baño. Una funeraria, un motel. Un banco. Un teatro sin Macbeth. Otra puerta: un café de viejos y después una biblioteca empolvada. Un camión de pasajeros, de día. Un consultorio de veterinario. Una puerta más: un parque sin gente, con juegos y sin niños. Todavía con luz de sol, Lorenzo el fantasma corrió sin importarle que la bata se le abriera de atrás y mostrara las nalgas. Nadie podía verlo. Hasta que subió las escaleras de un edificio viejo: una, dos, tres plantas y abrió del golpe la puerta con el número 11.

 

«Lorenzo, ¡llegaste!».