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Muy a menudo olvidamos el lado oscuro de las deidades seductoras y, por cierto, ¿cuál es su nombre? ¿Cuál es el nombre de la oscuridad? ¿Cómo podría ser ameno el maestro del tiempo? ― Goya. La Tardis chirría como utensilio atascado, más grande por dentro que por fuera. No conocemos su receta, y solo podemos voltearnos, sin melodía para salvarnos, olvidadizos, infancia transformada en estatua de sal o devuelta a los abismos.

Se llama Maurice o John o Édouard o Diego. Y aun así nos cae bien. A pesar de todo. Porque aprendimos a callarnos. Pronto. Mucho. Durante mucho tiempo. Y luego un día hay pequeños guijarros de palabras que crujen bajo los pasos y encontramos nuestro camino, el que evita a los ogros. Ellos aprenden a lanzar el bumerán con sus grandes garras, bien torpes. Algunos los compadecen.

El Mediterráneo cierra sus brazos a sus hijos, que son todos los hijos del mundo. Nuestro mar y sus horizontes en miniatura, infinitos, su asilo; lo apreciamos como una abuela caprichosa. ― Mientras tanto, aprendemos que el blanco y el negro no son colores. La leyenda dice que Roma nació en una tierra de mezclas. La ciudad de las siete colinas acogió fugitivos de todas partes del mundo, y cada uno llegó con un puñado de su tierra natal para mezclarla con la de los demás, las piedras y los olores, palma contra palma. Rápidamente, fue imposible distinguir el ocre, el humus, el limo. Compartían para pertenecer.

Es el reino de lo sintético, del metal y del vidrio. De los controles de seguridad, de las tarjetas magnéticas, del café instantáneo. De los regalos que son tazas divertidas. Del gris y del crema. Del ronroneo de las máquinas. De los open spaces y los cuerpos contenidos. De las jornadas demasiado largas. ¿Quién dirá que todo esto no servía para nada? Las horas sin melodía, excepto por aquella tan estridente de la moqueta gris arrugada por una suela nueva un poco demasiado esmerada: es la del director de RRHH con mandíbulas apretadas y paso de carcelero.

Es una mierda de Roma a Berlín. Los ríos arrastran el dinero político que sangra de los costados. Y huele mal. (Al volver a casa las oscuras noches de invierno, nos cruzamos con aquellas y aquellos que todavía tenían trabajo hace tres lunas, paredes y documentos, a veces figurillas y aficiones, duermen sobre un cartón mojado, aliento suplicante sobre sus dedos enrojecidos. Es un mal cuento caricaturesco. Y actuamos en él. Bajamos la cabeza, masticamos la vergüenza y seguimos sangrando dinero en silencio. Para satisfacer el apetito de aquellos que podrían tirarnos a un lado de la calzada fría, con una sonrisa.) Las palabras «despilfarro», «malversación», «lucro» han sustituido a «responsabilidad», «moral», «reparto». Los petimetres y los grandes estafadores. El dinero es una poderosa abstracción y el mundo es redondo.

Ser mujer, soportar un cliché, llevar una etiqueta, publicar panfletos, exagerar su caricatura. El cuerpo humano está compuesto por doscientos seis huesos, seiscientos treinta y nueve músculos y cien billones de células ―casi poemas―. ¿Cómo explicar la complejidad? Romain Gary mastica en secreto el habla popular bajo el nombre de Émile Ajar y recibe así el premio Goncourt dos veces. Solo después de su muerte ―Smith & Wesson de calibre 38― se superpusieron los rasgos de Émile Ajar a los de Romain Gary. Los dos decidieron no envejecer. Boris Vian eligió la máscara de Vernon Sullivan para escupir sobre las tumbas, palpar la piel de los muertos, matar a los feos y convertirse en escritor estadounidense. Vian proclama que traduce a Sullivan. Muere de un ataque al corazón durante la proyección de la adaptación de Escupiré sobre vuestra tumba, que él desaprobaba.

Nos encantan el café, el plátano, el cacao. No es para nosotros para quienes son malos, grasas o azúcares colonizando unas arterias cansadas que agotan su esperanza de vida en terrazas ―Montmartre o Manhattan― entre la niebla de un cigarrillo; es para ellos. ¿Por qué nos apegamos así? Placer / recompensa, dopamina, pulsión de muerte. Desfile de los días. Y vuelta a empezar. Estos productos se cultivan en el Sur y se consumen en el Norte. La adicción al café fue un problema social importante en la Europa del siglo XVIII y su difusión no ha dejado de extenderse; en el continente americano, la United Fruit Company ha creado y deshecho estados hasta dárseles el ahora popular nombre de «repúblicas bananeras»; así como un escritor recibe el 8% del precio de su libro en promedio, un productor de cacao recibe tan solo el 6% del fruto de su cosecha. Vanitas vanitatum, esclavitud, agricultura intensiva, patapún. Se deforesta a lo loco, los niños trabajan, los gorilas mueren; el tablero de ajedrez planetario evoluciona. El plátano está amenazado por el hongo Fusarium oxysporum, minúsculo y terco. El aumento del consumo de cacao en los países emergentes ―China, India, Brasil― hace temer una escasez en 2020. Nos preocupamos, suspiramos y nos preparamos otro expreso para reflexionar sobre todo esto con los labios dentro de la espuma. Dicen que Beethoven, un gran aficionado, usaba 60 granos por taza, lo que significa que la sonata n ° 8 en do menor, Op. 13, llamada «Pathétique», habría requerido algo así como 40 kilos de café.

Sería una elegía del tiempo que pasa ―¿podría haber una emoción más legítima? Una de las únicas que pueden competir con el aroma de un camembert―. Los romanos estaban de acuerdo, combinaban el lamento con las uvas bañadas por el sol, regadas con vino; no temían las redundancias. (Algunas servilletas estaban tejidas con amianto, bastaba con pasarlas por el fuego para borrar las marcas de labios grasientos con un simple retorno de llama). Los alcyones lloran, el lago ve pasar las horas propicias. Desafortunada, lo que huye de ti, amor, dinero, hápax existencial, no intentes recuperarlo, haz el duelo de la melancolía. Mira tu herida, es hermosa, te sonríe. Ha conocido los gozos, también. Días hermosos brillaron para ti, ahora debes endurecer tu alma como una piedra ―sed obstinata mente perfer, obdura. Destinatus obdura―. Mineralizarla, obstinada obsidiana, para que cruce el Aqueronte y aterrice en el ojo de Cerbero. Se lo merece, él y sus tres caras polémicas.

UN TEXTO DE

TRADUCCIÓN DE