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En 1973, un etnomusicólogo del Midwest estadounidense llamado Olsen viaja a Venezuela para estudiar la música y los rituales de curación de los Warao, una población indígena instalada en el Delta del Orinoco. Olsen posee más de 300 flautas y se dedica a investigar el rol de los aerófonos en las prácticas chamánicas de las sociedades tradicionales. En 1991, inmovilizado después de haberse dislocado la rótula derecha jugando al tenis, Olsen pasa las seis semanas de su convalecencia en el pequeño pueblo de Apalachicola, en Florida. Instalado en un bungalow con vistas a la bahía, se arrastra de una habitación a otra con la rodilla cubierta de hielo. Lleva consigo un libro que durante mucho tiempo se ha prometido leer, pero siempre tropieza con el segundo capítulo. Tan solo el título, Flautas y champiñones, era motivo suficiente como para despertar su curiosidad, pero, deprimido por la perspectiva de la futura decadencia de su cuerpo, y cansado por la resistencia que le oponía el texto, abandona la lectura y pone su destino en manos de la televisión. Allí ve desfilar un muestrario de seres humanos. Todo el mundo parece tener algo que decir, una pregunta que hacer, una hazaña que realizar, una idea que defender, un mensaje que transmitir. Le sorprende que sigan invitando a ventrílocuos a ese tipo de programas. La modesta magia de este arte no se aprecia en la pantalla. Lo que presenciamos la mayor parte del tiempo es el espectáculo grotesco de un individuo que desvaría contando historias ya gastadas con una horrible voz de esófago, si es que tal cosa puede existir. Olsen experimenta una vergüenza que le parece ridícula cada vez que se sienta frente al televisor. Sin embargo, se da cuenta de una cosa: lo que más le gusta de la televisión sucede al encender y apagar la máquina. El momento en que el flujo de electrones golpea el lado interno de la pantalla cubierta de fósforo y se abre un tragaluz en el centro. En unas pocas milésimas de segundo, una imagen se escapa, como si fuera de humo, e invade la pantalla. Desaparece de la misma manera, succionada por un agujero del tamaño de una cabeza de alfiler. Así es como él se representa los agujeros negros. Con el control remoto universal en sus manos, Olsen se pregunta si ese pequeño truco manual es la única magia de la que es capaz. A lo largo de su vida llegó a encontrarse en situaciones inusuales, algunas completamente inexplicables, y otras muy extrañas. Aunque no había nada de paranormal en los actos que había presenciado, lo cierto es que lo ocurrido había tenido lugar en un nivel suprasensible de su existencia. En su juventud, Olsen pasó algún tiempo en Sudamérica. Apenas acabar sus estudios descubre la historia de los Warao y se enamora de sus fabulosas flautas talladas en huesos de ciervo. Debido a sus palafitos[1], los extranjeros llaman a ese territorio "La Venecia del Orinoco". El nombre "Warao" significa literalmente "hombre que posee una canoa". Olsen se instala en un pueblo de unas veinte casas donde pasa varios meses. Durante las primeras semanas, interroga a los habitantes acerca de sus cantos. Qué dicen las canciones, quién las canta y en qué circunstancias. Le entonan canciones de cuna destinadas a educar o a hacer dormir que no tienen ninguna eficacia mágica. Olsen trenza su propia hamaca, que se rompe la primera noche. Aprende a tallar una flauta en un metacarpo de ciervo. Saborea el pez gato y las larvas del tamaño de un pulgar que crecen en los troncos de las palmeras. Cada una de esas experiencias lo pone eufórico y nervioso, pero se esfuerza por sentirse cómodo. Después de siete semanas, cuando ya está a punto de abandonar la aldea por unos días, una mujer de la que se ha hecho amigo le asegura que llorará por él cuando muera. La hija de esta mujer le hace la misma promesa mientras le entrega una lista de objetos para comprar cuando esté en la ciudad: rollos de hilo de nylon, pantalones y cuchillos. Mientras él permanece ausente la mujer muere durante el sueño. Cuando Olsen regresa, la hija le cuenta que una noche su madre se emborrachó y lloró repitiendo el nombre del etnomusicólogo como se repite el nombre de un muerto. Olsen percibe claramente que cada una de sus ausencias prefigura su muerte para aquellos con quienes vive, y se promete a sí mismo escribir una postal a sus padres al día siguiente. Piensa que él también debería haber prometido llorar, pero temiendo insultar a la mujer, e ignorando si este tipo de promesa es intercambiable, no dice nada. Algo le impide documentar el ritual cuando llega su primera oportunidad de grabar un canto funerario. Cuando una persona desaparece, los Warao se mueren de tristeza y muestran su dolor llorando. A veces toman medidas especiales que los hagan llorar, como mirar una foto de la persona desaparecida o emborracharse. Los muertos son naturalmente una fuente inagotable de tristeza. La mujer murió un día antes de que Olsen regresara a la aldea, y su cuerpo sigue expuesto. La familia vigila a la difunta lanzando lamentos, y todos se quedan en su hamaca sin hacer nada, o van a visitar a la familia y lloran un momento a su lado. Olsen ha venido sin su grabadora y no le cuesta llorar mientras mira el cuerpo de su amiga. Un hombre parado a pocos metros lo mira fijamente fumando un grueso puro. Por encima de una camiseta de Pink Floyd, lleva una especie de poncho hecho de conchas iridiscentes unidas entre sí con hilo de pescar. El hombre mide una cabeza menos que Olsen pero da la impresión de ocupar un gran espacio con su presencia. El etnomusicólogo espera tener la oportunidad de grabar al chamán antes de su partida. Los chamanes ven las cosas de manera diferente: creen en los espíritus. Olsen no sabe exactamente qué está haciendo en medio de la selva tropical. Sabe que las funciones de un chamán incluyen la curación de enfermedades, el encantamiento de las presas de caza y la interpretación de signos y hechizos. El chamán hace la mayoría de estas cosas cantando y eso es lo que le interesa a Olsen, aunque la posibilidad de que los espíritus respondan lo pone nervioso. El chamán le hace una señal para que lo siga hasta el pontón. Allí, le pide que se siente y le entrega una cantimplora con agua. Temblando de emoción, Olsen deja caer el tapón al río. El chamán le pregunta qué quiere saber sobre los cantos Warao. Le dice: "La canción es una pista. La construyes limpia y recta, y luego la sigues". Olsen ha escuchado cantos para dormir a los bebés, para enseñar a los niños, para mantener alejados a los muertos y para consolar a los vivos. Cree saber que los cantos también pueden curar a la gente y destruir objetos, y le gustaría mucho asistir a una demostración. El chamán sumerge un salabardo en el río para rescatar el tapón de la cantimplora y cita a Olsen para la mañana siguiente. Cuando se encuentran de nuevo, los dos están ojerosos porque han bebido demasiado y dormido poco. Olsen pone dos grabadores sobre la mesa, un Nagra de la Universidad para la cual trabaja y su aparato personal, un Concorde barato. El chamán le anuncia que su canción destruirá las grabadoras que están sobre la mesa, y añade que su canto es tan poderoso que en dos semanas los dispositivos quedarán irreparables. Olsen sonríe. Comienza la ceremonia. La voz que canta no es la del chamán. Es incluso una voz que mantiene una relación de contingencia con el cuerpo del chamán, como una grabación con la grabadora que la reproduce. El canto describe unas tijeras enormes que se transforman en una especie de animal con dientes afilados. El canto le pide al animal que destruya las grabadoras, derrita las baterías y destruya las cintas. En un canto como ese ninguna de las cosas debe mencionarse por su nombre real. Por eso la canción habla de "delfín", "tapir" y "lianas". Al final del canto, el chamán vuelve tranquilamente a encender su puro y aclara que le hubiera bastado con soplar el humo hacia los artefactos para destruirlos en el acto, pero que había temido por la seguridad de Olsen, que se encontraba cerca. Unas semanas después, las baterías del primer dispositivo liberan un ácido que se esparce por los cables. El segundo grabador comienza a rasgar las cintas de los casetes. Ninguno de los dos tiene arreglo.

 

 

 

 

[1] Construcción o vivienda elevada sobre pilotes en la orilla del mar, dentro de un lago o de un estanque.

UN TEXTO DE

TRADUCCIÓN DE