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El año pasado escribía un libro que me preocupaba, sobre todo porque no sabía a dónde iba, ni a dónde me llevaba. Trazaba líneas narrativas en la historia de las narraciones, pero esas líneas no habían encontrado forma ni título. Hasta que un día me pareció evidente que la forma y el título se habían impuesto. Nunca se sabe cómo opera una cristalización, cómo surge una forma de una confusión de líneas. El azar y lo inesperado juegan la mayor parte del tiempo un papel decisivo. Para que las líneas se confundieran en la obra futura de Jean-Christophe Norman, fue necesario recibir una fotografía de una amiga andando en kimono por las calles de Tokio. Tratándose de mi libro, fue necesario un domingo en familia. Habíamos ido a ver una exposición al Mac Val, a saber, la de Kader Attia. Una vez que acabamos la exposición, deambulábamos en los otros espacios del museo, menos atentos, casi distraídos, pero no obstante abiertos a lo que iba a ocurrir. Y lo que ocurrió superó entonces todas las expectativas que ni siquiera teníamos: un gigantesco muro cubierto de líneas manuscritas. En mi cabeza, pero también en la de las personas que me acompañaban, lo podía sentir, las imágenes se colisionaban: veía una gruta, inscripciones parietales, veía el código de Hammurabi, veía la historia del libro en su versión manuscrita, veía gestos y rituales. Veía la historia entera de la escritura. Debo aclarar que, en ese momento, me apasionaban algunos libros, en primer lugar, Una breve historia de las líneas de Tim Ingold, Los gestos de Vilém Flusser, La razón gráfica de Jack Goody y La invención de la literatura de Florence Dupont, que forman una biblioteca portátil que se cuestiona sobre los nacimientos: el de la escritura, la ficción, la narración y sus relaciones con lo que nos constituye, más allá de los objetos y de los medios que las codifican. Y quién lo diría, al voltearme, uno de esos objetos estaba exhibido, y es seguramente el más icónico de todos, pero nunca lo había visto tan claramente. Se trataba de un libro, por supuesto, que dialogaba con el fresco. Ahí, estaba abierto, ennegrecido, y este color decía tantas cosas: la acumulación, el revestimiento, el fuego. Yo estaba entonces obsesionado por esos libros que no lo son, Las mil y una noches o La odisea, por ejemplo, por el revestimiento de las historias que no dejan de mutar, y por una inquietud, la del fuego que veía por todas partes, porque me parecía inextricablemente ligada a nuestra forma de vida. Aquel objeto decía todo esto, y además se llamaba Ulises.

¿Qué hace uno con esto? ¿Qué hace uno cuando ve todas esas obsesiones cristalizadas, perfectamente ensambladas y expuestas? Nada, es demasiado fuerte, demasiado evidente. Uno sabe que tal cosa fermentará, uno espera a que se añeje. Y durante ese tiempo, vuelve el curso normal de los días. Dicho curso consiste esencialmente en la colecta de textos para un número de revista dedicado a lo que llamamos, con Olivia Rosenthal, la literatura expuesta. Debería seguramente haber reconocido que jamás había visto una experiencia de literatura expuesta más impresionante que durante mi visita a la exposición de Jean-Christophe Norman. Pero una vez más, era demasiado fuerte, demasiado evidente. Fue necesario que, algunas semanas más tarde, recibiera la propuesta de participar en el catálogo que usted lee para que me confrontara a aquella inquietante familiaridad.

Aprendí en estas últimas semanas a conocer mejor al artista y su obra. Y ex post, la inquietante familiaridad se reforzó. En la ficción que se ponía en marcha para mi libro, el narrador descifra los signos inscritos en los muros de una gruta y se propone preservar y transmitir la memoria de aquella constelación de prácticas, formas, usos y objetos que terminamos por llamar literatura. Pero todo parte de esta imagen: muros recubiertos de escritura. Hoy por hoy estoy casi seguro de que es el escenario que vi en la exposición de Jean-Christophe Norman en el Mac Val. Un escenario antropológico sobre la historia de la humanidad literaria, aquella humanidad que traza líneas y forma nudos, mientras se confronta con su posible extinción.

¿Qué la constituye? Probable y simplemente un conjunto de gestos y un aliento. Los hombres trazan líneas, no cabe duda, y lo que esas líneas han producido en nuestra historia, particularmente cuando han sido codificadas en un objeto –el libro– y en una práctica –el escrito–, es una inmensa aceleración, una propulsión, una incandescencia: fuego por todas partes. En el Mac Val, la confrontación con ese libro, Ulises, tan negro como si hubiera sido quemado, pero quemado por la tinta y el grafito –y por otra parte es aterrador saber que el grafito dota nuestros lápices como nuestros reactores nucleares–, la confrontación entonces de ese objeto y del muro de líneas dice a la vez el problema y la solución, el remedio y el veneno. Derrida llamó a esto, al igual que Platón, un pharmakôn. Por las líneas ardemos y por las líneas nos salvamos. Si ustedes no han tenido la suerte de ver estas obras, dos videos los apasionarán seguramente. Son más bien poco comunes, ya que Jean-Christophe Norman no documenta sistemáticamente sus performances, y, sobre todo, Ulysses, a long way, que consiste en dibujar el Ulises de Joyce en el mismísimo corazón de las ciudades. Algunos dicen que el desarrollo de la escritura es contemporáneo y concomitante al de las civilizaciones urbanas: conectando flujos y datos, capturándolos en un código, la escritura permitía que las ciudades se acrecentaran. Otros refieren que el nacimiento de la escritura tenía también otra función, ligada a la transcripción de rituales mágicos o chamánicos. Escribir Ulises en la ciudad es abrir ese combate de la escritura contra la escritura. A pesar de que Jean-Christophe Norman ha trabajado en metrópolis enardecidas, imperios de producción histérica de signos, entre las cuales Nom Pen figura en primera fila, la única performance que se consigue en video se desarrolla en una de las ciudades más apacibles del mundo: Basilea. Para quien conoce un poco Suiza, resulta difícil toparse con un tráfico más dulce y armonioso. Habría que ser terriblemente malintencionado para chocar con otro cuerpo o con un cochecito. Y, sin embargo, también funciona en Basilea. Cuando empieza a dibujar su línea en el suelo, compuesta en este caso por la última frase de cada uno de los libros de los que disponía la biblioteca de Friedrich Dürrenmatt, Jean-Christophe Norman no interrumpe el flujo del tráfico, sino que lo desvía, lo suspende, lo perturba y sobre todo nos lo hace ver, nos lo vuelve sensible.

Por mucho que la escritura permita una aceleración, es a veces y casi por naturaleza disminución de la velocidad. Pues es cierto que todo va siempre más rápido en nuestras mentes que en nuestras hojas o en nuestras pantallas, y que pensamos mil veces más rápido de lo que logramos transcribir. Escribir es seleccionar y recortar, esto frena nuestros motores recalentados. Ahí está lo que veo en esta performace y que me fascina. La obra arqueológica y antropológica de Jean-Christophe Norman, puesto que vuelve a poner en escena nuestra historia, vuelve a dar una esperanza, por precaria que sea. Es aún, a través de la escritura, y tal vez únicamente por ella, que se puede deshacer la escritura. Pero ella tiene que reenganchar el cuerpo, ella tiene que alterarlo, hay un precio a pagar, a pesar de todo, si se quiere sentir su poderío. Y por no pagar más, o por no sentir, la humanidad literaria corre a su pérdida. El precio por pagar es atlético, la conquista es la de un aliento. Pues respirar, lo sabemos, es arder. De esta obra, yo siento esto que es tan simple: respirar es también arder.

Más tarde me enteré de lo que motivó la decisión artística de Jean-Christophe Norman, precisamente la más decisiva de las decisiones, puesto que fue la de volverse un artista. Un hombre que engaña a la muerte yendo de cumbre en cumbre, cae gravemente enfermo. Ya no puede respirar. Reconquistar el aliento lo ocupa dos años, nada será como antes: se vuelve artista. Mantener el soplo de la vida es el corazón de su obra que no es autobiográfica, a no ser que se considere una autobiografía colectiva, la de la humanidad desde que es literaria, desde que le confió a la escritura su destino. Asiduos de los hits, de las cumbres, de la adrenalina o de la droga, de la circulación y de la conexión entre puntos distantes, son esos momentos en los que más que nunca nos sentimos vivos porque engañamos-a-la-muerte: Jean-Christophe Norman ha conquistado un aliento, mucho más lento, mucho más frugal, que mantiene en vida. Es nuestra historia la que él trabaja y escribe. Es también esta historia, solo me doy cuenta ahora, la que dio forma y título a mi libro. Se llama Engaña-la-muerte y allí se visita una gruta, como un museo de la humanidad literaria.

UN ENSAYO DE

TRADUCCIÓN DE