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Hora cero. La idea de perder el bus no parecía posible hasta que vi el andén vacío y la bocanada del exosto al arrancar. Eché a correr y se me vinieron encima la vida sedentaria, los almuerzos sin fin, el haber pasado el tiempo en un sillón. Ser el último en subir no significa nada, también hay un último relato, un último hombre que ya nadie podrá recordar. Llevo unos calzoncillos para cambiarme y este diario que se obstina. Son las siete de la mañana. Podría seguir a través de pequeñas terminales de bus, de un lado a otro, pero voy a un sitio de ese mapa interior que se parece a los objetos olvidados en los cajones. Voy a un lugar con muchas capas de polvo, hecho con la espesura del pasado, un punto en el que se dice, de manera fatalista, que ya no es posible retornar. Este viaje es como el instante previo en que un miembro erizado escupe el plomo de la vida, hiriendo de calor e incertidumbre la entraña de una madre.

 

Hora uno. Hace dos décadas, una mañana de enero, fui a conocer el mar. Fue al día siguiente de que mi abuelo cumpliera un año de muerto. Había dejado este mundo, sin quejarse, después de perder el habla. Tuvimos que hacer una colecta para sacarlo de la clínica. Pensamos en pagarle un ataúd de roble y un funeral digno. Llegado el momento faltaban dos mil pesos. Nadie en la familia quiso agregar una moneda y por eso lo velamos en el patio de la casa, en medio de los helechos que él mismo había sembrado. Recuerdo que vino un hombre a cantarle, un tipo ciego, mal vestido y con el pelo enmarañado y un fuerte olor a aguardiente. Yo le ofrecí mi silla. Desde el fondo del patio él afinó la guitarra. Su voz de bajo, su bohemia, sus manos ágiles y precisas en el diapasón. Se trataba de una voz humana, sin duda, la voz de alguien que ha conocido el barro, aunque no parecía la voz de un hombre vivo. Luego de tocar, se nos quedó la canción como una úlcera, lo vimos sacar una botellita, ir hasta el centro y derramar un trago sobre el cadáver. “Tú, me dijo uno de mis tíos, ayuda al compadre Nacho, está buscando la puerta”. Obedecí. En la calle, en medio de un ventarrón, el compadre me ofreció un aguardiente, me dijo que aprendiera a tocar la guitarra si quería conversar con los muertos, y lo fue diciendo con la lentitud de los borrachos, al mismo tiempo que me daba el instrumento, las cuerdas abigarradas, los trastes desgastados, y me dejaba ahí, al frente de la casa, mientras él se volvía uno con la oscuridad.

Nunca le saqué provecho al regalo hasta que lo vendí a un buen precio. A mi abuelo decidimos enterrarlo en un cementerio diminuto, a las afueras de Madrid, el pueblo de su infancia donde había sido subsecretario de algún alcalde. Ignoramos que cada visita se convertiría en una tortura, pues demasiado lejos estaban del tumulto humano esas lápidas amontonadas entre marañas de insectos y cenizas de rosas. El día del entierro alguien dijo “el viejo nunca fue al mar”.

 

Hora dos. Anoche mi hija me preguntó a dónde me iba. Le contesté la verdad: “Voy a visitar a un amigo”. Sin embargo no tuve el coraje de decirle que mi amigo estaba muerto. Anoche sacamos el telescopio y observamos el cielo. Mi hija me pidió que le volviera a contar la historia que me contó mi abuelo, una anécdota que él cambió muchas veces en sus detalles y que yo intenté corregir con la memoria de los demás, un relato que se remontaba al año de 1910: un joven tiene mis ojos y mi estatura (embriagado engendrará a mi padre), recibe La Vanguardia, The New York Times, el Bulletin de la Société Astronomique de France, diarios que le siguen la huella al cometa Halley, diarios inquietos por la existencia del cianógeno, la estela que va dejando el cometa en el cielo y que tiene propiedades venenosas. El abuelo traduce al español de América los pasajes aprobados por unanimidad, escribe en la prensa capitalina sendos artículos que amedrentan a la población.

 

El gas mortífero, conocido como cianógeno, ataca a los hombres, a los animales y a los cultivos. Ha producido varios casos de contaminación en París, donde las comunidades científicas están desarrollando una máscara protectora. Una réplica puede comprarse en la Calle Real, en casa de Guillermo López, quien trabaja en el Observatorio Astronómico más antiguo de América.

 

Un mes después, las élites criollas le ponen una máscara de caucho al ganado y se mandan a sacar fotografías que publican en el Diario de Cundinamarca, siguiendo el ejemplo de la Revue Populaire d’Astronomie, editada en Bruselas.

En casa de Guillermo, convertida en taller, una pequeña fortuna se está acumulando. Las envidias no se hacen esperar, dos o tres diatribas aparecen diciendo que el señor López nunca ha trabajado en el Observatorio, que sus máscaras están hechas con una aleación tóxica y letal, que los científicos han desmentido los rumores y el 20 de mayo los habitantes del planeta se darán cuenta de su insensatez cuando la cola luminosa del Halley se aleje de la Tierra.

El 21 irrumpen en la residencia de Guillermo López. ¿Quiénes? Godos y liberales; mi abuelo es el culpable de la muerte de dos hermanos, encontrados en la Plaza de Bolívar. En los meses de junio a septiembre, es acusado de varios asesinatos cada vez que se encuentra un cuerpo con los síntomas de la asfixia y la careta inconfundible pegada al rostro.

—Entonces, ¿el abuelo era malo? —me interrumpe mi hija.

“Sí, mi amor”, le respondo, y aguardo ver sus ojos dormidos antes de decirle “un hombre malo, como tu padre”.

 

Hora seis. El bus se estaciona en un parqueadero desértico. Aplasto de un golpe a un zancudo. Atravieso calles, doblo esquinas. Me quito los zapatos y entro en la arena. He leído que el país está cada vez más poblado, pero aquí no veo a nadie. Parece que no hay vida en esta playa. Veo cascarones de cangrejos, hilos de redes, una quilla enterrada, pedazos de la industria local. En un extremo, un acantilado. Y desde el promontorio, la yerba como un desafío. A veces se puede ver una vaca pastando en las alturas o varias mirando absortas el horizonte. Pica el sol. El hotel donde estuve hace años, después de que se murió el abuelo, sigue en pie. Ya no lo habita nadie, aunque veo a un pájaro sacudirse las alas en uno de sus balcones, en medio de sillas volcadas y manteles con manchas de vino. La edificación está en venta. Una mano de pintura le devolvería la fachada alegre, los estucos brillantes. No ha desaparecido el malecón. Hay un gran charco en la carretera, un espejo de agua salada que refleja el paso moroso de la tarde.

 

Hora nueve. Un grupo de cuatro hippies son los únicos en meterse al mar. Un quinto, en silla de ruedas, permanece impávido frente al océano, cargando los maletines, las botellas de agua, los canastos con frutas, los zapatos, las toallas, una jaula con un canario, las ropas en desorden. Al fondo, el sol se hunde como un cuchillo. Los pájaros van a buscar en las crestas de los rompeolas el tributo de la marea.

 

Hora doce. Amalia, un tatuaje en el hueso sacro, un sol que alumbraba como una lámpara cuando hacíamos el amor. Desayunos en la tarde, paseos en los alrededores de la ciudad, ollas requemadas, un puñetazo en mi nariz, calles y paseos y más humo en la cocina y manchas de cigarrillo y tazas derramadas en la alfombra. Luego me casé con Beatriz. Cuatro años. Grandes senos que fueron resignándose a la gravedad. Pie plano, crisis provocadas por el miedo a la muerte. Años después tuvimos una hija. Le cuento historias antes de dormir. Celeste, mexicana de cuarenta kilos, magíster en ingeniería de alimentos, meses tórridos entre marzo y julio. Diego. Mirada triste. Pecho lampiño, delgado, atlético. Jimena, insomne, imposible penetrarla sin un estimulante psicotrópico. Laura, había traído su piel de una isla del caribe. Un pubis depilado que chupaba despacio, un sexo siempre húmedo. Hacíamos el amor de pie o en una silla o ante el espejo roto de la cómoda. Odette, exigía doble preservativo; era prostituta, simulaba un acento. La segunda vez que estuvimos se llamaba Claire, me cobró el doble, me dijo que me amaba. Yo le creí. Rosa, le gustaba experimentar. No le importaban los vecinos, gritaba desde el primer momento, sabía acariciarme desencadenando un latigazo interior. Simona, su pelo corto y rubio, lunares de todos los tamaños, se movía como si hubiera pisado un alacrán. Tatiana, un tres de julio a las cuatro de la tarde, siete horas después de salir de prisión, indemne y sin cargos. ¿Por qué un hombre asesina a otro? Verónica, golpecitos en el clítoris, movimientos lentos, palabras soeces al oído. Meses de encuentro con seres sin nombre, sin rostro. Diego, había una tristeza al abrazarme, una ternura después de amarnos. Wendy, estudió en Princeton, me rasguñaba, me mordía, un vibrador en forma de gladiador, películas en blanco y negro, senos diminutos. 1950-1983: brumas, cometas e instantes sumidos en la neblina. Y Diego, su gracia al cantar, sus cabellos despelucados, las camisas sin planchar, asesinado en un cuarto de hotel a orillas del Pacífico.

 

Hora catorce. Para irse hay que extraer las culpas que zumban en el cuerpo. El mar sigue alejándose. Diego tenía espuma blanca en la boca y la lengua mordida cuando fue encontrado. También tuvo que hacerse una colecta para retirarle, no como a mi abuelo de la clínica sino de la morgue. Un cuerpo que no puede ir a ninguna parte es un problema. Oigo el rumor de las olas, oigo en la playa las bocinas. Vinieron a sacar a la vaca del océano. Se desplomó al atardecer por el acantilado. Han venido a socorrer a los pescadores que han venido a rescatar ese pez de media tonelada. Codician la carne para venderla. Un oficial me hace una pregunta. Me gustaría decirle que he matado a un hombre con una máscara de caucho fabricada en 1910 y que tengo el vientre lleno de veneno. Escucho las palabras “otro borracho”. Alguien argumenta que soy el único testigo. Es cierto. En este rincón del mundo hasta los animales conocen la tristeza. Vi una vaca tirarse al vacío, capitán, escuché los cuernos contra las rocas. Vi a los pescadores desgajarla con golpes de arpón. Me suben a una camilla. Un ciego ha comenzado a puntear una guitarra. Suena la hora en el reloj del pánico. En las salas de cuidados intensivos, hay instrumentos que marcan los pulsos del tiempo. A cada destello en la pantalla, esa música amenaza con extinguirse. Puedo ver a una niña, su cara dulce, como de otro mundo. Veo a Diego, debajo mío, suplicante, ahogado con una máscara de oxígeno, que ahora intenta, en vano, hacerme revivir.

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