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6:34 am

Una mujer sueña con su refugio.

 

6:37 am

           Lleva ya tres meses saltando continuamente desde el cuarto de su antiguo departamento,

su cuerpo sobre su cuerpo reposa en el jardín,

ella sueña con ese milagro.

 

7:04 am

Se vistió como pudo,

           la mujer tiembla y no sueña más que con sus espasmos, los dientes castañeando en su boca, al interior de las mandíbulas el sonido y el dolor, en sus tímpanos el latido,

esos no son sus gestos,

los demás, en el metro, parecen estar bien.

Más tarde,

           salta nuevamente desde la única ventana que daba al jardín, no está molesta con nadie, pero siente esa necesidad de hacer daño, tiene miedo y le habla a sus manos de sus manos, las mira y se acaricia como se acaricia un fusil,

mantiene su secreto,

para ella,

el metro desplaza a los hombres pero los cuerpos han perdido su lenguaje,

ella respira, está ahí,

es necesario que lo recuerde.

 

7:11 am

           No ha habido daño alguno, nada aparecerá mañana en los periódicos, su crimen es íntimo,

sale, deja un pedazo de su ser en el metro repleto de gente,

su olor y una que otra palabra murmurada,

es necesario que lo recuerde,

se vacía, es urgente, ella sabe hacer eso,

ella le sonríe, segura, mantiene el control.

No ha habido daño alguno pero ahora de pronto regresa,

           “Mierda”, dice “mierda, ahora regresa”, aún lleva su cuerpo un tanto más frío,

camina,

abre el portal,

un mapa,

sobre un cartel,

no lo entiende, nunca ha entendido los mapas,

Pabellón N, lo recuerda ahora, es ahí a donde iba,

sin promesas,

un instante de sosiego,

sueña con renunciar,

abandonar,

pero con renunciar no basta,

abandona, su cuerpo de pie se acuesta delante de ella,

           pone despacio la mejilla de su rostro contra el piso de baldosas de la casa familiar,

temperatura ideal, fresca,

con renunciar no basta,

no basta con extraerlo,

aún está de pie.

 

7:29 am

Una cafetería,

un hombre intubado huele su café,

una mujer joven frente a él le sonríe, debe tener quince años.

           “Pabellón N, todo recto, a la derecha, de las escaleras a la izquierda, luego todo de frente, ¿me oye?”

Cafetería,

           ella ama esta palabra, con un amor que no capta, se hunde completamente en esta palabra y deja de temblar, un instante de sosiego, deja de oír la voz que le indica el camino, solo es capaz de amar,

no oye más que esto

“¿me oye?”

           ella repasa de nuevo la visión del hombre intubado que, esta vez de espaldas, no verá sonrisa alguna,

           ella salta, otra vez,

para no hacer daño.

Esta vez, no regresará,

ella saltó sobre su cuerpo en el jardín,

sobre sus huellas y en su propio agujero

sueña con renunciar,

sueña con ese milagro,

           se acuerda, saltó demasiadas veces, ahí abajo es a donde iba, su edad ahora, son cuarenta y tres años que se dirige, se dirige nuevamente desde su cama en donde mataba a su hijo, sabe que es falso pero el recuerdo está presente,

gozo,

culpabilidad,

todo el entramado de sensaciones,

salta nuevamente desde su antiguo departamento,

se estrella nuevamente fuera de su cuerpo,

no quiere acordarse más.

 

8:01 am

Dos faros se iluminan al fondo del estacionamiento,

sacude un álamo una borrasca de viento,

los faros colorean de amarillo la bruma y al mismo tiempo la componen,

con un olor de gasolina

espesa

y el ruido del motor, la temperatura desciende bruscamente,

un cielo más antiguo se abre,

ella sueña con la mañana,

con otra mañana,

           en la primera mañana de su memoria, vive un instante en su cuerpo de ocho años,

aquí ya nadie la espera

se dirige al pabellón N,

           las puertas se deslizan, un girofaro se refleja en ellas, una camilla y tres policías ríen demasiado fuerte,

“déjenlo, ya nos ocuparemos, señores”.

 

10:56 am

Verifica que tiene aún su ticket,

sentada frente al reloj clásico negro y blanco,

           cada segundo la hace parpadear, de los dos ojos, ella se ocupa, como puede, mientras espera que la pantalla la llame,

el ticket está arrugado,

           una mujer llora en los brazos de un hombre que le dice “ahora todo va a estar bien”.

 

11:54 am

Ella saltó,

           mató a su cuerpo, también a ese viejo vagabundo y al tira que le sostenía la mano,

ya no hay más agua en la fuente del hospital,

tampoco vasos,

la tele, en el cuarto, está prendida,

ella descansa, se siente bien, está fuera de peligro

aquí la puerta está cerrada, aquí está sola,

el brazalete verde lleva su nombre en la etiqueta,

ella sonríe, se acuerda

esa mañana,

los faros de ese automóvil,

y el álamo,

la remembranza de toda su infancia en ese estacionamiento,

          dos últimos cigarros en el jardín de urgencias psiquiátricas y esta espera dulce y serena de un cuarto en el piso,

          los pasillos y los rostros familiares, el viejo dealer de su antiguo vecindario, los dos vagabundos inseparables del centro de la ciudad, el cotidiano de las enfermeras y el calefactor hasta el tope, las pequeñas salas en los servicios de urgencias de donde salen los gritos, la comida en bandeja de los residentes en psiquiatría,

por convertirse,

en un mundo nuevo,

“vengan conmigo, es por aquí”

“recuéstense”

“¿qué pasa?”

“quédense ahí, ahorita vuelvo”.

 

Cuarto 204 a las 19:04 pm

La cama está empapada,

ella se voltea,

ya no salta,

ya no quiere acordarse.

ella quisiera quedarse ahí un momento,

           la enfermera hace poco le tocó la mano, ella sintió el amor en sus manos, el calor,

           ella le dijo a lo tonto: “me parece usted muy bella”, muy a lo tonto, y la enfermera le tomó la mano: “Descríbame su suicidio”.

 

El 7 de diciembre a las 11:08 am

Ella regresó,

ya no puede salir,

abandona,

pero escribe que se acuerda,

renuncia,

lo escribe,

salta,

sueña con ese milagro,

abandona,

los demás, en el metro, parecen estar bien.

UN TEXTO DE

TRADUCCIÓN DE