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ELLA lo dice, al principio, cuando al principio fue el verbo, cuando las primeras palabras, las primeras que oyó en su vida. Cruel palabra de oro, de evangelio, grabada en la migraña, don inaugural de la madrina Carabosse, infundido mágicamente con dedos de hada, dedos de dama: cuatro palabras, cuatro, como veneno en la oreja, como una pájara de mal agüero, pesadas, proféticas, oraculares; polvo mágico y todo el cuento, y en su negro corazón una futura rueca afilada.

ELLA lo dice. La anciana lo dice. Después del escándalo de carnes, después de la sangrienta cosecha del cepellón —hígado, intestinos, bazo, corazón-riñón—, el pequeño cepellón, más arrancado que otra cosa, extirpado por las hábiles falanges de la vecina, Wilfred Thomassin hija, fórceps humanos y experta en sudores en esa habitación chorreada. Lo dice mientras la madre se moría de mucha sangre y de perderse; y de escurrir, vuelta líquido dolor. La anciana lo dice cuando de antemano sabíamos, frente a la exangüe insalubridad de ese rostro, a su licuada morfología, que tres veces pasará y la última será la única, como dice la canción[1]. Que la primera será la última.

HUBO silencio. Cuando el rostro de la parturienta, como un guante, se volteó, su figura humana hecha alarido, fuera de sí misma, por un instante reducida solo a estridencias y labios, solo a acrobáticos decibeles, y luego solo a labios y silencio silencio silencio; cabellos ojos nariz dientes boca dejados en el camino, componentes de una joya inútil en esa carnicería, el hilo de su cara roto bruscamente y sus perlas tragadas en silencio. Ese rostro de parturienta, volteado, remangado, nada más que mucosas; rostro vuelto vagina; mientras que abajo, en medio de un dolor sublime, emerge la nueva cara, reciente, cagada. Una nueva ramilla en la infinita genealogía de muñecas rusas que se chupan la cara, como serpientes mordiéndose la cola.

ELLA LO DICE. Después del grito que anunciara el paso al ser, después de que doblaran las campanas, con el chillido ridículo de la vida que comienza, ella lo dice; justo después de la primera bocanada de aire, en ese frío de aceite hirviente que hace la carne aullante, verdaderamente viva, fulminada por la terrible crudeza de las luces —terribles vientos, sonidos, sensaciones descapulladas—, ya callada la cosa y callado el sublime dolor, callado el vagido, ella lo dice.

UNA VEZ apagada la gritería llegaron las palabras, mientras que en el primer piso colocaban en el agua pacientemente entibiada, sobre la hornalla trasera, al despojo —cosa nacida, extirpada más que parida, ese pedazo de carne con sus fontanelas abiertas, como un huevo puesto demasiado pronto, esa vida forzada, dragada fuera de la jaula de agua dulce de infinitos bronquios (el aire entra, de afuera hacia adentro, con una sensación de puertas oxidadas y vidrios rotos), los ojos con pus, todo vérnix, patas palmeadas, lombriz antehumana—, ella lo dice, al tiempo que las respiraciones, las corridas, las risas forzadas y el malestar de las otras cuatro más uno (ese que cuenta a medias), allá, afuera, atravesaron por un instante las paredes, y así pudimos escuchar, más allá de los paneles de cedro, más allá del suntuoso lecho de la moribunda, esa vida sincopada que late, y late, y late uniformemente, acostumbrada tan acostumbrada a ser.

 

ELLA lo dice en medio del círculo de las mujeres. Cuatro palabras, cuatro, como si estuviera bajo el efecto del laurel quemado por la atizadora, lo dice sabiendo de antemano, mientras Luciana Matriciana arrojaba una sábana para borrar con la blanca el blanco del rostro de harina música y leche de la mamá para siempre muerta. Ella lo dice en medio de la humareda, en medio del crujido de la leña, en el momento primero de calor fervor al sumergir en el agua al pececillo —¡el agua! ¡descubrimiento maravilloso!—, con la temperatura exacta en la que debería permanecer, esa carne venida demasiado pronto, segunda gaveta de la cocina de leña, bajo vigilancia constante y ojo de mercurio durante dos o tres semanas, según su peso.

LLORANDO a su hija, su única, su Blanca exangüe, ella lo dice, y la corona de espinas vino a ceñir sus labios en adelante y para siempre solamente abuela. Para siempre vieja, la anciana, en adelante para siempre vieja de la boca y sus alrededores. De esa fuente cuatro palabras cayeron, marcadas a fuego, cuatro que se hundieron, perdidas; como lloradas, perladas, como lo habrían hecho, una por una, tantas gotas de sangre —o de lágrimas, si hubiese podido.

Ella lo dice, la abuela:

Mierda.

Es una niña.

 

Fragmento de La dévoration des fées (Ed. Le Quartanier).

[1] Canción popular infantil, tanto en Francia como en Quebec, cuyos versos incorpora y modifica la autora libremente. N. de los T.

UN TEXTO DE

TRADUCCIÓN DE