LA LÍNEA INDELEBLE

ANDREA FRANCO

Suena el timbre y yo, que no puedo evitar la demora, correteo hacia el portero eléctrico donde grito ya voy, ya voy y sé que Bruno, su silencio destinado a impacientarme, del otro lado toca y no deja de tocar el timbre con el indudable propósito de volverme loca de una vez y para siempre. Agarro guantes, gorro, cigarrillos y bajo las escaleras de dos en dos. Desde hace días el dolor de mis pies se volvió insoportable, pero con Bruno de pronto tan cerca no hay dolor que no pueda esperar. Antes de llegar al palier del edificio freno y espío por una de las pequeñas ventanas de la escalera, lo veo parado justo en el borde de la calle, inmerso en un exhaustivo análisis de las líneas que se esparcen en el piso de papel cuadriculado y a punto de ser atropellado por una bicicleta. Todo en Bruno me causa una inexplicable ternura, incluso que al verme haga el gesto exagerado de un escape y levante la mano en busca de un taxi que en esta ciudad no llegaría nunca. Mientras él se aleja por la calle y mira con cara de susto por sobre su hombro, yo le grito y en el grito le ruego que no sea tan malo, le digo que haga cualquier cosa menos hacerme correr. Él se da vuelta y sonríe sin saber que mi prematura vejez se debe en parte a la pérdida de la ilusión: el tiempo que me queda es demasiado poco, como si ya hubiera vivido todo lo que hay para vivir. Bruno ignorante se acerca para decir que soy la menor de los cuatro y que me queda la vida entera pero yo creo que habla más de él que de mí. Caminamos a ritmo decidido y le digo que ahora que se va me cuesta creer que haya venido a visitarme. Avanzamos como si nos impulsara una corriente de aire y le digo que cuando volvamos a conocernos me gustaría que él fuera astronauta y yo azafata, y que los dos estemos mal de la cabeza, él por flotar y comer alimentos deshidratados y yo por sonreír todo el día. Él dice que para desequilibrios no necesito cambiar nada, aunque lleve meses en el intento de olvidarme de todo. Le digo que a veces, cuando estoy sola y hace todavía más frío que ahora, pienso en tirar un fósforo al tacho de basura y hacerlo arder rápido como en las películas. Para Bruno esta ciudad siempre es una película y yo digo que no, que es un museo, un museo lleno de museos y que por eso quiero llevarlo a mi preferido, lugar perfecto para que un astronauta gruñón y una azafata tonta se despidan. En esta época del año la piel de Bruno combina con la mía, sus rulos zonzos a falta de humedad se mimetizan con mi pelo agotado, plano. Hace poco más de dos años él, piel curtida en musculosa y rulos electrizados, me ayudaba a subir valijas y cajas por las angostas escaleras que se cierran hacia el sexto piso de un edificio europeo que nunca llegó a ser del todo mío. Me pregunto qué es lo mío, quién traza la línea indeleble de la propiedad ajena o propia. Bruno me dice que vuelva, no porque él me espere, sino porque quiere verme volver. Yo le digo que irse es lo más fácil, el miedo es a todo eso a lo que hay que volver.

 

En el museo me detengo en un cuadro de una cara entre cuencos y frutas y cuando Bruno me empuja, en parte porque estorbo el camino de los visitantes y en parte solo para molestarme, le digo que tenga cuidado de no perder las valijas en el aeropuerto y él dice que después de tanto le devuelvo los mismos consejos inútiles que él me habrá dado alguna vez. Todo consejo es inútil, pienso, pero con Bruno la conversación nunca se detiene, siempre se retoma en un punto anterior para rebotar inquieta hacia otra parte, una palabra se une a otra y me cuesta encontrar de dónde proviene el impulso que nos mantiene constantes. Ahora que hablo y señalo y suspiro y nadie responde, miro a mi derecha y Bruno se habrá evaporado entre la multitud o se adelantará por una corriente de espaldas rumbo a la salida o se habrá detenido unas salas antes para contemplar un cuadro por unos instantes más de lo habitual pero de todos modos lo que sucede es que ya no está, se fue, se desvaneció. Lo busco entre las caras de los desconocidos, las piernas atolondradas, los codos insolentes, los tapados gruesos de paño. Digo su nombre primero despacio y después más fuerte hasta que al grito de Bruno donde estás una señora me dice que me calle. Algo de la impotencia de la falta de la soledad me llena los ojos de lágrimas. No puedo perder otro hermano. En un intento de seguir los pasos de las personas normales me dirijo hacia la puerta de salida, hacia la explanada, hacia el puente. Con el viento frío que me estira la piel y me corre las lágrimas deseo encontrarte sobre los hombros de alguien, rodeado de un grupo de personas que aplauden a tu alrededor, pero no hay nadie y vibra mi cartera y en el celular tu mensaje dice te perdí sin querer pero mejor así, sin despedidas.

Andrea Franco (1991) nació en La Habana, Cuba, y fue criada en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Licenciada en Letras de la Universidad de Buenos Aires y estudiante de la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional Tres de Febrero, se formó también en diversos talleres de escritura con profesores como Diego Paszkowski y Félix Bruzzone. Sus cuentos 6,21, Salida de emergencia y Milhojas han sido publicados en plaquetas y antologías de nuevos narradores. En el campo laboral, se desempeña como correctora y editora independiente y, desde 2016, coordina talleres de escritura creativa en su domicilio particular. En sus ratos libres, es violinista de tango y organiza ciclos de literatura y música como JamOn, Geisho y La Invitada.