UNA REVISTA BI 

Traducción de 

Publicada por primera vez en Internet en el año 2000 para luego desarrollarse en su versión papel a partir del año 2004, la revista La Mer gelée se extinguió antes de renacer en 2016 bajo el impulso de un comité de redacción ampliado y repartido entre París, Lyon y Berlín.

Han desaparecido los ensayos y textos de crítica de los primeros números, así como las propuestas plásticas, y la revista se centra ahora en la ficción en prosa o la poesía.

Los números publicados bajo la nueva fórmula son:

 

→CHIEN / HUND (número “manifiesto” publicado en marzo de 2016),

 

puesto que “CHIEN (perro) siempre está amenazado por el desprecio, mucho más que CHEVAL (caballo). Pero es a partir del desprecio y su desafío, a partir de la respuesta al desprecio que todo comienza. Que comienza la historia, que comienza la literatura o cosas de este tipo".

 

→MAMAN / MUTTER (verano 2017),

 

"¿Amas a tu Mamá? ¿Comes carne? ¿Te gustan los animales? ¿Qué prefieres, los gatos o las ratas? ¿Te gusta la literatura y las artes? ¿Te gusta la salchicha de Lyon? Te gusta la salchicha de Lyon, sí, pero ¿también te gustan los paisajes de Francia? Te gusta la salchicha de Lyon y los paisajes de Francia, pero ¿acaso sabes lo que es una Familia?"

 

A lo largo de su historia, La Mer gelée ha publicado autores como: Elfriede Jelinek, Georges-Arthur Goldschmidt, Thomas Jonigk, Noémi Lefebvre, Jayrome C. Robinet, Pierre Bergounioux, Serge Pey, Christian Prigent, Alfred Döblin, Hans Falllada, Andres Veiel, Yoko Tawada, Jacob Wren, Hervé Bouchard, Alban Lefranc, Jean-Marc Rouillan, Daniela Dröscher, Chrétien de Troyes, Jean-Pierre Faye, Patrick Quillier, Ron Winkler, Johannes Jansen, Monika Rinck, Gilles Amalvi, Antoine Brea, Nina Bussmann y también Arno Calleja.

Uno de los rasgos más importantes de La Mer gelée, revista literaria internacionalista cuyo equipo editorial está compuesto tanto por autores como por traductores, es que todos los textos se publican tanto en francés como en alemán, y a veces también en otros idiomas (inglés, francés antiguo, español, ruso...).

Pero, por cierto, ¿por qué "La Mer gelée" (El Mar congelado)?

 

Querido Oskar,

Me has escrito una carta encantadora pidiéndome, o una respuesta rápida, o ninguna; han pasado quince días sin que yo te haya escrito nada, y sería imperdonable si no tuviera mis razones. Primero quise escribirte solo cosas bien pensadas porque mi respuesta a esta carta me parecía más importante que todas las demás (desafortunadamente, no lo hice); luego leí de un solo golpe el Diario de Hebbel (casi mil ochocientas páginas), mientras que en el pasado siempre lo retomaba por fragmentos, en los que no encontraba ningún placer. Sin embargo, esta vez comencé de manera continua, al principio como un juego, hasta sentirme finalmente como un cavernícola que, habiendo rodado una gran piedra delante de la entrada de su cueva, un poco por juego, un poco para romper con el aburrimiento, se descubre de pronto aterrado al ver que la piedra le priva del aire y lo sumerge en la oscuridad. Entonces intenta moverla, con un ardor extraño, pero ahora es diez veces más pesada y, para recobrar el aire y la luz, el hombre angustiado debe estirar todas sus fuerzas. De la misma manera no pude escribir una sola palabra durante todo este tiempo, puesto que al fijar con la mirada una vida tal, que se eleva continuamente y sin trabas, tan alta que uno apenas si puede seguirla con un catalejo, es imposible mantener la conciencia tranquila. Pero es bueno que la conciencia cargue con largas heridas, solo así se vuelve más sensible a las mordeduras. Además de que me parece que solo deberíamos leer libros que nos muerdan y nos piquen. Si el libro que leemos no nos despierta con un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo? ¿Para que pueda hacernos felices, como me dices? Dios mío, seríamos igual de felices si no tuviéramos libros, y libros que nos hagan felices muy bien podríamos escribirlos nosotros mismos. Por otro lado, necesitamos libros que actúen sobre nosotros como una desgracia que nos haga sufrir muchísimo, como la muerte de alguien a quien amáramos más que a nosotros mismos, como si estuviéramos proscritos, condenados a vivir en bosques alejados de todos los hombres, como un suicidio -un l­ibro debe ser el hacha para el mar congelado que habita en nosotros. Eso es lo que pienso.

Pero tú eres feliz, tu carta irradia positividad, y creo que solo fuiste infeliz, en algún tiempo lejano, por culpa de esas relaciones que no valen nada. Es normal. Uno no puede tomar el sol a la sombra. Pero no creo ser el responsable de tu felicidad. En el mejor de los casos, yo lo vería así: un hombre sabio, cuya sabiduría permanecía oculta a sus propios ojos, se encuentra de pronto con un loco y habla con él sobre cosas aparentemente muy lejanas. La conversación termina, ya que el loco quiere irse a su casa -vive en un palomar-, y el otro salta sobre su cuello, lo besa y le grita: gracias, gracias, gracias, gracias. ¿Por qué? La locura del loco había sido tan grande que le había mostrado al sabio su propia sabiduría....

 

Tengo la impresión de haberte agraviado, y siento como si tuviera que pedirte perdón. Pero no sé de ningún agravio.

 

Tu Franz.    

 

 

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