UN CUENTO DE 

Traducción de 

La gente del norte tiene en el corazón músculos y grasa. Como todo el mundo. Tal vez hasta un poco más que todo el mundo. Llegué a Lille como un pelo en la sopa[1], por un caldo de clítoris en marzo de 2005. Isabel me salvó el pellejo recibiéndome en su casa. Tenía su consultorio de psicóloga en la vieja ciudad, al norte. Yo no dejaba de desentonar con mi cara de toxicómano y mis harapos de indigente. Hasta las rubias y sus perros que poblaban el lugar me ignoraban por completo. Debía incluso causarles miedo. Los chicos del colegio católico de abajo me abucheaban a veces, se burlaban de mi aire encorvado, hechizado, la locura empezaba a leerse en mi cara. Yo mezclaba alegremente cerveza y neurolépticos para esconderme de mí mismo, este ser calamitoso. La ciudad, Lille, es puro aburrimiento. La gente del norte tiene en el espíritu un gusano marrón y cerveza sin gas. En ese tesoro de mierda conocí el bar de Annie. Una tarde mientras arrastraba mi habitual perversión por las callejuelas adoquinadas de la ciudad, el cielo colgaba entre dos nubes grasosas, y yo caminaba siguiendo un calzón marcado bajo los jeans, un poco más lejos que de costumbre. Los barrios de las estaciones de trenes tienen a menudo mala fama. Como si todos los delincuentes esperaran sus trenes para largarse de acá. Finalmente, la chica se precipitó a la boca del metro; en Lille, cada metro es un metro de la muerte. La gente enloquece en las ciudades fofas. Y heme aquí entonces, en el barrio de Lille Flandres, abandonado a mi pobre suerte de alcohólico, con diez euros y las bondades de la vista. Calles tristemente simétricas como cuadros de pintores de domingo. El norte es, antes que nada, feo. Me dirigí al primer bar que encontré. Era un bar de hombres de negocios. Continué cien metros más. Vi un café al lado. Comenzaba a llover. Me refugié en el interior. Había un montón de chicas, pensé. No había visto la banderita arcoíris pelotuda, y esas lesbianas sexistas se negaron a servirme. La mesera me mostró la puerta de mala manera. Volví a salir de Lesbos fastidiado, bajo la lluvia que caía ahora a gruesas gotas. Fue entonces cuando vi del otro lado de la calle, bajo un letrero rojo de Le Gaulois, un antro que parecía dispuesto a acogerme. Ciertamente no era muy atractivo, pero yo tenía el pelo largo. Empujé la gruesa puerta de vidrio. El lugar olía a Ricard[2] y a Wizard[3]. Parecía como si hubiese llegado al propio Twin Peaks. Los tres clientes que había fingieron no haberme visto. En un extremo del bar, un esqueleto arruinado, con unos anteojos que le colgaban al final de la nariz, hacía sus crucigramas. Cerca del famélico de anteojos, el hermano calvo de Balzac agarraba el vaso como una verga. Al fondo del bar una árabe de sombrero más bien bonita aguardaba. Me sonrió y me echó una mirada particularmente sucia. Me senté en una de las banquetas del mostrador, pedí una tirada de cerveza. El monstruo de esa decoración fantasma era sin embargo indudablemente la mesera. Annie, llamada la polaca, 1 metro 78 por 100 kilos, mil batallas, dos mil victorias. Luchadora de sumo del este y cabello rojo. Dirigía el bar con rudeza de hombre. Cuando golpeaba con el puño, las moscas dejaban de volar. La he visto sacar del bar a viejos borrachos y ninjas de un solo puñetazo. Con sus extraordinarias patas de titán, ella habría molido sin esfuerzo a diez polluelos, solo para hacerse un sandwich sangriento. En resumen, era una mesera fuera de lo común. El viejo de los crucigramas era el amante de la dueña, y Jean-Luc Balzac, el enamorado despechado de este mismo amante. En cuanto a la árabe, era una semi vagabunda que le tenía tanto miedo a los hombres que venía a chupársela a los abuelos por veinte euros. Tenía su belleza la Kenza. Pronto me hice un habitué. Casi nunca había nadie. Algunos tipos venían para pispar el viagra árabe. La simpática puta de viejos se hacía pagar dos cervezas por aquí, un sandwich por allá. Los primos de la divina polaca venían a veces a visitarla. Eran locos y se ponían miserablemente odiosos con el vodka. A menudo, todo terminaba en riñas, llantos, vasos rotos y mesas dadas vuelta. Pronto me sentí como en casa. Eran las catorce horas y hacía en Lille lluvia + barro + perfume de cougar[4]. Regresé, como todos los días, al Gaulois. Cuando entré en el bar, había, además de los 4 pilares de la casa matriz, y de un cuerpo de vieja en falda, piernas abiertas, expuestas en el fondo, dos tipos en el mostrador que no respondieron mi saludo. Cuando saludé a Kenza, uno de los tipos claramente le faltó el respeto. Yo me callé la boca y pedí una cerveza. Uno de los dos tipos me señaló con la cabeza a su amigote para después partirse de una risa grasa. Mis manos comenzaban a temblar. Decidí ir a mear y, al pasar por detrás del melenudo, lo agarré por la melena, lo hice caer de su banqueta. Traté de arrastrarlo afuera, mala elección. Debería haberlo pateado de inmediato. El tipo, un anciano legionario, Raymond, se levantó rápidamente y quedamos frente a frente, etc. Annie me echó la bronca y me cagó a puteadas, vi el momento justo en que iba a golpearme. Me advirtió que si volvía a hacerlo, podía despedirme de su mostrador. Diez días después, Raymond y yo jugábamos a las cartas cuando este tipo entró. Raymond se empezó a cagar de risa mirándolo. Esa fue la última vez que puse los pies en el bar de Annie la polaca. Dios la guarde.      

 

[1] comme un cheveu sur la soupe, literalmente como un pelo en la sopa, casualmente, de forma incongruente y sin tener mucho que ver con la situación. N. del T.

[2] Ricard: licor de anís de alta graduación alcohólica típico de Marsella y extendido en toda Francia. N del T.

[3]Wizard es una marca de productos aromatizantes para el aseo del hogar de bajo presupuesto. N del T.

[4]Cougar: adaptación francesa de la voz cugar, expresión proveniente del argot inglés usada para definir a las mujeres que buscan una pareja considerablemente más joven. Podría traducirse literalmente como puma, debido al establecimiento de un paralelismo metafórico con el mundo animal, es decir, con la caza de carne fresca (hombres jóvenes) por parte de un depredador experimentado (mujeres mayores). N del T.