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LA PISTA DEL VÍNCULO CON LA MADRE

THOMAS SIBUT-PINOTE

El psicólogo tenía un temperamento distinto al de los personajes que frecuentaban la plantación. Se lo podía identificar fácilmente por sus movimientos. Reemplazaba el devaneo permanente de los amos por el silencio de los esclavos, a cuya postura encorvada oponía la dignidad contenida de un hombre de ciencias. Los perros vacilaban a su paso, soltaban ladridos reprimidos. La gente era libre de verlo como el amo o como el servidor, y no parecía ofenderle que lo pasaran de uno a otro, ni siquiera si un niño lo tuteaba por equivocación. Contaban que era reconocido por haber tratado a los hacendados, y con eso querían decir a los miembros de las familias de otros hacendados, así como a sus esclavos, en los alrededores y quizás más lejos también. Desde entonces, los patrones le atribuían una paleta de competencias bien distintas, mientras que los esclavos le reconocían con gusto las virtudes de sus pacientes más ilustres.

Un hacendado, decía el hacendado, debía preocuparse por el bienestar de sus esclavos, alimentarlos, vestirlos correctamente y velar por su salud. En caso de ser necesario, podía llamar a un psicólogo: al respecto, podían hacerse todas las concesiones, siempre y cuando la relación con el paciente fuera verdadera; se olvidaba a menudo que eso era absolutamente crucial.

No cabía duda de que, si el hacendado se ocupaba así en persona de la suerte del hijo del director de establos y la jefa de servicio era por el tímido amor que éstos le profesaban de buena gana al hacendado, a pesar de las críticas parsimoniosas hacia él que sus largas trayectorias a veces los autorizaban a formular discretamente.

El hijo llegó tarde a la primera sesión, pese a que el hacendado le había avisado al capataz que debía liberarlo más temprano; tal vez porque el capataz subestimó la distancia que tendría que recorrer desde los campos, tal vez porque, sin aprobar del todo aquello que no conocía, había vagabundeado para entregarse al ocio, un elemento recalcitrante a fortiori. El capataz habría perdido autoridad liberando al hijo demasiado pronto, y eso podría haber herido la moral de los demás al ser un número menor para los trabajos justo en el momento en que emprendían la ardua carga de la cosecha del día en los camiones. Un hacendado, le diría el hacendado al psicólogo unos días después, debe tratar con especial cuidado a sus capataces. La oportunidad se daría con motivo de la recepción de la boda de la señorita Frida, quien había invitado a toda la alta sociedad a celebrar, en la finca vecina, su unión con el hijo de un industrial. A veces, los capataces consultaban al psicólogo, pero era algo raro; este capataz en particular era un hueso duro de roer que no resultaba fácil de engañar.

El psicólogo no azotó al hijo por su retraso, e incluso lamentó haber informado al hacendado, al enterarse, unos días más tarde en la recepción, de que el capataz, tras haber sido amablemente sermoneado, se había encargado él mismo de azotar con sus propias manos al infractor unos segundos después, para castigarlo por la demora. Las siguientes sesiones, el hijo llegó a tiempo.

El día de la primera sesión, el psicólogo, cuya profesión debía conllevar una empatía natural que se habría calificado de desbordante, y que ocultó detrás de una impasibilidad por demás exagerada, examinó al hijo en relación a todos sus vínculos. Los propios padres habían traído al hijo y –si bien éste nunca les había pedido nada semejante, y aunque en ese asunto la opinión de los padres se demostrara inexacta con demasiada frecuencia y, peor aún, totalmente inútil, por no decir bastante nociva- lo habían presentado como hosco, indolente, en una palabra, como le diría el psicólogo al comerciante de la mansión de Mademoiselle Frida durante la recepción, atormentado sin que nadie supiera explicar por qué. El hijo, buen discípulo del maestro, no carecía de ingenio, y el psicólogo encontró en esa conversación un placer que el salón señorial no era capaz de igualar en temporada baja. Era una suerte que el hijo no tuviese, como sus padres, que resignarse a los establos o las cocinas. Los años en los que su musculatura se consolidaba como el valor central de su personalidad estaban llegando a su fin rápidamente -si es que no habían llegado ya-, y por lo tanto se trataría de una negligencia culpable. Probablemente terminaría trabajando en la mansión, donde el contacto -incluso ocasional- con mentes cultas aliviaría una desazón que se evidenciaba por estar inmerso en un entorno rústico para la conversación. Para el resto de la dolencia que lo afectaba, el psicólogo rápidamente siguió la pista del vínculo del hijo con la madre.

La conversación entre ellos era agradable, sobre todo para el hijo, aunque solía llegar agotado, sudoroso o ensangrentado. Fue necesario instalar una protección para el asiento, con la ventaja de irritar menos la espalda del hijo, a quien el psicólogo, luego de un breve examen, aclarando antes que esa no era su especialidad, sugirió una posible predisposición genética que debilita la epidermis al señalar un enrojecimiento entre dos marcas de látigo. El hijo tomaba la iniciativa entusiasmado en temas de literatura, mecánica y economía agrícola; no parecía que pudiera acotar el problema específico que lo había puesto frente al psicólogo, ni siquiera que supiera que lo habían llevado precisamente para resolver un problema. De hecho, el problema surgió en realidad con el correr de las sesiones. El anuncio discreto y profesional del último cuarto de hora desencadenaba en cada encuentro una melancolía a la vez más brutal y más acentuada. La pista de la madre no dio frutos.

El psicólogo, ante el visible pesar del hijo, decidió interrumpir las sesiones, aprovechando la segunda visita de la madre y el padre para una evaluación periódica que él deseaba colectiva por principio, y durante la cual declaró que el hijo era un esclavo de una gran sensibilidad, que sería muy valorada en la mansión, una vez terminada la época del trabajo en el campo; además contaba con recomendar enfáticamente ya al día siguiente al hacendado que acelerara el plazo para aprovechar mejor, según anunció el psicólogo con mirada chispeante, estas altas inclinaciones, por las que, naturalmente, había que felicitar en primer lugar a los padres.

Poco después, durante la recepción de la boda de Mademoiselle Frida, frente a su vecino de mesa genuinamente ávido de detalles, el psicólogo delineó el perfil atípico del esclavo que había huido la semana anterior, poco después de terminar las sesiones. Un psicólogo, añadió el psicólogo, de ninguna manera podría ser considerado responsable de la libre elección de sus pacientes. Entonces, para ilustrar a este comerciante de la familia del novio, cuya fluida conversación volvió a darle compostura, después de varios días agotadores, el psicólogo aplicó incluso una analogía: la responsabilidad de los distribuidores, por ejemplo, en el caso de un defecto comprobado en un producto alimenticio.

Debido a la huida, el psicólogo por poco no fue invitado a la boda de la señorita Frida; pero su celo y la perspicacia de sus intuiciones, durante toda la búsqueda del hijo atrapado a tiempo el día anterior, le habían evitado perderse semejante evento, y el comerciante reconoció en eso que era un profesional.

Traducción de Paula Boente.

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Thomas Sibut-Pinote. Nació en Ambilly, Francia, en 1989. Estudió informática teórica en la École Normale Supérieure de Lyon y en la École Polytechnique. El descubrimiento de las ciencias humanas lo condujo de las ciencias duras a la literatura. Escritor autodidacta, cursó el Master de Création Littéraire, en l’Université de Paris 8 Vincennes-Saint-Denis.

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Paula Boente nació y vive en Buenos Aires. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Trabaja en el diario BAE Negocios como subeditora en las secciones Sociedad, Cultura y Tendencias. Colabora con la revista Llegás, donde escribe reseñas de teatro. En el terreno de la narrativa, se formó en los talleres de Vera Giaconi, Hebe Uhart, Romina Paula y Selva Almada. Prepara su primer libro de cuentos. Es co-guionista de Los años salvajes, proyecto de ficción que recibió un premio del Fondo Audiovisual de Chile y se filmará en 2022 en Valparaíso.

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