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Además de los álbumes de cartón plastificados en las estanterías, supervivientes que aún custodian las viejas fotos de papel, y de las proliferantes carpetas digitales de nuestros tabletas, ordenadores y smartphones, donde se acumulan miles de capturas pixeladas que, en su mayoría, ni siquiera tendremos tiempo de volver a ver, todos poseemos un secreto álbum mental con las imágenes o recuerdos (imágenes de recuerdos, recuerdos de imágenes) que nos marcaron y que nuestra memoria ojea con caprichosa asiduidad, al azar de los viajes en metro, los insomnios o los trayectos a la panadería.

Muchas de esas imágenes se ajustan a nuestra idea de lo que el olvido merece indultar.  Allí están los fogonazos detenidos de tal postura o tal contraluz durante nuestra primera experiencia sexual; el rostro arrugado de nuestra hija al ver la luz en la maternidad; la cara momificada de nuestra abuela tendida en el ataúd antes de la incineración. La primera, la última vez: junto a la cronología, hay otras supersticiones que influyen en qué instantáneas se conservan en nuestra mente: el exotismo (postales interiores de ciudades tanto más nítidas cuanto más lejanas); el éxito (bastan un estrado y unos cuantos aplausos); la excepcionalidad (creemos en los instantes únicos, como si hubiera alguno que no lo fuera).

Hay, no obstante, otras imágenes que parecen haberse colado en nuestro recuerdo por infracción; imágenes en apariencia intrascendentes o absurdas que nos persiguen durante años (¿hasta nuestra muerte?) sin que sepamos la razón. De ahí la metáfora del álbum: podemos dudar si tal fotografía es digna de la modesta posteridad de un álbum familiar; lo que nunca hacemos (salvo, quizás, en la hipótesis rencorosa del retrato de una ex), es eliminar una fotografía de sus páginas. La violencia de semejante gesto es excesiva con respecto al beneficio mínimo que nos proporciona. Parece como si la memoria actuara igual y, una vez que, en un arrebato cuyo sentido se nos escapa, hubiera decidido conservar un recuerdo en su álbum, no supiera o no quisiera deshacerse de él.

Podría citar el rostro de un joven moldavo con un diente de oro con el que coincidí hace más de veinte años en un improbable concurso europeo de traducción de textos de Cicerón y que me asedia intermitentemente desde entonces; o el pez espada partido por la mitad que observé en un mercado de Venecia y que, contra toda lógica, sobrevive con mayor nitidez que las obras maestras de la Academia o los trayectos en vaporetto por el Gran Canal. Entre esa antología de imágenes advenedizas, hay una que me ha perseguido con especial encarnizamiento a lo largo de las últimas semanas, sin duda a causa de la sobredosis futbolística que hemos padecido durante el reciente mundial de Rusia.

La fotografía me golpeó por sorpresa mientras ojeaba un ejemplar de El País, cuyas hojas, suponiendo que las hubiese conservado desde entonces, estarían hoy consumidas por la fiebre amarilla del tiempo. Imagino que en ese viejo número habría también imágenes de terremotos, guerras, atentados, golpes de estado. Las he olvidado todas; en cambio, en mi memoria se imprimió con desconcertante relieve la foto de unos jugadores del Real Madrid celebrando un reciente título en un restaurante. La impresión que me causó fue de inesperado y avasallador horror.

Siempre he sentido aversión por las fotos de gente comiendo o esperando la comida. Ante una mesa, por muy adornada que esté con flores o velas o cubertería de plata, incluso el más elegante de los vestidos de noche se convierte en un disfraz que oculta al animal impaciente por recibir su pitanza. Algo de esa aversión instintiva se transmitía a aquella foto, pero no constituía la principal causa de espanto, pues, de otro modo, no estaría escribiendo sobre ella tantos años después.

Los hombres que aparecían en torno a la alargada mesa del restaurante de lujo eran jóvenes, ricos, famosos. Entre ellos, lo recuerdo, estaba Guti. Hoy el nombre de ese jugador que alborotó las feromonas de las adolescentes a principios de este siglo podría propiciar una melancólica reflexión sobre la fugacidad de la gloria. Pero en ese entonces Guti no era todavía esa eterna promesa de rubia melena que viajó en primera clase desde el Real Madrid al olvido tras hacer escala en el Besiktas turco, sino un talentoso mediapunta dispuesto a pasar a la Historia del deporte. Guti, al igual que todos sus acompañantes, sonreía. ¿Por qué no iba a sonreír? Acababan de conquistar una  Liga o una Copa de Europa; además de títulos, habían ganado en un año más dinero de lo que yo ganaría en toda mi vida. Y, sin embargo, ante esa foto, el horror, lejos de desaparecer, se difundía por cada recodo de mi conciencia, apenas diluido en una atroz tristeza.

La respuesta, lo comprendí enseguida, estaba en las mujeres de los futbolistas. Yo, como cualquier víctima ocasional de programas televisivos como Corazón, corazón o de revistas como Hola, había visto a alguna esposa de las estrellas del Madrid o del Barça recogiendo a los niños en la escuela o bronceándose en un yate. Nunca antes, sin embargo, había visto a tantas mujeres de futbolistas reunidas. Al lado de sus respectivos maridos (aunque, por su actitud discreta, se veía claramente que eran ellas las respectivas), se mantenían un poco por detrás, más alejadas de la mesa que sus hombres, aunque no lo suficiente como para que el objetivo no registrase su rostro maquillado y su reluciente sonrisa. A pesar de que las había rubias, morenas, castañas, producían la sensación de ser idénticas – en cierto sentido habría sido preferible que de verdad lo hubiesen sido, pues entonces la foto hubiese adquirido el bálsamo de lo sobrenatural. Y es que su identidad no provenía de su parecido físico, sino de que todas, sin excepción, se situaban en un mismo estratosférico nivel de belleza estandarizada, de tal manera que el cerebro reptileano que todos los machos llevamos dentro se veía incapaz de decidir cuál de ellas prefería, como si se hubiese encontrado ante el escaparate de una tienda de muñecas de silicona de gama superior o ante un catálogo de prostitutas de lujo.

No sentía excitación, sino, lo repito, horror, un horror que era (dudo si utilizar la palabra) espiritual, y al mismo tiempo tan primario y visceral como una súbita erección. En estos tiempos de #Metoo sería tentador atribuir mi reacción a un brote de feminismo, capaz de atenuar mi condición de varón heterosexual. Desde luego, intuía con repugnancia el destino de esas jóvenes, condenadas a dudar durante horas qué vestido ponerse para la próxima gala de beneficencia, a luchar contra el tiempo con cremas, regímenes, cirugías, antes de sucumbir y obtener a cambio una jugosa pensión de divorcio. Y, sin embargo, lo confieso, su suerte me estremecía menos que la de los peleles multimillonarios que las habían adquirido con la misma determinación con que se habían comprado su último Ferrari.

Pensamos que son los regates de los futbolistas los que enardecen a la masa en los estadios; en realidad, es la masa la que guía los movimientos de los futbolistas. La masa desea que el balón penetre entre los tres palos de la portería y el futbolista obedece, corre, lucha, dribla, finge y se rompe para conseguirlo. Desde mucho antes, desde su más tierna infancia, el jugador ha interiorizado ese deseo ajeno nacido del vacío y la frustración y se acostumbra a ejecutarlo en cada partido. Lo que esa foto terrible mostraba es que ese estado de sonambulismo no se limitaba a los terrenos de fútbol. Incluso después de que el árbitro pitara el final, en la penumbra de la vida y los dormitorios, el jugador seguía siendo semejante a las figuras del videojuego FIFA, obedeciendo con exactitud a los movimientos del joystick de los hinchas que exigían una hembra 90-60-90 como antes, durante el tiempo reglamentario, buscaban la portería de 7,32 metros de largo por 2,44 de alto.

Si el amor, según el tópico, es ciego; si Eros tenía los ojos vendados; si a Psique le estaba prohibido encender la lámpara de su dormitorio, era para no tener que ver una foto como la que tenía yo delante y que mostraba lo intolerable no ya de la fealdad, sino de la belleza. Tan atroz como lo insólito de un cuerpo de feria contrahecho, me resultaba en aquella imagen lo impersonal de unas perfectas bombas sexuales que parecían producidas en serie. El amor nos ciega a lo que todos ven, la cojera o el escote; a cambio, nos revela aquello en lo que nadie repara. ¿Por qué nos atrae esa nariz levemente torcida, esa mirada torva, esos pechos demasiado pequeños, ese rictus irónico? El deseo nos devela como seres neuróticos, incompletos – únicos. Lo único es siempre frágil, perecedero, mortal. En cambio, la masa se siente invulnerable y eterna. Los seres que sonreían en ese restaurante eran emanaciones intercambiables de un vasto deseo ajeno y genérico; seres vacíos, deshumanizados, inmortales como hologramas, ciegos de tanto exponerse a las miradas de los otros.

¿Me habría afectado tanto esa foto si fuese yo tan diferente de aquellos futbolistas? Repaso mis álbumes, los materiales y los digitales; descubro fiestas, vacaciones, puestas de sol. ¿No hay en esas huellas de una vida algo tan estereotipado como las medidas de las mujeres de los jugadores del Real Madrid? Cierro los ojos y busco en mi memoria la imagen del pez espada despedazado en un mercado de Venecia; trato de recobrar sus ojos desorbitados, su largo apéndice ya inútil, fantástico como el de un unicornio. Quizás allí se oculte un destello de mi íntima verdad.

UN ENSAYO DE