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Cuando era pequeña, e incluso en mi adolescencia, odiaba esa palabra: vacaciones, esa época del año: vacaciones, esa obsesión de todos: vacaciones.

¿Por qué? Porque nosotros no nos íbamos de vacaciones. Mi padre trabajaba en la construcción durante el verano porque era la época del año en la que la gente hacía remodelar la cocina, pintar el departamento, colocar los azulejos del baño. Tenía más trabajo en julio y agosto y no podía darse el lujo de tomar vacaciones.

Mi madre no iba a ir sola con sus dos hijos. La idea ni siquiera se le cruzaba por la cabeza. Ella lo habría considerado totalmente absurdo.

No nos íbamos de vacaciones. Así de simple. No había nada que hacer. Yo pasaba los dos meses de verano en Drancy. Un Drancy desierto, vacío de habitantes. Incluso el mercado del domingo por la mañana era triste y silencioso. La mayoría de los comerciantes habían cerrado sus negocios. Muy pocos lugareños se habrían aventurado. Se respiraba una atmósfera de ciudad en cuarentena. Era lúgubre.

En esta ciudad abandonada solo quedaban aquellos que no podían darse el lujo de ir a otra parte. Recuerdo esos largos días de verano en lo que había que “matar el tiempo”. Yo masacraba las horas una por una. Asesinaba el día leyendo durante horas, pedaleando sola por la tarde en las calles silenciosas; esas tardes agobiantes de calor, siesta y letargo. Mataba las horas nocturnas escuchando la radio porque hacía demasiado calor para dormir. En la humedad de la noche, con los párpados pesados, soñaba con otra vida, una hecha de viajes, de vacaciones interminables y regeneradoras, de vestidos floridos y pareo, de piel bronceada que resaltaba la blancura de mis dientes, de arena fina que te llevas en el bolso de regreso a casa.

Y siempre ese aburrimiento que sonaba anunciando cada hora del día y de la noche. Desde los primeros días de las vacaciones de verano, el Aburrimiento asomaba su nariz: me saludaba con la mano y su mirada era la de la fatalidad. Poco a poco se iba convirtiendo en el único amigo en esas horas de soledad, fiel, pegajoso, molesto. Como el amigo pegajoso de quien nos gustaría deshacernos, pero que nos sigue a todas partes, hasta el tormento, hasta el acoso.

Recuerdo que mis amigos siempre me hacían la misma pregunta:

—Y vos, ¿a dónde vas de vacaciones?

—A ninguna parte.

—¿Por qué?

—No sé, no tenemos adonde ir y mi padre trabaja durante el verano.

—¿Pero te vas a quedar aquí durante dos meses?

—Sí.

—Yo me voy a Bretaña, a una casa que alquilamos junto al mar. Estarán todas mis primas y mis primos.

 

Mis ataques comenzaban en casa a partir de junio.

 

—¿Este verano nos vamos de vacaciones?

—No, ya lo sabés, ya hemos hablado de eso, tu padre tiene trabajo todo el verano.

—¿Pero nosotros tres podemos ir a alguna parte?

—Escuchá Maryam, no empecés de vuelta con el mismo tema.

—Pero todos mis compañeros y compañeras de la escuela se van de vacaciones a algún lugar. En Francia es así, en verano la gente se va al mar, al campo, a la montaña, en fin, para hacerla corta: se va a otro lugar, ¿por qué nosotros tenemos que quedarnos aquí?

—Porque no podemos irnos. Todos los años nos venís con la misma historia. Ocupate de vos, leé, practicá deportes, andá en bicicleta, salí con tus amigos que no se van. Las vacaciones son un lujo y nosotros, lo lamento, no podemos.

—¡Todos se van! ¡Nadie se queda aquí!  Y es mentira, claro que podemos permitirnos unas vacaciones baratas. Incluso Sabrina, que vive en un barrio pobre, se va de vacaciones al pueblo[1] cada año. ¡Todos se van de vacaciones!

Y después de dar un portazo, me encerraba en mi habitación durante horas.

 

Al principio traté de aceptarlo diciéndome que era algo cultural. En Irán mis padres nunca se fueron de vacaciones. Es un concepto menos generalizado que en Francia. Solo unas pocas familias iraníes acomodadas con una casa de verano a orillas del Mar Caspio "se iban de vacaciones" durante el verano. En Irán las vacaciones eran, por lo tanto, mucho más que en Francia, un asunto de clase social.

Pero eso no me satisfacía. ¿Por qué entonces mis compañeros que, como yo, venían de otra cultura, se iban de vacaciones? La mayoría se iba a un pueblo cualquiera[2]. Sí, ellos podían incluso regresar a su país, visitar a su familia que se había quedado allá. Nosotros no podíamos porque éramos refugiados. Bien, ¿y los que poseían dos culturas diferentes y se iban al sur de Francia, entonces? Lo pensé y llegué a la conclusión de que eran padres que habían nacido en otro lugar, pero cuyos hijos nacieron en Francia. Así, la cultura francesa estaba más presente en sus vidas y hábitos. Parecían mejor "integrados", y lo que me hacía sufrir y que generaba mis crisis de ira era precisamente eso: que no estuviéramos integrados. A pesar de todos mis esfuerzos por estarlo, no lo estábamos. Tuve que rendirme ante la evidencia. Aceptar esta verdad innegable.

Por lo tanto, era la sombra del exilio la que se escondía detrás de las vacaciones. No nos íbamos porque todavía no estábamos completamente integrados. No éramos como ellos y probablemente nunca lo seríamos. Y eso me volvía loca.

Bajaba a la cocina para seguir acosando a mi madre:

—Viste, si no nos vamos de vacaciones no es porque nos falte dinero, sino porque no somos como ellos. Si fuéramos como ellos, nos iríamos de vacaciones, así de simple. Y ya no soporto más ser diferente. Desde que llegamos a este país, no hacemos nada como los demás.

Aquí, un profundo suspiro de mi madre mientras cortaba las berenjenas para hacer un "khoreshte gheyme"[3].

 

Finalmente nos fuimos de vacaciones.

La pequeña estalinista de la integración francesa en la que yo me había convertido logró implantar a la fuerza su concepto de vacaciones dentro de la familia.

Así que nos íbamos de vacaciones, y cada vez más regularmente. Incluso terminamos eligiendo un lugar, el lugar de nuestras vacaciones, con ese hábito y fidelidad que nos daba esa sensación de seguridad. Ya saben, el lado tranquilizador de la costumbre. Ese lugar eran los estanques de Attin.

Los estanques de Attin, como su nombre lo indica, es un lugar en el que hay varios estanques ubicados entre Le Touquet y la playa Berck en Pas-de-Calais, al norte de Francia.

Por qué clase de embrujo, o de mala jugada del destino, mis padres eligieron ese lugar como sitio habitual de sus vacaciones, sigue siendo hasta el día de hoy un enigma para mí. ¿Tal vez se enamoraron de esos pequeños bungalows, una especie de casita de madera escondida en el bosque que se alquilaba por semana?

¿O eran los famosos estanques en los que se podía pescar? Había tres o cuatro bastante grandes y bordeados de sauces llorones. Pero el único recuerdo que tengo de esas pescas es el de mi hermano y yo liberando en el agua, con el corazón lleno de arrepentimiento y culpa, un pez o una trucha pequeña, que ya no queríamos matar. No podíamos quitarle el anzuelo y los dedos empezaban a ensangrentarse. Una verdadera carnicería.

Finalmente lo conseguimos y le devolvimos la vida y la libertad, aunque con una mandíbula mutilada.

Siempre estaba húmedo y teníamos las botas llenas de barro. Llovía tres días de cada cinco.

Pero cada verano, estaríamos allí.

 

[1] “au bled” en el original. “Bled”, vocablo que viene del norte de África y que designa una pequeña localidad del interior, carente de interés (N. del T.).

[2] Idem nota anterior.

[3] Guiso iraní (khoresh) que está compuesto de cordero, tomates, arvejas, cebolla y lima seca. (N. del T.)

UN CUENTO DE

TRADUCCIÓN DE