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En Real and Imagined Worlds. The Novel and Social Science, de 1977, libro que se ha vuelto ya un clásico, Morroe Berger escribe: “El enfoque de las evidencias y las pruebas es diferente en la novela y en las ciencias sociales. En cierto sentido, la ‘evidencia’ es infinita en la ficción, puesto que el novelista puede ofrecernos tanta o tan poca como quiera o pueda crear, o considere que necesita el lector. Además, si el novelista nos dice algo acerca de un personaje o describe un suceso los lectores pueden poner fácilmente en tela de juicio su veracidad. Las fuentes tienen que ser tratadas en las ciencias sociales con mucha cautela y escepticismo (…) las ciencias sociales tienen la obligación de procurar la información más completa acerca de la conducta y las instituciones sociales, así como ofrecer estudios, hipótesis, y teorías que se levantan las unas sobre las otras”.

Puedo disentir  -de hecho lo hago- acerca de la descripción que Berger, en la confluencia del pragmatismo norteamericano, hace de las ciencias sociales: ni el carácter moral de la aserción (“tienen la obligación”), ni la reducción empírica (“procurar información”), ni mucho menos aún el rasgo conductual (“información completa acerca de conductas”) son pertinentes en las tradiciones más críticas de las ciencias sociales; es decir, las tradiciones ajenas y en combate con todo positivismo. No obstante, lo que aquí me importa de la frase de Berger, y casi diría de todo su libro, es la posibilidad de pensar la tensión, el conflicto e incluso el diálogo (ya que el diálogo incluye también al conflicto y a la tensión) entre literatura y ciencias sociales en el siglo XIX como un modo de pensar la cuestión de las narraciones, de la pregunta sobre la legitimidad de quién narra y acerca de qué se narra.

De hecho, Berger escribe esta frase casi al final del libro, justo antes de comenzar un minucioso análisis de Balzac y del realismo francés. Ocurre que, de alguna manera, se puede pensar el pasaje entre discursos, entre relatos, entre saberes, entre narraciones; es decir, el pasaje -la transición- entre eso que, por comodidad o para abreviar, podemos llamar “literatura realista del siglo XIX”, y las ciencias sociales nacientes (las ciencias sociales autodefinidas en su dimensión, precisamente, “científica”) como el combate entre esos dos órdenes del discurso por obtener legitimidad para definir lo social, para describir la sociedad.

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Debo detenerme en esta hipótesis: a medida que la sociología “científica” se fue afirmando en sus métodos y en su lugar de autoridad, de Saint-Simon, Comte, Marx, y, ya en los comienzos del siglo XX, Weber y Durkheim, por mencionar solo algunos nombres, la literatura fue perdiendo su sitio de descriptora de lo social, de narradora de la sociedad, y se fue desplazando hacia un afuera, hacia lo que, también por comodidad y para abreviar, puedo llamar “vanguardia”.

Balzac, Flaubert y el naturalismo todavía se pensaban como capaces de acceder o, mejor dicho, de expresar un conocimiento íntimo de lo social, de sus costumbres (son los études des mœurs). Pero ya hacia el último tercio del siglo XIX la narración de la sociología se mostró más pertinente, o tal vez más exitosa para revelar los modos de funcionamiento de lo social. El triunfo de las ciencias sociales es evidente, y al mismo tiempo en que ello ocurre, acontece también Mallarmé, y luego Joyce, Proust, y Raymond Roussel.

No se trata de afirmar que el éxito de las ciencias sociales arrojó la literatura a la vanguardia. No es un asunto de causa-efecto. Se trata, en cambio, de pensar en sincronía esos dos fenómenos, en el mismo horizonte de discusiones de época y problemas intelectuales y literarios.

La literatura de vanguardia comprende que su asunto no es ya la sociedad sino el lenguaje. Y si la lengua está sobredeterminada por lo social, e incluso por lo histórico, lo político y lo económico, el trabajo de la novela se volcará, entonces, a cuestionar, a derribar la sintaxis dominante.

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Retomo ahora una escena, sobre la que he vuelto una y otra vez, pero sobre la que vale la pena demorarse nuevamente: el juicio a Flaubert por Madame Bovary, en enero de 1857, por “ofensas a la moral pública y la religión”. Como es conocido, Flaubert es absuelto, pero no es eso lo que importa aquí. Interesa el discurso de Monsieur Pinard, el poderoso fiscal que meses antes había logrado condenar a Baudelaire y Las flores del mal por razones similares.

Pinard acusa a Flaubert de un exceso en su escritura: "el género que Flaubert cultiva, el que practica sin los miramientos pero con todos los recursos del arte, es el género realista, la pintura descriptiva (...) me preguntaré, con permiso de ustedes, acerca del color, de la pincelada (...) porque las pinta sin freno y sin medida". El realismo no tiene “freno ni medida”. Pero para probar su alegato, primero Pinard, y luego Monsieur Sénard, el defensor de Flaubert, recurren a un tropo, que dicho desde el derecho a la literatura (el derecho juzga a la literatura: juzga el derecho de la literatura a ser precisamente literatura) llega medio siglo después al corazón de la sociología, quiero decir, llega hasta Max Weber.

Dice Monsieur Sénard, con la intención de probar la inocencia de su defendido: “Lo que ante todo ha querido hacer Monsieur Flaubert, ha sido tomar de la vida real un tema de estudio; crear, constituir tipos verdaderos de clase media, y llegar a un resultado útil. Sí, lo que más ha preocupado a mi cliente en el estudio al que se ha entregado, ha sido precisamente ese objetivo útil, que ha perseguido poniendo en escena a tres o a cuatro personajes de la sociedad actual, viviendo en las condiciones de la vida real y ofreciendo a los ojos del lector el verdadero cuadro de lo que uno encuentra más frecuentemente en el mundo”.

Estamos, está claro, a las puertas de la sociología. O tal vez, habiendo pasado su umbral. Porque lo que se destaca del alegato de Sénard no es solo la razón de Madame Bovary (“tomar de la vida real un tema de estudio”), no son solo los efectos deseados (“llegar a un resultado útil”), no es solo la ilusión de describir las clases sociales (“personajes de la sociedad actual”), o mejor dicho, es todo eso, sí, pero es algo más: es el término que utiliza, y por el que abre las puertas a las ciencias sociales: “tipos”. Esa es la palabra clave, el término crucial. Escuchemos nuevamente a Sénard: “Lo que ante todo ha querido hacer Monsieur Flaubert, ha sido tomar de la vida real un tema de estudio; crear, constituir tipos verdaderos de clase media”. Flaubert, dice su abogado defensor, trabaja a partir de “tipos”, es decir, elaborando tipologías que le permiten acceder a la verdad de la “clase media”.

Paso ahora a Max Weber, quiero decir, a su teoría de que la sociología debe crear “tipos ideales” para acceder al conocimiento de lo social, en particular al sentido de la acción, el gran tema weberiano (tema de una actualidad evidente, sobre la que habría que seguir pensando). Weber entiende por “tipo ideal” una serie de cuadros conceptuales que permiten describir el funcionamiento de lo social, la forma en que la acción social adquiere legitimidad. Es decir, los tipos nunca son empíricos (como muchas veces los piensa cierta sociología trivial), ni mucho menos son arquetipos, sino que son unidades metodológicas que permiten describir los modos en que se desarrollan las acciones sociales y las estrategias que los actores sociales se dan a sí mismos.

Economía y sociedad es el gran libro en el que Weber desarrolla diversas categorías (“acción racional con arreglos a fines”, “acción racional con arreglo a valores”, etc.) a partir de sus tipologías. Por supuesto que los tipos weberianos (y la noción misma de tipos ideales) ha sido discutida, cuestionada, y relegada por las propias ciencias sociales. Pero no estoy aquí para resumir a Weber, ni para defender su teoría, no es esa mi intención ahora.

Me importa, en cambio, la forma en que Weber retoma los términos, las palabras, las frases que el abogado defensor de Flaubert usó cincuenta años antes. Para Monsieur Sénard, Flaubert ha querido “constituir tipos verdaderos de clase media”. ¿Podría la literatura, o sus abogados, decir algo igual, ya a principios del siglo XX, la época de Weber? ¿Podía decir eso el abogado de Joyce? ¿El de Proust? ¿Incluso del de Kafka? Ya no es posible (y cuando lo hace, cuando la literatura –todavía hoy- declara que su tarea es describir la sociedad, solo genera en nosotros –en mí- risitas nerviosas, vergüenza ajena y un inconmensurable sentimiento de estar en presencia del kitsch). Desde entonces, la narración de lo social pertenece a las ciencias sociales (o en todo caso, se juega en el conflicto entre ciencias sociales y medios de comunicación por dar sentido a lo social; conflicto que se hace patente en nuestros días y en nuestro país).

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Flaubert fue absuelto. Triunfó su abogado defensor. Y su triunfo implica el fracaso de la literatura para volverse sociología. Desde entonces, la literatura está sola, entregada a su suerte. Su destino ya no es fundirse en lo social. Su interés -el interés de las mejores escrituras desde entonces- reside en repensar la lengua. O más aún: ha sido demoler la sintaxis dominante. A ese tipo de narración llamo hoy literatura de izquierda.

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¿Entonces en qué momento las ciencias sociales se volvieron también narración, ficción?

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En algún momento del siglo XX, o más aún, en algún momento de la segunda mitad del siglo XX, las ciencias sociales, una cierta tradición de las ciencias sociales, tocó un límite. ¿Cómo llamarlo? ¿Déficit de historicidad? ¿Crisis del paradigma cientificista? Ese horizonte recorrió diversos caminos, como el funcionalismo extremo, la semiología (la ciencia que nació y murió en menos de dos décadas), el marxismo soviético (el punto en que las ciencias sociales se convierten en totalitarismo), el positivismo norteamericano (que terminó lindando con el funcionalismo que habían traído los exiliados centroeuropeos) y también, y sobre todo, el estructuralismo. De alguna manera, el estructuralismo fue la última vanguardia teórica. La fe en que la historia (el historicismo) no cabía en ella. La refundación de un futuro a través de un método. La delimitación de un campo y de un enemigo. La invención de una lengua propia. Como suele suceder, en el momento de su éxito pleno, yacía ya su cadáver (De la gramatología, de Derrida, es de 1967. Este es solo un ejemplo, hay muchos más: en sincronía ocurría el éxito de masas del estructuralismo, y su subversión interna, su demolición, su deconstrucción, que pronto adoptaría el prefijo “post” –poststructuralismo- detestado por Derrida).

La crisis del estructuralismo es también la de la confianza en un conocimiento científico de lo social.

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La salida del estructuralismo fue, en muchos casos, un desbande. No en Foucault, que abrió una última y definitiva etapa de su obra hacia la “biopolítica”, término que no alcanza a describir la complejidad de su escritura tardía. No en Derrida, como ya fue dicho. Tampoco en Barthes, el más creyente de los tres en el estructuralismo (es el Barthes que juega a ser semiólogo) y el más elegante en su alejamiento (hacia 1977, publica Fragmentos de un discurso amoroso, coqueteando, de modo genial, con la ficción teórica), pero sí en una inmensa cantidad de corredores despavoridos que buscan refugio lisa y llanamente en la novela: Kristeva, Umberto Eco (que nunca fue estructuralista, pero que para lo que vengo diciendo es un ejemplo correcto), Sennett (que ya pidió las disculpas del caso y volvió a una inocua sociología progresista a la norteamericana), George Steiner (que nunca fue “científico”, lo que no lo absuelve en absoluto, sino más bien agrava su caso), etc., etc., etc.

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¿Qué vienen a decir esos despavoridos? ¿Cuál es su diagnóstico inicial? Que las ciencias sociales no son capaces ya de informarnos sobre lo social. Que el método (estructuralista u otro) se ha vuelto asfixiante. Claustrofóbico. Y algo más, algo terrible: que la propia teoría es una ficción. Qué nunca hubo “metodología”, ni “ciencia”, sino simulacro, un relato de ficción que, como metadiscurso, asumía el rol de “ciencia”. Los Kristeva y otros, extraen entonces la peor conclusión: ya que la “ciencia” no es más que ficción, por qué no dedicarse entonces a la ficción “verdadera”, a la verdadera ficción: la novela. Pero es a la novela decimonónica a la que Kristeva se entrega, a la novela de mercado, a la novela vaciada de ese afuera vanguardista que su derrota con las ciencias sociales a fines del siglo XIX y comienzos del XX la forzó a adoptar. Steiner escribe parábolas sobre Hitler. Sennett escribe novelas mamotretos sobre el París del Segundo Imperio. Umberto Eco se hizo primero novelista y luego millonario, la suya es una historia conocida.

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¿Por qué es fácil decir que hacía fines de los ‘60 la teoría se hizo asfixiante? Quiero decir: ¿por qué esto ya había sido dicho –no pretendo ser el primero en decirlo- y en cambio se escucha poco que el éxito de mercado es igual o más asfixiante? El mercado es el totalitarismo de nuestra época.

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Por cierto, hubo otras vías menos pueriles, más interesantes, y también más agudas. Sobre esta escena deberíamos centrar nuestra atención; podría leerse entonces lo que sigue a continuación como un esbozo, un mapa inconcluso de una situación que debería tratar más a fondo, llevarla hasta sus últimas consecuencias. No es este el espacio de hacerlo, y seguramente tampoco es adecuada mi capacidad. Dejo abierta la interrogación como lector: me gustaría leer algo al respecto más profundo, más riguroso que lo que yo pueda enunciar aquí.

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Esta nueva escena podría definirse como el momento en que las ciencias sociales registran su incapacidad de instalarse como “ciencia” y, habiendo igualmente registrado el vuelco vanguardista de la literatura (el abandono de cualquier pretensión de describir tipos sociales a lo Flaubert), se imagina ahora a sí misma como “relato”, como “discurso”, como “ficción teórica”. En La sociología como forma de arte, de 1976, Robert Nisbert da cuenta de los “temas y estilos” de la escritura sociológica, de sus “paisajes” y sus “retratos”. Para Nisbet la sociología, ya desde el siglo XIX, ha sido una formidable constructora de retratos literarios (el burgués, el obrero, el burócrata, el intelectual), de paisajes y escenas (la fábrica, la revolución, la barricada), e incluso de temas extra-sociológicos (el poder, la dominación, el orden). El suyo es un pensamiento no muy lejano al de Deleuze, cuando describe a la filosofía como una “máquina de inventar personajes filosóficos”. Si usando las herramientas de la crítica literaria, o más ampliamente, los de la sociología de la literatura, Nisbet accede a cierta “verdad” de la teoría sociológica es, precisamente, porque antes la propia teoría realizó un cambio paradigmático, y pasó a pensarse como ficción teórica, como relato, como narración.

El libro de Nisbet es la expresión acabada de ese cambio. En su tiempo, ni Marx, ni Weber ni Durkheim se pensaron a sí mismos como escritores de teoría, sino que es Nisbet quien los describe de ese modo; modo que solo es posible gracias al cambio de paradigma.

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Programático es el título del libro de Clifford Geertz: El antropólogo como autor, de 1987. Geertz, él mismo antropólogo, lleva a cabo un análisis detallado del estilo de escritura en Levi-Strauss, Malinowski y Ruth Benedict bajo la figura de “escena de la escritura”: la antropología reside en llevar a cabo una figura retórica que hace creer al lector que el autor “estuvo allí”, precisamente en la “escena”, en la Polinesia o en África o en las Indias o donde se desarrolle el exotismo de la investigación de terreno. El antropólogo es ahora sobre todo un escritor, lo que lleva a Geertz a realizar afirmaciones como: “Levi-Strauss es un ‘autor-escritor’ en el sentido barthesiano de la palabra. Él, o más bien su obra, constituye un caso especialmente iluminador de la idea según la cual separar lo que uno dice de cómo lo dice -contenido y forma, sustancia y retórica, l’écrit y l’écriture- resulta tan tramposo en antropología como en poesía, pintura y oratoria”.

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¿Qué consecuencias debemos extraer de este devenir poesía de las ciencias sociales? ¿Qué consecuencias culturales, políticas, incluso literarias? ¿Qué consecuencias para la lengua? ¿Y cómo pensar este desplazamiento –la sociología avanzando sobre la poesía- desde la literatura? Esta es la pregunta que dejo inconclusa. Es una pregunta crucial, que atraviesa todo el campo del pensamiento y de la narración. Las narraciones se han vuelto el escenario básico de nuestro tiempo. Las narraciones: nuestro entorno. La pregunta por los modos en que cada tipo de narración adquiere legitimidad es quizás la pregunta central de la época.

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O formulada la pregunta de otro modo: ¿Y si la teoría fue la gran novela de la segunda parte del siglo XX?

UN ENSAYO DE