UN CUENTO DE 

Traducción de 

Sentado en la parte delantera del ómnibus 58, a la derecha, Théo se concentra. Recuerda todo lo que puede sobre este hombre que apenas conoce. Algunos almuerzos en el departamento triste y brillante; la alfombra verde botella donde leía cómics entre el queso y los terrones de azúcar en el café; la ligera sensación de hambre al pasar por la puerta. Rápidamente, lo que encuentra se conecta con la expresión que ha escuchado repetidamente de boca de los adultos: René es "insensible, alguien duro". Théo se prepara para ver morir a alguien duro. Faltan cuatro estaciones para la parada.

Realmente no tiene la obligación de ir a verlo, pero después de haberlo escuchado por cuarta vez, él resuelve visitarlo todos los días hasta el final. Hasta el final, en realidad solo serán tres tardes, aunque no lo sospechaba cuando lo decidió.

Sus padres no se lo dijeron hasta el último momento. No querían arruinarle la última semana de vacaciones – algún día lo entenderá. Sin esperar algún día, Théo mismo estuvo de acuerdo: fue un gesto amable de su parte. Él es un niño maduro, comprensivo, incluso con aquellos que creen que obran bien y que hacen todo mal al querer ponerse en su lugar.

De regreso del campamento de verano Théo se entera, de golpe, que su abuelo materno padece de cáncer de pulmón y que está en la fase terminal.

 

 

En su cama del Hospital St. Joseph, René parece estar atento a las cosas que lo rodean. Esta vez no le pregunta a Théo qué ha estado estudiando en Historia en las últimas semanas; no le reclama con mala cara el no haber pasado un examen de clarinete. Uno simplemente se presenta esperando ser recibido. Señala con el dedo el pelado tronco de los abedules, dispuestos en fila al otro lado de la ventana. Él parece un árbol solo, en medio de un gran campo, con las ramas cortas y dobladas en ángulos agudos, como enojado con el cielo. Théo se pregunta si las imágenes que le llegan a su abuelo tendrán tiempo de convertirse en recuerdos. Ve una hoja en blanco sobre la mesita: sabe que tiene un marcador en su mochila y le gustaría proponerle que dibuje todo lo que le venga a la cabeza. Eso le había ayudado (su padre y su madre estaban de acuerdo en este punto) cuando iba a ver a la señora Abel todos los jueves por la tarde, el año en el que nació Martín. Pero no se atreve, además de que a las cinco en punto debe irse o llegará tarde al conservatorio.

Al día siguiente, su madre lo carga con una enorme porción de turrón de Montélimar. Sentado en el banco, Théo observa cómo su abuelo devora, tomando todo lo que puede con las dos manos, una cantidad fenomenal de esta pasta blanca, suave, ligeramente quebradiza – a partir de ese día, a Théo le resultará imposible comerlo – dando grititos de satisfacción cuando, por casualidad, se encuentra con una almendra o una avellana entera.

La tercera tarde, René comienza a llorar porque no puede terminar lo que estaba contando. Sus palabras son confusas. Se trata de un caballo de madera que Claude, la abuela de Théo, dejó caer el día de su primer encuentro: él tenía trece años, ella diez, sus dos padres trabajaban en el mismo aserradero. Théo observa las comisuras de sus labios durante la hora siguiente: solo espera no verlas temblando de nuevo. Jura que volverá dos veces por semana hasta el final, con tal de que René no se dé por vencido. Pero la sorpresa o el placer de saber que es capaz de llorar de nuevo es demasiado fuerte y esa tarde Théo se escapa un poco más temprano. Tan pronto como lo ve durmiendo, la barbilla metida en el pecho, con el aspecto de un bebé que uno dejó chillando, se retira sigilosamente por la puerta. Cobardemente, se va sin dar explicaciones ni avisarle a la enfermera.

 

Al día siguiente, René había muerto. Tres días después se realizó el funeral. Esta vez sus padres incluso insistieron en que no fuera. Es el inicio de clases, la profe de francés es, según dicen, genial, y no vale la pena perder una mañana entera de clases para bancarse una hora y media de auto: el cementerio está en los suburbios, y ni siquiera será un verdadero entierro. Seguramente el abuelo hubiera preferido mil veces que su nieto aprenda muchas cosas interesantes en lugar de ... Pero una vez más, Théo se mantiene firme.

Hay que reconocer que las palabras ni siquiera será un verdadero entierro estaban muy bien elegidas. Para empezar, se trata de una incineración. Pero Théo está listo para aceptar eso. A los doce años ya ha aprendido, a partir de fuentes confiables, la última de las cuales fue su curso de Historia Antigua de 6to, que hay tantas formas de tratar un cadáver como civilizaciones. ¡Y Dios sabe que hay muchas! ¡Algunas todavía sin descubrir! Él no ignora que la palabra incineración se usa con demasiada frecuencia de manera incorrecta, puesto que se refiere al estado de un cuerpo que ya es ceniza; que deberíamos hablar de cremación, que deberíamos decir: "No puedo, tengo que ir a cremar a mi abuelo".

Él se informó.

Se vio obligado a reflexionar sobre todo esto. Incluso desarrolló un pequeño cuestionario, presentado a toda la clase, al que sus amigos respondieron con la misma seriedad con la que voluntariamente, todos los días, responden encuestas del mismo tipo: ¿cuál es tu animal favorito, tu color favorito? ¿Cuáles serían tus tres deseos para el genio de la lámpara?

 

¿Cómo quisieras que te conserven después de tu muerte?

 

- inhumado (enterrado bajo tierra)

 

- cremado (quemado)

si cremado: cenizas esparcidas en el mar o en un lugar de tu elección / en una urna cineraria expuesta sobre una chimenea / cenizas llevadas por una nave espacial para que las devore el espacio

 

- momificado

 

- legado a la ciencia

para: trasplantes / ayudar a hacer niños.

 

Por su parte, después de haber estudiado el asunto, la momificación le parece, de lejos, la elección más segura (también están las cabezas mayas, pero eso ya es otra cosa).

 

Théo está en ese punto de sus planes para el futuro cuando, una mañana de septiembre, en lugar de la puerta de la habitación 209b, se abre ante él la de un nuevo crematorio de París. Está sentado entre sus dos padres, cada uno en una sillita de plástico plegable. La habitación no tiene ventanas. Martín habría tenido frío y, de todos modos, es demasiado pequeño para ser testigo de eso. Ahí está su abuela, Claude, conducida por una mujer joven cuyo rostro no le resulta familiar. Según su madre, se trata de una enfermera del geriátrico donde vive desde hace cinco años. También hay gente de la edad de sus padres que les estrechan las manos y los hombros con rapidez, pero con fuerza, sacudiendo la cabeza antes de ir a sentarse, tres ancianos y ancianas que Théo está seguro de que están equivocados porque nunca los ha visto, ni siquiera cuando era muy pequeño, y finalmente dos recipientes de porcelana con flores a cada lado de la ventana donde se reflejan las seis hileras de sillas.

 

Listo. Théo está esperando que comience. Ahora, casi lamenta haber insistido. Hay una ventana toda negra y muy grande que lo hace esperar un poco. Imagina que es una pantalla de proyección, o más bien una enorme linterna mágica y sería necesario girar hacia la pared perfectamente blanca para ver el espectáculo, o un acuario que está por estallar, haciéndolos flotar hasta el techo antes de ahogarlos, o un espejo de dos caras como en las películas policiales. Con los dedos envueltos alrededor de las patas de la silla, cuenta las fosas nasales, treinta y ocho, presentes en la habitación.

Antes de que termine de contar los dedos gordos de los pies, su madre se levanta. Se dirige a una especie de escritorio que no usará, para decir unas pocas palabras preparadas la noche anterior. Théo la escuchó, desde su habitación, cuando le hablaba a la chimenea.

"René era una persona íntegra. Creo que cualquiera que lo haya conocido y quiera recordarlo podrá quedarse con esa idea. Sí, era un hombre de buenos modales, esas palabras eran importantes. Probablemente le hubiera gustado un tributo sobrio como ... este. "

Sus ojos, perdidos mientras se pronunciaban estas pocas palabras, se fijaron en un punto en el fondo de la habitación. Théo se da vuelta: su tío acaba de entrar en el vestuario, con la cara mojada, se perfumó justo antes de salir. Ahora ella está en silencio, parece atrapada en un deseo urgente de regresar a su lugar. Pero duda, siente que fue un poco corto.

Cada uno se mueve en su asiento y acepta este discurso improvisado como algo simple y auténtico. Un hombre de camisa violeta a rayas entra en la sala y anuncia: procederemos a la incineración, y luego se eclipsa. Todas las caras se dirigen ahora hacia la ventana que se ilumina gradualmente con una luz roja, al comienzo lejana, intermitente, y después continua, hasta que por último se vuelve cada vez más intensa y difusa al mismo tiempo. Se inicia un ruido de caldera. Una forma alargada aparece en el cuadro, se desliza a lo largo de la rampa para desaparecer a los pocos minutos, tragada por la fuente de luz. El hombre entra nuevamente en la sala, que cruza en unos pocos pasos. Con cada paso, su chaqueta flamea como una bandera. Deja un minuto el dedo en un interruptor, el tiempo que le toma a la cortina mecánica plegarse sobre el vidrio que se ha vuelto negro de nuevo. Se levantan y se dirigen a la salida.

 

Théo no se sorprendería de que ahora pase cualquier cosa. La siguiente etapa tiene lugar en un césped, a unas decenas de metros del crematorio. Théo se dio cuenta cuando llegaron, cuando dieron vueltas para estacionar. Toda la superficie del césped estaba salpicada por pequeñas pilas de arena gris oscuro, casi negras, como bubones sobre una piel verde suave. Su padre lo rodea por un momento con su brazo, luego se le adelanta unos pocos pasos; un rayo de sol atraviesa las nubes, ilumina los ojos claros de su madre y Théo se siente mejor.

Nunca, durante su investigación personal sobre los funerales en todo el mundo, Théo se cruzó con algo que se pareciera a eso. Se siente feliz al comprender que, después del paso por la horrible sala, al parecer la vida de su abuelo va a concluir al aire libre.

Los adultos formaron un semicírculo en un rincón del césped donde la concentración en pequeños montículos grises es menor que en otros lugares. El hombre de la chaqueta, que vino a informarles de los acontecimientos en el crematorio, los condujo allí con paso dinámico. Le entrega a su madre una pequeña caja de metal que se parece a la caja de estaño en la parte superior de la repisa de la cocina, en la que guarda el azúcar moreno. Ella la toma en sus manos y busca los ojos de su hermano, pero no los encuentra, porque él está mirando en otra dirección. Es cierto que, desde donde están, casi podían vigilar el auto.

Sin esperar, eleva los ojos como quien suplica y sonríe incrédulamente (la misma sonrisa que le dirige a Théo, cuando este pretende mentirle) y, de repente, llena de valor, se agacha. Con un gesto rápido vacía la caja: las cenizas se deslizan al nivel del césped y se amontonan para formar una pila más.

 

Cuando el auto arranca, Théo mantiene la mirada fija el mayor tiempo posible sobre el césped que se aleja. Lo hace para ayudarse a darse cuenta de la muerte de su abuelo[1]. La sien apoyada contra la fría ventana mientras el ojo de su padre está puesto en el espejo retrovisor del interior.

Más tarde - ya han pasado la puerta de Orleans - Théo cerró los ojos y escuchó a su madre decir en voz baja: "Ya habían organizado todo, desde hace varios años, mamá aún no tenía Alzheimer. Lo peor es que probablemente ni siquiera haya sido por avaricia. Miró una lista de ofertas y seleccionó la primera. Así es como siempre hizo todo: lo más rápido posible, apuntar a lo más simple, y sobre todo, no darle demasiada importancia. "

Y después, la voz de su padre. "Por un lado, lo entiendo. Entre podrirse bajo tierra y esparcirse sobre el césped, ¿cuál es la diferencia? "

Es entonces cuando Théo enciende su walkman. También es el momento en el que muere su manía por los funerales.

 

[1] Aquí la autora hace un juego de palabras, puesto que en francés existen dos formas de decir “darse cuenta”: “se rendre comte” y “réaliser”, sugiriendo el uso de la primera ya que la segunda proviene de otro idioma. N del T.