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El problema venía por las noches

 

La historia comenzó en una playa. Estaba en el mar con los niños y, como uno suele temer cuando está de vacaciones en la cima de una montaña o en plena pesca del mejillón, a pesar de las peticiones que firmamos por la desconexión y los cursillos de pago en los que reaprendemos a vivir en zonas blancas indetectables por los satélites, el teléfono sonó dentro de mi bolsa de playa, tirada en la arena.

Era el diario Libération. Una voz de hombre cuya amabilidad urbana inspiraba confianza me proponía escribir un artículo. La redacción ofrecía regularmente esta tribuna a un escritor, me explicó; el tema era libre, podía elegir el que me gustara, y me brindaban dos páginas, un espacio más que cómodo para la expresión. "¿Algún tema en mente?", me preguntó. Pillada por sorpresa y vestida con un simple traje de baño, escudriñé intensamente las olas en busca de inspiración, pero, como permanecían insondables, prometí reflexionarlo y le di las gracias a aquel hombre por su interesante propuesta. Luego volví al agua y dejé de pensar en ello. Provistos de nuestras gafas y tubos de esnórquel, los niños y yo buceamos y observamos peces, conchas marinas, la sinuosidad de una alfombra de coral rojo y los pies de la gente bajo el agua. En las turbulencias submarinas los niños son aún más bonitos y brillantes que fuera del agua. Se deslizaban traslúcidos e inasibles. De modo que, por la noche, cuando Libération volvió a llamarme para preguntarme sobre qué tema quería escribir, no estaba preparada. Mi elección podría haberse orientado de manera natural hacia mis temas favoritos, poesía, música, paisajes deslumbrantes, la complejidad de los sentimientos enrevesados, pero me oí a mí misma decirle al teléfono: "Le voy a hacer algo sobre los organismos genéticamente modificados". "¡Estupendo!", dijo el periodista con una voz bien timbrada que auguraba lo mejor para su familia y amigos.

Estaba encantado, ya que el tema de los OGM era de gran actualidad: una empresa estadounidense estaba solicitando a la Comisión Europea una autorización para un maíz transgénico, me explicó; algunos agricultores lo esperaban con impaciencia mientras que otros se oponían con vehemencia; las poblaciones europeas se negaban a comerlo, como ya imaginaba; los lobbies ejercían presión. Alguien tenía que ocuparse de eso. "¡Parece que voy a ser yo!", dije antes de colgar.

 

Siendo obvias mis limitaciones en esta área, emprendí respecto a los OGM, un tema muy avanzado desde el punto de vista de la biología y confuso desde el punto de vista legal, intensas investigaciones, leí cursos de biología sobre la doble hélice del ADN, escuché emisiones, consulté los artículos que me enviaba Laure, la periodista especializada en ecología y medio ambiente de Libération. Desenmarañé la cuestión de las leyes que se amontonan y se contradicen entre sí a nivel nacional o europeo, y de los tratados comerciales internacionales que pisotean todos los demás decretos con gritos dementes, mientras Laure me preguntaba amablemente en sus correos electrónicos: "¿Todo bien, Emmanuelle?".

Sí, querida Laure, todo iba bien. Gracias a las plantas modificadas, las empresas químicas habían visto la oportunidad de expandir su mercado de la farmacia (que solo concierne a los pacientes) a la alimentación (cuya clientela cubre la población total). Sin embargo, les decepcionó que en la década de 1990 los europeos se negaran a comerlas, mientras que a otros países del mundo se los convencía fácilmente. Desde entonces, los europeos, apegados a sus posiciones, seguían sin querer saber nada de ellas, pero las obstinadas firmas productoras insistían en obligarlos a que se las comieran, y para ello acompañaban sus expedientes perpetuos con un insistente cabildeo hacia la Comisión: la habituación psicológica, entre una multitud de otras razones, hacían progresar gradualmente las demandas hacia la aceptación. Por mi parte, yo también iba progresando en mi artículo, todo iba bien.

El problema venía sobre todo de noche, porque, sin embargo, de noche, no, querida Laure, de noche las cosas no iban nada bien. Trataba de mantener la cordura, pero los datos me obsesionaban. La ansiedad me mataba y tenía sueños que parecían películas de catástrofes en los que una plaga de langostas invadía una ciudad, la cubría por completo y aterrorizaba a la gente. Rociábamos altas dosis de pesticidas, los insectos se volvían resistentes, los genes modificados contaminaban los campos vecinos, la naturaleza desaparecía, el estafilococo dorado se reproducía descaradamente en los instrumentos quirúrgicos y mis noches se parecían a las plagas de Egipto en la Biblia, cuando los egipcios son bombardeados con mil y una calamidades, muertes infantiles, invasiones de ranas y otras pústulas purulentas. Por la mañana reanudaba, leía lo que tenía a mano, a veces yendo más allá de los límites del asunto, porque además Laure alimentaba con sus avalanchas de documentos adjuntos mi inclinación compulsiva.

Un día, cuando ponía fin a mi tarde navegando por Internet entre una plétora de artículos disponibles, uno de ellos me llamó la atención y, francamente, me fascinó. Mencionaba la existencia de criaturas transgénicas humano-animal fabricadas en laboratorios del Reino Unido. Tras un cambio en la ley a mediados de la década de los 2000, los laboratorios de Londres o Newcastle habían comenzado a crear cientos de embriones quiméricos humano-perro, humano-vaca o humano-cerdo con el pretexto de poder curar enfermedades gracias a las valiosas células madre que proporcionarían. En su época ya me había cautivado la miserable existencia de Dolly, la oveja clonada en Escocia en los años noventa; de la misma manera, estas quimeras me intrigaban. Pensé en ello toda la noche y, como necesitaba despejarme un poco, decidí al irme a la cama que iría a Inglaterra. Al día siguiente, encontré los datos de contacto de una bióloga de la reproducción cuyo nombre francés me inspiraba confianza, empleada en un laboratorio en Newcastle, y concerté una cita para entrevistarla sobre estas quimeras prohibidas en otros lugares de Europa.

 

La lectura en la infancia

En el último momento, un escrúpulo estuvo a punto de hacerme renunciar al viaje. Los niños leían mucho, de acuerdo con las recomendaciones de la Unesco y el ministro de Educación, pero más valía no indagar demasiado. Porque si uno afinaba un poco y se tomaba la molestia de comprobar lo que estaban leyendo, y ese es precisamente el error que yo cometí justo antes de tomar mi tren a Newcastle, encontraba en las portadas de sus obras fuego, oscuridad, sangre, ceniza: como temía, mis adorables lectores tenían entre las manos, desde el más pequeño hasta el más grande, libros de terror. Era, por cierto, su costumbre; poseían un arsenal constantemente renovado de estas obras cuya procedencia yo desconocía, y por la noche no era raro que los mayores terminaran el día proyectando contra la pared del salón una película cuyo espantoso título me helaba la sangre, Mártires, Tokyo Gore Police, Canino o Taxidermia, cuando no se trataba de Suicide Club o Goodnight Mommy. A menudo me había propuesto disuadirlos del horror dirigiéndolos hacia géneros más pacíficos: "¿Por qué no preferir, les decía, un buen thriller, incluso alguno particularmente duro, en el que la policía llega al final, hace su trabajo, detiene las fuerzas del mal y vuelve a hacer funcionar el mundo?". Me hubiera gustado preservarlos de los pantanos de lo irracional de los que yo misma me mantengo cuidadosamente a distancia gracias a un arsenal de precauciones.

 

Crecí en el Macizo Central y, como auvernesa, profeso la religión de lo racional. Teniendo en cuenta que en Auvernia a menudo tienes un vecino que es druida, un amigo exorcista que aparece muy emocionado en tu casa para hacerte escuchar la aterradora grabación de una sesión de exorcismo llena de aullidos donde el diablo se resiste a salir del cuerpo de un Robert o una Vanessa, considerando también que es difícil mantener tu credibilidad profesional cuando un tío abuelo muerto viene a sentarse en tus rodillas durante las reuniones con tus clientes, di por mi parte un giro de ciento ochenta grados, rompí con la tradición y aposté por la ciencia, el conocimiento, la razón. Obsesionada desde la cuna por el trazado de una frontera que separe lo irracional de lo racional, estoy a favor de la filosofía de la ilustración y en contra de la superstición. Es un hecho reconocido que no hago jardinería ni me corto el pelo según las fases de la luna. Programo mis citas en la peluquería en fechas escrupulosamente aleatorias. La razón por encima de todo.

Me preocupaba dejar a los niños solos con sus libros de terror mientras cruzaba el Canal de la Mancha. Pero ellos me aseguraron con sus sonrisas cautivadoras que les encantaban sus libros y películas. Agrupados en el pasillo mientras fingía dejar mi abrigo para quedarme con ellos, me dijeron que no me preocupara: "El terror es genial". Entonces los abracé, me besaron jurando que no estaban traumatizados, sentí la suavidad de su cabello en mi mejilla y me fui a Newcastle.

 

 

 

El trato de favor por ser artista

 

Tatiana me recibió un domingo por la mañana cuando estaba de guardia en su laboratorio. Por teléfono, para mi asombro, no había puesto ningún problema y, apreciando mi curiosidad de la que yo había borrado todo rastro de desaprobación, había prometido abrirme las puertas de las estufas de cultivo en las que se encontraban las quimeras mitad humano, mitad animal que producía con sus colegas. Sensible al arte, le pareció maravilloso que aún hoy siguieran existiendo autores de literatura, una especie que ella creía en vías de extinción; su única hija había además regresado a Francia para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de París. Gracias a ese trato de favor por ser artista iba a entrar en contacto, como en la espeluznante novela de  H. G. Wells, La isla del doctor Moreau, con mis primeros monstruos.

 

La entrada del laboratorio me causó buena impresión. Tatiana abrió varias puertas con código de acceso, puerta principal del edificio, puerta intermedia que conducía a un pasillo en particular y, finalmente, puerta blindada del laboratorio tras la cual florecían los monstruos. Me tranquilizaba que se filtrara el acceso a los hombres-perro, hombres-mono, hombres-cerdo y hombres-ratón. Mientras franqueábamos las esclusas me resumió su trayectoria. Había dejado Francia para casarse con un investigador inglés que había conocido en el laboratorio de maternidad de Clamart, donde cuando era una joven estudiante completaba una tesis sobre la fecundación in vitro con Jacques Testart tras el exitoso nacimiento de Amandine, el primer bebé probeta francés. En Newcastle, adonde había seguido a su marido, el laboratorio en el que nos encontrábamos, especializado en reproducción, la había contratado para hacer FIV con donación de óvulos a parejas infértiles. Su trabajo había cambiado tras la autorización de la ley británica de los embriones quiméricos humano-animal a pesar de la oposición escandalizada del Vaticano y las protestas horrorizadas de algunos Lores en la Cámara Alta según los cuales el Reino Unido se vería desacreditado como país si cruzaba la línea roja y negaba la barrera entre especies. Por su parte, la universidad de Newcastle, preparada desde hacía tiempo para producir quimeras, estaba esperando que le dieran luz verde. Los entusiasmados investigadores habían comenzado a subcontratar parte de la fabricación de quimeras al laboratorio para estas nuevas actividades más osadas. Por otra parte, oscuras disputas enfrentaron a Tatiana con el director del laboratorio. Pero llegamos y no tuve tiempo de profundizar en el desacuerdo con el director del laboratorio. La última puerta se cerró detrás de nosotras. Tatiana encendió las lámparas.

 

Me prestó una cofia bajo la cual enrollé mi cabello y luego levantó la tapa metálica de una de las incubadoras. Nada espectacular: tubos y placas de Petri apoyados sobre estantes de metal, cuando yo había absurdamente imaginado un zoológico de fetos desiguales, paja, boxes hechos con tablones como en El hombre elefante. Tatiana sacó de la incubadora una placa de Petri que contenía un animálculo (humano-perro, decía la etiqueta en la tapa) para deslizarlo en el microscopio: se hizo a un lado para dejarme pasar y pude observar mi primera quimera, que en ese momento no era más que un grupo de células con la apariencia globulosa de una frambuesa. El conglomerado constaba de dos capas, una formaría el embrión, la otra la placenta; un ligero latido lo animaba bajo la lente del microscopio como una especie de corazón que nos recordaba que era mucho más que una frambuesa.

Sin embargo, Tatiana, a pesar de su amabilidad y afán por revelármelo todo, estaba empezando a irritarme seriamente. Si bien las actividades realizadas aquí eran altamente transgresoras, ella insistía únicamente en el lado ultraseguro de las operaciones. Por ejemplo, decía que la mayoría de las acciones están automatizadas y tienen lugar dentro de las máquinas, por lo que el operador humano está protegido de la radiación y los tóxicos. Como si ese fuera el problema. Me causaba la impresión de un soldado en un tanque aplastando civiles al pasar que se enorgullece de no ensuciarse los dedos mientras se come un sándwich, o un pervertido que le abre la puerta con cortesía a una dama antes de empujar a su pequeña a un rincón oscuro para violarla detrás de los buzones. La hice llegar al punto neurálgico que era la transgresión de las especies naturales, pero tenía muchos argumentos.

Incluso en la naturaleza, estas historias sobre los límites entre especies no eran tan sencillas como podían creer los neófitos como yo, explicó. Además, no pretendían en ningún caso hacer monstruos, sino obtener células madre que solo los embriones aportan en masa, células que permitan rehacer tejidos, curar incurables, rescatar víctimas de Alzheimer, reparar corazones o abominables lesiones cerebrales. Dado que la investigación en estos temas requiere grandes cantidades de ovocitos, y dado que los óvulos humanos son muy valiosos, los biólogos preferían utilizar ovocitos animales donde insertaban algo de ADN humano. De cualquier manera, los embriones quiméricos resultantes se destruían escrupulosamente después de catorce días, o cuarenta. (Tatiana me hablaba alternando el francés y el inglés, así que no entendí muy bien si eran fourty o fourteen).

 

El gato DIY

 

Hubo fuertes golpes: alguien estaba llamando a una puerta al fondo del laboratorio. Me sobresalté, sorprendida por esta presencia tan cercana, y al darme la vuelta golpeé con mi bolso el portaobjetos de vidrio sobre el que se encontraba el embrión frambuesa, que se hizo añicos sobre el embaldosado. No había problema, Tatiana fue a abrir. En la puerta había un chico con la cabeza rapada y una espesa barba hipster que quería recoger unos bancos. Tatiana bromeó con él sobre el aspecto invertido que le daban esos pelos acumulados en la barbilla, luego le trajo al chico todos los bancos y taburetes que tenía en su local y le propuso que me mostrara las instalaciones mientras ella barría los trozos de vidrio, puesto que yo era una autora francesa apasionada por la biología.

La puerta por la que había entrado el joven se abría a un pequeño y descuidado jardín de plantas silvestres, encajado entre los edificios de ladrillo; ese lado, por cierto, no estaba protegido por ninguna esclusa o código de acceso. Me condujo a través de la hierba y las malvarrosas desde el otro lado del patio hasta una escalera escondida entre las acacias que bajaba a un vasto sótano: un laboratorio clandestino iluminado por neones y equipado con tanto material de alta tecnología como el de Tatiana. "¿Clandestino? ¡Al contrario!", rió el chico. "¡Todos, niños o adultos, son bienvenidos aquí para practicar biología!". Había fundado con algunos amigos esta comunidad de biología DIY basándose en el modelo Do It Yourself de los hackers informáticos. Practicaban la biología de garaje entre aficionados como quien queda para tocar música con sus colegas. Cacharreaban con el ADN, copiaban y pegaban fragmentos para crear nuevas bacterias, bacterias reloj o con olor a plátano, transformaban el color de un yogur o secuenciaban el genoma de las ortigas del patio. Buscaban protocolos de código abierto en Internet y publicaban sus propios hallazgos, intercambiaban los BioBricks de su refrigerador por los del refrigerador del Instituto de Tecnología de Massachusetts, trasteaban libremente, pero con buenas intenciones, absteniéndose, por supuesto, de acercarse a cualquier práctica relacionada con el bioterrorismo y la fabricación de virus. Tenían una moral.

Y tenían también un gato, la mascota del laboratorio, fuente de orgullo, que vivía en ese sótano, un clon que habían logrado hacer ellos mismos a partir del gato muerto de una anciana del barrio. Nada podía consolar a esta vecina cuando falleció su minino. Así pues, se pusieron manos a la obra para darle la sorpresa. Pero, tras darles las gracias, la mujer no quiso finalmente adoptar a este nuevo compañero. Cabe mencionar que, aunque se había seguido la técnica correcta para producirlo, el gato clonado no se parecía mucho al original: sus manchas estaban dispuestas de manera diferente. Huelga decir que, al salir de las instalaciones, en vez de depositar en la papelera prevista para tal fin la cofia desechable que Tatiana me había dado, la metí con cuidado en mi bolsillo y me la llevé. De ninguna manera iba a dejar en aquel lugar ni un solo cabello con su valioso bulbo colmado de ADN.

Fragmento de Chimère, Ed. l’Olivier, 2019.

UN TEXTO DE

TRADUCCIÓN DE