UNA ENTREVISTA A 

POR

En la literatura siempre ha habido dos extremos: de un lado la búsqueda de un lenguaje común, estándar, lo que hoy llamaríamos global, y por el otro la búsqueda de un lenguaje coloquial, popular, incluso experimental. ¿Cómo te posicionas como traductora frente a estas dos tendencias?

 

Soy hablante nativa del español rioplatense y escribo como tal. Todo depende obviamente del texto que estoy leyendo para luego reescribirlo en la otra lengua. Trato de reproducir la sensación que supongo que el autor del original intentó despertar en su lector ideal, teniendo en cuenta las características especiales del mío. Si existe un lenguaje global es el de los textos científicos pero no para la literatura porque no en todos lados se vibra de la misma forma, no son las mismas palabras las que más despiertan las mismas emociones. Todo depende de lo que creo que el texto me pide para reelaborarlo sin hacerle perder su magia.

 

Hablando de las repeticiones, Kundera decía que los traductores las detestaban. Les parecían defectos que debían ser, lastimosamente, corregidos. En tu práctica, ¿cuál es la decisión que tomas frente a este problema?

 

Si la repetición forma parte (voluntariamente o no) del texto fuente, debe seguir ahí en el texto meta. El mismo criterio respecto de otras cuestiones de estilo. Yo intento no corregir el texto que recibo, no juzgo el original de acuerdo a lo que yo hubiera escrito sino pensando en qué herramientas tengo yo para decir lo mismo en mi lengua intentando respetar ese rasgo. No pienso el texto en función de virtudes y defectos sobre los que tengo que accionar sino de un mensaje que debe llegar a buen puerto sin que se vean lo menos posible alterados su contenido y su forma. Creo que la presencia del traductor está justamente ahí donde no parece que haya nadie, como el más preciso/precioso de los útiles.

 

Algunos traductores latinoamericanos piensan que traducir es un acto político, una forma de resistir a la hegemonía editorial de España. Incluso, una forma de reivindicar el habla de su propio país. ¿Qué opinas de esta posición?

 

Existen muchas variantes dialectales del español, cada una con su historia y una riqueza únicas. No estoy de acuerdo con la idea de que el español de la península Ibérica sea mejor que el del Río de la Plata (el “vosotros habláis mal”); es un lugar común y sobre todo sin fundamentos creerse que tu dialecto tiene que ser el correcto y que el resto está equivocado. Escribir en tu español es una reivindicación de la cultura a la que pertenecés sin que ello te lleve a menospreciar las otras variantes sino a observarlas como algo positivo, una asombrosa muestra de fertilidad lingüística a explorar.

 

¿Consideras que las traducciones envejecen? ¿Es necesario volver a traducir a Homero? ¿Volver a traducir el siglo XIX?

 

No y sí. Si la traducción es buena, no envejece, o sí, pero lo hace bien y le agrega algo al texto original. Pero también es cierto que muchas traducciones realizadas en ese entonces no siempre eran buenas y que obviamente se las podría mejorar en manos de un profesional con mejor conocimiento de la lengua y la cultura de partida y sobre todo con más conciencia de la importancia de su labor. Piloto de tormenta, una pequeña editorial independiente de Buenos Aires, acaba de lanzar una nueva traducción ilustrada de Spleen de Paris de Baudelaire. Los dibujos de Pedro Dalton son geniales, la traducción de Pablo Krantz no me parece mala pero no la encontré superadora respecto de otras versiones que tenía a mano, como la de José Antonio Millán Alba. Creo que esa sería la justificación de la retraducción: la de hacer mejor lo que no se hizo tan bien.

 

Y en el caso de autores más contemporáneos, volver a traducir, ¿es simplemente una estrategia del marketing?

 

A veces es necesario localizar una traducción cuando el género al que pertenece el texto original así lo requiere (pensaba en el caso del teatro donde la respuesta del espectador debe ser inmediata porque no hay lugar para notas al pie; también me acordaba de una traducción hecha en España de una novela de Lydia Lunch que resultaba más desconcertante que erótica acá en el Río de la Plata). Asimismo, volver a traducir se justifica si se le puede agregar algo que no tenga la traducción anterior (por ejemplo, una edición anotada de un libro que creemos que ingresará a la Historia de la Literatura Universal). Con relación a los best sellers, no creo que se retraduzcan acá...

 

¿Cómo ves la situación actual del traductor en el sistema literario?

 

Respecto de la formación de traductores, hay una depreciación de la labor. Un estudiante del traductorado literario y técnico-científico que se brinda en el IES en Lenguas Vivas J. R. Fernández recibe hoy un título terciario, inferior si lo comparamos, por ejemplo, con una licenciatura que otorga la Universidad de Buenos Aires a los egresados de la carrera de Letras al formarlos como críticos literarios. El proyecto de la UniCABA (que reemplazaría a todos los institutos de formación dependientes del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires) no parece incluir a los traductorados. Existen licenciaturas en inglés o francés en la Universidad Nacional de La Plata, por ejemplo, pero están pensadas más para formar docentes en lenguas extranjeras. Los traductorados que ofrecen las universidades son de carácter público, es decir, pensando en necesidades burocráticas de partidas de nacimiento y demás documentos legales. Esta misma desvaloración se ve en general en el gran mercado editorial (donde la figura del traductor aún está ausente salvo que se trate de una personalidad de renombre en otras disciplinas afines, como es el caso de Julio Cortázar para la narrativa de Poe) o incluso en otros ámbitos académicos afines (por ejemplo, en las publicaciones de trabajos académicos no se pide consignar el nombre del traductor de las traducciones citadas en la bibliografía como si esa información fuera completamente irrelevante y no pudiese alterar el contenido del artículo propio).

Existe, por otro lado, una movida para reivindicar la figura del traductor desde las instituciones que forman traductores (como el Seminario Permanente de Estudios de Traducción en del “Lenguas Vivas”) u otros espacios como el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. También se ha presentado un proyecto de Ley de la Traducción autoral para Argentina. Todas estas iniciativas son de creación reciente y los nombres de las personas intervinientes casi se repiten; si bien su alcance aún es limitado, en la medida en que se difundan y surjan adhesiones en otros ámbitos afines, seguramente habrá algunas mejoras en la situación de los traductores actuales y los por venir.

 

Así como los escritores tienen sus figuras tutelares, ¿cuáles son las tuyas?

 

Mi primera carrera fue Letras e ingresé después al traductorado para profundizar mi acercamiento con las obras literarias en lengua francesa; una vez ahí, repetir lo leído pero en mi lengua se volvió un desafío apasionante. Tengo formación como traductora, egresada del “Lenguas Vivas” donde crecí con sus docentes que me fueron marcando el camino a seguir: Graciela Isnardi, Patricia Willson, María Valeria Di Battista...

 

¿Una traducción que nos recomendarías?

 

Me gustan mucho las traducciones que realizó el Doctor Rolando Costa Picazo de algunas obras de Shakespeare y su edición de los Cuentos completos de Poe. Es traductor literario pero también es profesor de literatura en lengua inglesa y eso está en sus traducciones: le acerca el texto al lector, le ayuda en su lectura y en la comprensión del contexto sociocultural en el que vivió su autor pero conservando al mismo tiempo su extranjeridad.