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Una noche de junio, mi abuela me hizo entrar al baño, encender dos velas y mirar en el espejo. Dijo que a veces el mandinga solía presentarse y regalar uno de sus dientes de oro. Le pregunté a cambio de qué hacía eso, no me contestó.

Desde entonces el rito comenzó a repetirse, ella siempre agregaba algo nuevo a su historia, pero en ello no había nada que aclarara el por qué me obligaba a ejecutar esa ceremonia. Muy pronto empecé a sentir más miedo que curiosidad.

Cuando me tocaba realizarla no trababa la puerta, como ella quería, ni encendía las velas, solo bajaba la tapa del excusado y me sentaba a esperar. El espejo quedaba de perfil a mí, solo por eso me atrevía a mirarlo, jamás vi nada; de todas maneras, llegada la hora de salir lo hacía a gatas, no fuera cosa que los ojos del mandinga estuviesen allí, esperando encontrarse con los míos.

Terminado el ceremonial me acostaba sin comentarios, silenciosa. Ella, toda ojos aguileños de mirada fija e inquisidora, a veces inmortal, rezaba el rosario sentada en la cama; pañuelo en la cabeza, chal en la espalda, imagen de la virgen del Carmen en una mano y en la otra el rosario; oración por los parientes vivos, oración por los muertos, incluidos mis padres. Algo le sentaba bien, quizás la inmovilidad, que siempre recuerda lo eterno, quizás el reflejo luminoso de la imagen y el rosario, alumbrando zonas de su viejo y duro rostro.

Pero al amanecer era bruja de nuevo. Volvía a parecer un gallo, con la cresta en la papada, pellejo suelto bailándole cada vez que arrastraba los pies para trasladarse.

En general, la envoltura de piel parecía ser demasiado grande para su esqueleto y a veces sentía infinitas ganas de agarrar esa piel y ajustársela a los huesos, para que dejara de circular aparte. Pero solo le bastaba fijar en mí su mirada inmortal para alejarme rápidamente de ella.

Vivíamos solas en esa casona donde todo sonaba y se movía. Según ella era el mandinga, que vigilaba. Y más aún ahora que estábamos en junio, mes en que se pagaban las deudas.

También vigilaba la Virgen del Carmen, que durante todo el día permanecía en una repisa muy alta, observándolo todo; y detrás de ella, escondido, el rosario, huesos santos que, al igual que ella y el mandinga, vigilaban.

Desde que había comenzado el rito de las velas a los costados del espejo, mis mañanas en el baño eran un martirio, ya que debía poner un lavatorio en el suelo y lavarme en cuclillas para huir de lo que nunca aparecía en el espejo, pero que podía aparecer en cualquier momento; lo más complicado era el peinado a ciegas y la inquietante sensación de irme olvidando de mi propio rostro.

Entonces un día se me ocurrió que si la Virgen estuviera cerca yo no sentiría temor de mirarme. No lo pensé dos veces, y en la hora en que mi abuela dormía siesta busqué un palo y comencé a dar puntazos a la repisa, antes puse un cojín en el suelo para que la imagen cayera sobre él. Pero primero cayó sobre mi frente y de allí al suelo, donde se hizo trizas. Bajé gritando por las escaleras, llamando a mi abuela por entre el llanto, el dolor y el miedo. Rápidamente me acostó sobre la mesa de la cocina y comenzó a quemar unos pedazos de género blanco, que luego fue poniendo sobre mi frente herida. Cuando la sangre dejó de fluir subió a enterarse de lo ocurrido.

No podía moverme, tenía la cara tapada con cenizas, pero sentí cada paso que dio al subir. Pensé que el castigo sería grande cuando viera lo ocurrido, pero afortunadamente no entró al dormitorio, se fue directamente al baño. Después de largo rato bajó con una pomada, me limpió la cara y me embadurnó con ella. Estaba rara. “Ahora  estamos  solas –dijo. Y agregó después de una enorme pausa: No fui yo quien decidió eso”.

Sin mirarme a la cara, me mandó a acostar. No hubo castigo, lo que me pareció muy extraño, ya que ella gozaba retando y azotando.

En el dormitorio no había rastros del desastre. Estaba segura que ella no había entrado, pero el piso estaba limpio y el palo y el cojín habían desaparecido. Este hecho me sorprendió bastante, pero el sentimiento dominante en mí era el temor a que mi abuela se arrepintiera de no haberme castigado, así que no quise averiguar nada y me acosté.

Llegada la noche mi abuela subió con una bandeja con comida, la puso sobre el velador y se marchó. Ese día no hubo ceremonia.

Al despertar, mi abuela ya se había levantado, sentí pánico, pues era yo quien debía levantarse primero. Comencé a vestirme apresuradamente, pero no alcancé a hacerlo. Cuando entró casi no la reconocí, la piel ya no le colgaba, me pareció mucho más alta, casi hermosa; además, hacía algo que jamás había hecho: sonreía.

–No dejó ningún diente de oro –dijo–. Hizo algo mucho mejor. Abrió los brazos, para mostrarme su nueva juventud. –¿No te parece?

Desde el baño llegó una risa de satisfacción, que me hizo comprender que yo era el pago de ese milagro maldito.

Era una risa negra, negra, negra.

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